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A
muchos los conocemos, porque la
Iglesia los ha canonizado para
que sus vidas sean ejemplo para
los demás. Pero otros muchos no
están en los altares, son los santos
anónimos para el mundo,
pero no a los ojos de Dios. Y
mañana recordamos a nuestros
difuntos, una fiesta litúrgica que
se remonta al siglo X, cuando fue
instituida por san Odilón, monje
benedictino. Ante la muerte, los
cristianos miramos a Cristo
Resucitado porque, como nos
recordó Benedicto XVI, siguiendo
las huellas de Pablo, “si Cristo no
ha resucitado, el cristianismo es
absurdo”. En el siguiente reportaje
vamos a conocer algunos fundamentos
teológicos de ambas
fiestas, y testimonios de cristianos
ante la muerte de un familiar
y la santidad.
¿Es la muerte el final del camino
o el principio de la vida? ¿Cómo
nos situamos ante ella? Hemos
querido que sea el profesor de
Escatología de los centros de formación
de la diócesis, D. Manuel
Pineda, quien nos lo explique.
Él afirma que es la pregunta, el
gran interrogante, a la que
muchos querrían tener una respuesta
más clara en orden al
futuro. Todos morimos y eso es
una realidad permanentemente
constatada. ¿Y con la muerte todo
termina? ¿Es posible que tanto
trabajo e inquietudes, la lucha y
la brega de tantos años, las alegrías
y sufrimientos que impregnan
la vida, todo acabe en un
accidente, con un infarto, en una
enfermedad prolongada o galopante?
¿Es posible que tantas
injusticias, muertes violentas,
guerras, sangre inocente, todo
termine sin la respuesta adecuada
que clama justicia y recompensa
a situaciones inhumanas?
Con la muerte no puede terminar
todo. La muerte no es caer en
el absurdo, como algunos han afirmado,
no es una frustración existencial,
no es un desenlace terrible.
Como creyentes, como personas
que razonan y creen en un
Dios todopoderoso, justo y bueno,
profesamos la gran verdad de fe
que confesamos desde pequeños:
“Creo en la Vida Eterna”. La
muerte es el paso a la plenitud de
la vida; es el puente y la puerta
para el gozo eterno. Es la llegada
al abrazo grande de Dios, nuestro
Padre. Dios nos ama. Desde la
eternidad nos llamó a ser santos,
partícipes de la misma vida y
amor, a ser sus hijos, decía san
Pablo. Jesús con su muerte dio
muerte a la muerte y nos ha conseguido
la victoria.
Otro de los grandes interrogantes
que nos hacemos es si
nuestros seres queridos que ya se
han ido con Dios desconectan de
toda realidad terrena o siguen de
alguna manera entre nosotros.
Según D. Manuel, “El cielo es ver
a Dios, vivir con Dios, gozar con
Dios, y Dios es siempre Camino y
es plenitud desbordante.
Jesucristo Resucitado es para
nosotros el todo. Él es la Cabeza,
que goza y vive plenamente en
Dios. Nosotros, su Cuerpo, estamos
vinculados a Él, como miembros
vivos, y participamos de su
alegría, felicidad, amor.
Todos formamos un solo Cuerpo,
una gran familia, y todos, en consecuencia,
participamos de los bienes
obtenidos en la redención. Hay
un intercambio permanente de
gracia, alegría, confianza, amor,
del que vamos participando todos:
los que ya gozan de la felicidad del
cielo, los que todavía deben purificarse
y los que peregrinamos por
la tierra. Por eso, nos sentimos
unidos fuertemente a ellos y ellos
a nosotros; sentimos su cercanía;
aunque permanezcan lejanos,
estamos cercanos, en verdadera
comunión de fe, esperanza y amor.
En Dios no hay distancia. Ellos
interceden por nosotros junto a
Dios, y en los momentos fuertes y
alegres del día, los sentimos a
nuestro lado, no están desconectados
de nosotros, nos alientan, estimulan
y continúan a nuestro lado.
Es la gran verdad de fe que llamamos
y confesamos: “Creo en la
Comunión de los Santos”.
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