Ya está terminado el Belén parroquial

29 de noviembre de 2009

Como cada año, al comenzar el Adviento, la parroquia expone su Nacimiento, el Belén de todos, gracias al ímprobo trabajo de Jesús y Juan, que de forma desinteresada prestan muchas horas a beneficio de la feligresía para contar con un más que digno Pesebre que nos recuerda la inminencia de la venida del Salvador. Está en la antesala del despacho parroquial, y puede visitarse en cualquier momento que el templo esté abierto.

La parquedad de las narraciones evangélicas respecto al nacimiento de Jesús, motivaron la escasez y tardanza de las representaciones plásticas a él dedicadas. De los cuatro evangelistas tan sólo San Mateo (capítulo I, versículos 18 a 23) y San Lucas (capítulo II, vers. 1 a 20) lo mencionan. También contribuyó a ello la discreta atención prestada por las primitivas comunidades cristianas a tal acontecimiento, así como las persecuciones de los primeros siglos y la casi obligada ocultación de los símbolos cristianos, hasta la Paz de Constantinopla en el año 313, con la publicación del Edicto de Milán, en el que se reconoce a los cristianos el derecho a celebrar sus cultos.

En el primitivo arte cristiano, únicamente se puede encontrar en la pintura y en la escultura, ambas asociadas al ámbito funerario de las catacumbas. Es, precisamente, en las catacumbas de Santa Priscila, donde hallamos una de las primeras muestras plásticas del tema de la Natividad. En dicha pintura se contempla la figura de la Virgen que, aparece sentada en un sitial, adornada su cabeza con un peinado semejante al de las emperatrices del siglo II y, sosteniendo en su brazo izquierdo al Niño, envuelto en un rebujo de pañales.

En España por su antigüedad destaca la tapa del sepulcro hallada en la iglesia de Santa María de Termes (Carballedo), fechada entre el 312 y el 325. La tapa, dividida en tres compartimentos, dedica su parte central a la Adoración de los Magos. En ella se representa a la Virgen que sostiene al niño en su regazo, y a los tres reyes magos, con manto y calzones, acompañados con los característicos camellos.

Cuando el Imperio Romano de Occidente llegó a su fin, su sucesor el de Oriente continuó el auge del cristianismo protegido por los emperadores, así como el gusto iconográfico de las representaciones del Nuevo Testamento. De hecho, es ahora cuando se puede hablar de un modelo oriental en el nacimiento de Jesús que difiere del occidental. Es ahora, en el arte bizantino cuando se situó la escena del Nacimiento en una Cueva de Belén. En su interior, figura María, recostada junto al niño, frente a la visión occidental en que a la Virgen se la presenta sentada o acostada en una cama, más o menos lujosa.

En el arte románico, con las preocupaciones escatológicas por el fin del mundo y por lo que pasaría después, se reservaron los lugares principales de los templos para el Pantocrator, el Juicio Final y la figura de la Virgen como Madre de Dios. Sin embargo, también, se pueden encontrar ejemplos del Nacimiento de Jesús, en el que se incluye el episodio del Anuncio a los Pastores. Una de las representaciones más interesantes se halla en al Panteón de los Reyes de San Isidoro de León, donde decora una de sus bóvedas.

Frente a la visión subjetiva del mundo concebida por el románico, se alza la visión objetiva del mundo gótico. Surge el interés por el hombre y la naturaleza y este interés se incorpora a la iconografía aportando realismo, frente al idealismo anterior. Es en esta época, sobre todo en su etapa final, en el siglo XV, cuando se incorporarán numerosos temas del ciclo navideño. Se empieza a utilizar el establo o portal, que en principio será modesto, pero que se irá enriqueciendo hasta derivar en formas góticas o ruinas clásicas, preludio de las que se representarán en el Renacimiento. En ocasiones a la Virgen y a San José se les unen los ángeles, y aparecen el caldero de comida, cabras, ovejas, los pastores que escuchan a los ángeles alrededor de una hoguera, etc.

En el arte renacentista persiste la representación de la Virgen, San José y el Niño, así como la adoración de los Pastores y de los Reyes Magos, aunque se les representa, a veces, en el exterior, cerca de un lago o río, con una palmera, a cuyo lado el buey y la mula doblan sus patas delanteras en actitud de pleitesía. Suelen utilizar el paisaje con volúmenes rocosos, de formas escultóricas, con vegetación casi esteparia, es decir, con una gran inventiva en los elementos de la naturaleza. Las figuras tienen un acusado carácter de monumentalidad y el afán de realismo les lleva a pintarlas con los trajes raídos y descalzos.

La Natividad es uno de los episodios evangélicos que pierde atención en los artistas barrocos. En España adquiere importancia el interés por los animales que se pintan primorosamente; también cobran relevancia los objetos que constituyen auténticos bodegones. En casi todas las obras de este período se encuentran dos detalles comunes: la Virgen alzando el pañal para descubrir al Niño y el pesebre rudimentario, compuesto de tablas endebles.

Con el fin del arte barroco, prácticamente se extingue el interés de los artistas por el ciclo navideño, aunque podemos hallar una Adoración de los Magos pintada por Goya (Cartuja del Aula Dei, Zaragoza), que no se encuentra entre las genialidades del autor. Y es que ya en estos momentos, la expresión artística más viva, rica y popular del misterio del nacimiento de Jesús, la ofrecen los belenes.

Fue el rey Carlos III el que favoreció la tradición del Belén en España al darle estilo propio a usos y costumbres ya vigentes desde tiempo atrás. Este estilo propio se debe a los belenes napolitanos que el Rey trajo, así como a sus artesanos y moldes, cuando vino a reinar después de la muerte de su hermanastro Fernando VI. Y, precisamente, un escultor nacido en Polop (Alicante 1768-1823), José Ginés, que estudió en la Academia de San Carlos de Valencia y en la Real Academia de Bellas Artes de San Fernando, supo expresarse estéticamente tanto al enlazar la tradición barroca más española con el más puro estilo Neoclásico. Entre los encargos más importantes de este escultor y que le ha hecho mundialmente conocido está el conjunto navideño de la Degollación de los Inocentes, realizado entre 1789 y 1794. Este conjunto fue un encargo del entonces Príncipe de Asturias Carlos IV, como complemento del conjunto del “Nacimiento del Príncipe” que había iniciado y que en total debería tener 5.950 piezas, que se contemplaban desde la víspera de Nochebuena hasta la fiesta de la Candelaria, expuestas en una dependencia situada debajo de la Capilla en el Palacio Real. El conjunto de la Degollación de los Inocentes, ingresó en la Real Academia de Bellas Artes de San Fernando en 1837, proveniente del secuestro de bienes del infante Carlos María Isidro, quien lo había heredado.
En este conjunto José Ginés nos demuestra su dominio del modelado, hasta el más mínimo detalle, su imaginación, diversidad de recursos y capacidad expresiva. Carlos IV, una vez ya rey, le nombró Escultor de Cámara. También fue director de Escultura de la Real Academia de Bellas Artes de San Fernando.

En un periódico de Madrid, ha aparecido un artículo en el cual se comenta que un Belén napolitano del siglo XVIII se ha vendido por 49 millones de pesetas en una subasta en la Sala Retiro, celebrada el 12 de diciembre de 2000. El Belén está compuesto por 61 piezas de distintos tamaños, desde los 10 a los 42 centímetros, realizados en terracota, madera, estopa y tejidos, en perfecto estado de conservación. Esta noticia, pone de manifiesto que la tradición del Belén sigue viva y que entrará pujante en el nuevo siglo.

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Celebración penitencial de Adviento

29 de noviembre de 2009

Como cada comienzo de los denominados “tiempos fuertes” litúrgicos, el miércoles, 9 de diciembre de 2009, a partir de las 20:30 horas, la parroquia de San Lázaro organiza una celebración penitencial.

La palabra latina “adventus” significa “venida”. En el lenguaje cristiano se refiere a la venida de Jesucristo. La liturgia de la Iglesia da el nombre de Adviento a las cuatro semanas que preceden a la Navidad, como una oportunidad para prepararnos en la esperanza y en el arrepentimiento para la llegada del Señor. El color litúrgico de este tiempo es el morado que significa penitencia. El tiempo de Adviento es un período privilegiado para los cristianos ya que nos invita a recordar el pasado, nos impulsa a vivir el presente y a preparar el futuro.

En este tiempo de Adviento en el que nos preparamos para celebrar y recordar el nacimiento del Hijo de Dios, es bueno que juntos nos pongamos ante el Señor para reconocernos pecadores y necesitados de su ayuda. Es lo que vamos a hacer con esta sencilla celebración. Esperamos del Señor su perdón y su misericordia. Esperamos que su luz ilumine nuestro corazón endurecido. Esperamos y le pedimos que esta Navidad, traiga para el mundo y para todos nosotros una mayor justicia y solidaridad. Y que la alegría inunde nuestro corazón para poder cantarle y alabarle para siempre.

Benedicto XVI, en la celebración de las Vísperas del primer Domingo de Adviento de 2006, lo expresó, como recoge zenit.org, con gran claridad:

Adviento invita a los creyentes a tomar conciencia de esta verdad y a actuar coherentemente. Resuena como un llamamiento provechoso que tiene lugar con el pasar de los días, de las semanas, de los meses: ¡Despierta! ¡Recuerda que Dios viene! ¡No vino ayer, no vendrá mañana, sino hoy, ahora! El único verdadero Dios, el Dios de Abraham, de Isaac y Jacob» no es un Dios que está en el cielo, desinteresándose de nosotros y de nuestra historia, sino que es el Dios-que-viene.

Es un Padre que no deja nunca de pensar en nosotros, respetando totalmente nuestra libertad: desea encontrarnos, visitarnos, quiere venir, vivir en medio de nosotros, permanecer en nosotros. Este «venir» se debe a su voluntad de liberarnos del mal y de la muerte, de todo aquello que impide nuestra verdadera felicidad, Dios viene a salvarnos.

Los Padres de la Iglesia observan que el «venir» de Dios –continuo y por así decir, connatural con su mismo ser– se concentra en las dos principales venidas de Cristo, la de su Encarnación y la de su regreso glorioso al fin de la historia (Cf. Cirilo de Jerusalén, «Catequesis» 15, 1: PG 33,870). El tiempo de Adviento vive entre estos dos polos. En los primeros días se subraya la espera de la última venida del Señor, como demuestran también los textos de la celebración vespertina de hoy.

Al acercarse la Navidad, prevalecerá por el contrario la memoria del acontecimiento de Belén, para reconocer en él la «plenitud del tiempo». Entre estas dos venidas, «manifestadas», hay una tercera, que san Bernardo llama «intermedia» y «oculta»: tiene lugar en el alma de los creyentes y tiende una especie de puente entre la primera y la última.

«En la primera –escribe san Bernardo–, Cristo fue nuestra redención en la última se manifestará como nuestra vida, en ésta será nuestro descanso y nuestro consuelo» («Disc. 5 sobre el Adviento», 1).

Para la venida de Cristo que podríamos llamar «encarnación espiritual», el arquetipo es María. Como la Virgen conservó en su corazón al Verbo hecho carne, así cada una de las almas y toda la Iglesia están llamadas en su peregrinación terrena a esperar a Cristo que viene, y a acogerlo con fe y amor siempre renovados.

La Liturgia del Adviento subraya que la Iglesia da voz a esa espera de Dios profundamente inscrita en la historia de la humanidad, una espera a menudo sofocada y desviada hacia direcciones equivocadas. Cuerpo místicamente unido a Cristo Jefe, la Iglesia es sacramento, es decir, signo e instrumento eficaz de esa espera de Dios.

De una forma que sólo Él conoce, la comunidad cristiana puede abreviar la venida final, ayudando a la humanidad a salir al encuentro del Señor que viene. Y esto lo hace antes que nada, pero no sólo, con la oración. Las «obras buenas» son esenciales e inseparables a la oración, como recuerda la oración de este primer domingo de Adviento, con la que pedimos al Padre Celestial que suscite en nosotros «la voluntad de salir al encuentro de Cristo, con las buenas obras».

Desde este punto de vista, el Adviento es más adecuado que nunca para convertirse en un tiempo vivido en comunión con todos aquellos –y gracias a Dios son muchos—que esperan en un mundo más justo y más fraterno.

Este compromiso por la justicia puede unir en cierto sentido a los hombres de cualquier nacionalidad y cultura, creyentes y no creyentes. Todos de hecho están animados por un anhelo común, aunque sea distinto por sus motivaciones, hacia un futuro de justicia y de paz.

¡La paz es la meta a la que aspira toda la humanidad! Para los creyentes «paz» es uno de los nombres más bellos de Dios, quien quiere el entendimiento entre todos sus hijos, como he tenido la oportunidad de recordar en mi peregrinación de estos días pasados a Turquía.

Un canto de paz resonó en los cielos cuando Dios se hizo hombre y nació de una mujer, en la plenitud de los tiempos (Cf. Gálatas 4, 4).

Comencemos pues este nuevo Adviento –tiempo que nos regala el Señor del tiempo–, despertando en nuestros corazones la espera del Dios-que-viene y la esperanza de que su nombre sea santificado, de que venga su reino de justicia y de paz, y que se haga su voluntad así en el cielo como en la tierra.

Dejémonos guiar en esta espera por la Virgen María, madre del Dios-que-viene, Madre de la Esperanza, a quien celebraremos dentro de unos días como Inmaculada: que nos conceda la gracia de ser santos e inmaculados en el amor cuando tenga lugar la venida de nuestro Señor Jesucristo, a quien, con el Padre y el Espíritu Santo, se alabe y glorifique por los siglos de los siglos. Amén.

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Novena a María Inmaculada

29 de noviembre de 2009

Desde el domingo, 29 de noviembre al lunes, 7 de diciembre de 2009 celebramos la Novena a María Inmaculada, a las 18:30 los días laborables y sábados, y a las 19:30 los domingos.

El Papa Pío IX el 8 de diciembre de 1854, en su bula Ineffabilis Deus, proclamó el dogma de la Inmaculada Concepción de María con las siguientes palabras:

..declaramos, proclamamos y definimos que la doctrina que sostiene que la beatísima Virgen María fue preservada inmune de toda mancha de la culpa original en el primer instante de su concepción por singular gracia y privilegio de Dios omnipotente, en atención a los méritos de Cristo Jesús Salvador del género humano, está revelada por Dios y debe ser por tanto firme y constantemente creída por todos los fieles…

Recogemos aquí unas palabras de Su Santidad el Papa Benedicto XVI, con ocasión de la Fiesta de María Inmaculada en 2006:

Queridos hermanos y hermanas:

Celebramos hoy una de las fiestas de la bienaventurada Virgen más bellas y populares: la Inmaculada Concepción. María no sólo no cometió pecado alguno, sino que quedó preservada incluso de esa común herencia del género humano que es la culpa original, a causa de la misión a la que Dios la había destinado desde siempre: ser la Madre del Redentor.

Todo esto queda contenido en la verdad de fe de la Inmaculada Concepción. El fundamento bíblico de este dogma se encuentra en las palabras que el Ángel dirigió a la muchacha de Nazaret: «Alégrate, llena de gracia, el Señor está contigo» (Lucas 1, 28). «Llena de gracia», en el original griego «kecharitoméne», es el nombre más bello de María, nombre que le dio el mismo Dios para indicar que desde siempre y para siempre es la amada, la elegida, la escogida para acoger el don más precioso, Jesús, «el amor encarnado de Dios» (encíclica «Deus caritas est», 12).

Podemos preguntarnos: ¿por qué entre todas las mujeres, Dios ha escogido precisamente a María de Nazaret? La respuesta se esconde en el misterio insondable de la divina voluntad. Sin embargo, hay un motivo que el Evangelio destaca: su humildad. Lo subraya Dante Alighieri en el último canto del «Paraíso»: «Virgen Madre, hija de tu hijo, humilde y alta más que otra criatura, término fijo del consejo eterno» (Paraíso XXXIII, 1-3). La Virgen misma en el «Magnificat», su cántico de alabanza, dice esto: «Engrandece mi alma al Señor… porque ha puesto los ojos en la humildad de su esclava» (Lucas 1, 46.48). Sí, Dios se sintió prendado por la humildad de María, que encontró gracia a sus ojos (Cf. Lucas 1, 30). Se convirtió, de este modo, en la Madre de Dios, imagen y modelo de la Iglesia, elegida entre los pueblos para recibir la bendición del Señor y difundirla entre toda la familia humana.

Esta «bendición» es el mismo Jesucristo. Él es la fuente de la «gracia», de la que María quedó llena desde el primer instante de su existencia. Acogió con fe a Jesús y con amor lo entregó al mundo. Ésta es también nuestra vocación y nuestra misión, la vocación y la misión de la Iglesia: acoger a Cristo en nuestra vida y entregarlo al mundo «para que el mundo se salve por él» (Juan 3, 17).

Queridos hermanos y hermanas: la fiesta de la Inmaculada ilumina como un faro el período de Adviento, que es un tiempo de vigilante y confiada espera del Salvador. Mientras salimos al encuentro de Dios, que viene, miremos a María que «brilla como signo de esperanza segura y de consuelo para el pueblo de Dios en camino» («Lumen gentium», 68). Con esta conciencia os invito a uniros a mí cuando, en la tarde, renueve en la plaza de España el tradicional homenaje a esta dulce Madre por la gracia y de la gracia. A ella nos dirigimos ahora con la oración que recuerda el anuncio del ángel.

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Adviento, tiempo de acompañar a María en la espera

28 de noviembre de 2009

El domingo, 29 de noviembre de 2009 comienza el tiempo de Adviento. Y en María, nuestra Madre, ese momento litúrgico adquuere su plenitud. Son fechas de espera, de confianza en DIos, de alegría por Aquel que ha de venir a salvarnos. La parroquia centra su actividad durante estas cuatro semanas en la Virgen, ancilla Domini, que pide al Padre que se haga Su voluntad.

Sirvan unas palabras del Pontífice Pablo VI, en su encíclica Marialis cultus, para recordarnos la centralidad de María en nuestros corazones durante este momento anual.

“Durante el tiempo de Adviento la liturgia recuerda frecuentemente a la santísima Virgen –aparte de la solemnidad del día 8 de diciembre, en que se celebra conjuntamente la Inmaculada concepción de María, la preparación radical (cf. Is 11,1.10) a la venida del Salvador y el feliz comienzo de la Iglesia sin mancha ni arruga-, sobre todo en los días feriales desde el 17 al 24 de diciembre y, más concretamente, el Domingo anterior a la Navidad, en que hace resonar antiguas voces proféticas sobre la Virgen Madre y el Mesías, y se leen episodios evangélicos relativos al nacimiento inminente de Cristo y del Precursor” (MC, 3).

“De este modo, los fieles que viven con la liturgia el espíritu del Adviento, al considerar el inefable amor con que la Virgen Madre esperó al Hijo (Cf. Prefacio II de Adviento), se sentirán animados a tomarla como modelo y a prepararse, vigilantes en la oración y… jubilosos en la alabanza” (ibid), para salir al encuentro del Salvador que viene.” (MC 4).

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Renovación de promesas

22 de noviembre de 2009

En la festividad de Jesucristo, Rey del Universo, en la Misa de los Niños (a las 12:30 del domingo, 22 de noviembre de 2009), Diego, Estefanía, Tamara, Valeria, Elena, Antonio y Victoria Eugenia, que desean recibir por primera vez la Eucaristía en la parroquia, han renovado (y, con ellos, todos los presentes) las promesas que un día sus padres hicieron en su nombre cuando para ellos pidieron el sacramento del Bautismo. En el ambiente festivo y muy participativo que caracteriza a la celebración comunitaria dominical del Sacrificio de la Misa en el horario de mediodía (la llamada Misa de los Niños) todos hemos cantado con estos chicos, con ellos hemos repetido que creemos en la bondad del Padre creador de todas las cosas, en el amor que nos profesa su Hijo y en la presencia siempre viva y renovada del Espíritu entre nosotros. Así, deseamos hacer público nuestro compromiso de fe, nuestro vínculo con Jesús, y mostrar a todo el mundo que la gracia con la que Dios nos obsequió ha arraigado en nuestros corazones y, con nuestros defectos pero con sincero deseo de mejorar, poco a poco va dando fruto.

Puedes ver un pequeño reportaje fotográfico en nuestro archivo.

Recogemos un texto de www.mercaba.org sobre la renovación de nuestras promesas bautismales que creemos de interés:

Lo importante no es cuándo me bautizaron a mí. Lo que importa es si ahora yo vivo mi bautismo y si hoy volvería a bautizarme. De nada serviría que yo me hubiera bautizado a los treinta años, si hoy que tengo cuarenta ya no vivo como cristiano ni volvería a bautizarme.

El bautismo es como el amor entre un hombre y una mujer. ¿Qué importa la edad en que se juraron el amor por primera vez, si hoy ya no lo sienten? Lo que importa es si se quieren hoy, no si tenían 15 ó 30 años cuando se declararon el amor. El bautismo es el compromiso del amor con Dios. Lo que importa no es la edad con que se hizo la primera vez, sino si somos fieles a él, si hoy volveríamos a bautizarnos, si hoy yo renuevo mi bautismo.

Cuando a usted le pregunten la edad en que fue bautizado, conteste: «Yo me he bautizado muchas veces. Me bautizaron cuando era niño, pero después yo he renovado mi bautismo en muchas ocasiones con mi comunidad. Hoy mismo renuevo mi bautismo. Y esto es lo que importa».

El bautismo no es un rito que se hace de una vez para siempre y «ya estuvo». El Bautismo hay que vivirlo todos los días, y para eso es bueno renovarlo con frecuencia. La Iglesia siempre invita a los fieles a renovar su bautismo. Por ejemplo, cada año, en la celebración de la vigilia pascual. También, cuando se hace la primera comunión o se celebra el bautismo en la comunidad, los fieles presentes aprovechan para renovar las promesas de su bautismo.

Es buena la costumbre de renovar comunitariamente el sacramento del bautismo (sin que importe la edad distinta con que cada uno lo haya recibido). Se puede hacer en las grandes solemnidades, las fiestas litúrgicas, las concentraciones populares de las fiestas religiosas, o en la celebración de la Palabra.

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Jesucristo, Rey del Universo

22 de noviembre de 2009

El domingo, 22 de noviembre de 2009, comienza el nuevo año litúrgico con la festividad más señalada del calendario anual: Nuestro Señor Jesucristo, Rey del Universo. Empieza el Ciclo C, cuya figura central, en la lectura del Evangelio diario, pasa a ser San Lucas. En realidad, es el verdadero año nuevo para los cristianos, el inicio de un periodo que, por espacio de 54 semanas, nos llevará de la mano a lo largo de la vida de Cristo, recordándonos los momentos cruciales de su tránsito por este mundo y de su mensaje, la Buena Nueva, el anuncio del Reino, la razón de nuestra esperanza. No faltes a la cita. Te traemos aquí unas palabras de catholic.net sobre tan señalada efeméride:

Es una de las fiestas más importantes del calendario litúrgico, porque celebramos que Cristo es el Rey del universo. Su Reino es el Reino de la verdad y la vida, de la santidad y la gracia, de la justicia, del amor y la paz.

La fiesta de Cristo Rey fue instaurada por el Papa Pío XI el 11 de Marzo de 1925.
El Papa quiso motivar a los católicos a reconocer en público que el mandatario de la Iglesia es Cristo Rey.

Posteriormente se movió la fecha de la celebración dándole un nuevo sentido. Al cerrar el año litúrgico con esta fiesta se quiso resaltar la importancia de Cristo como centro de toda la historia universal. Es el alfa y el omega, el principio y el fin. Cristo reina en las personas con su mensaje de amor, justicia y servicio. El Reino de Cristo es eterno y universal, es decir, para siempre y para todos los hombres.

Con la fiesta de Cristo Rey se concluye el año litúrgico. Esta fiesta tiene un sentido escatólogico pues celebramos a Cristo como Rey de todo el universo. Sabemos que el Reino de Cristo ya ha comenzado, pues se hizo presente en la tierra a partir de su venida al mundo hace casi dos mil años, pero Cristo no reinará definitivamente sobre todos los hombres hasta que vuelva al mundo con toda su gloria al final de los tiempos, en la Parusía.

Si quieres conocer lo que Jesús nos anticipó de ese gran día, puedes leer el Evangelio de Mateo 25,31-46.

En la fiesta de Cristo Rey celebramos que Cristo puede empezar a reinar en nuestros corazones en el momento en que nosotros se lo permitamos, y así el Reino de Dios puede hacerse presente en nuestra vida. De esta forma vamos instaurando desde ahora el Reino de Cristo en nosotros mismos y en nuestros hogares, empresas y ambiente.

Jesús nos habla de las características de su Reino a través de varias parábolas en el capítulo 13 de Mateo:

“es semejante a un grano de mostaza que uno toma y arroja en su huerto y crece y se convierte en un árbol, y las aves del cielo anidan en sus ramas”;

“es semejante al fermento que una mujer toma y echa en tres medidas de harina hasta que fermenta toda”; “es semejante a un tesoro escondido en un campo, que quien lo encuentra lo oculta, y lleno de alegría, va, vende cuanto tiene y compra aquel campo”;

“es semejante a un mercader que busca perlas preciosas, y hallando una de gran precio, va, vende todo cuanto tiene y la compra”.

En ellas, Jesús nos hace ver claramente que vale la pena buscarlo y encontrarlo, que vivir el Reino de Dios vale más que todos los tesoros de la tierra y que su crecimiento será discreto, sin que nadie sepa cómo ni cuándo, pero eficaz.

La Iglesia tiene el encargo de predicar y extender el reinado de Jesucristo entre los hombres. Su predicación y extensión debe ser el centro de nuestro afán vida como miembros de la Iglesia. Se trata de lograr que Jesucristo reine en el corazón de los hombres, en el seno de los hogares, en las sociedades y en los pueblos. Con esto conseguiremos alcanzar un mundo nuevo en el que reine el amor, la paz y la justicia y la salvación eterna de todos los hombres.

Para lograr que Jesús reine en nuestra vida, en primer lugar debemos conocer a Cristo. La lectura y reflexión del Evangelio, la oración personal y los sacramentos son medios para conocerlo y de los que se reciben gracias que van abriendo nuestros corazones a su amor. Se trata de conocer a Cristo de una manera experiencial y no sólo teológica.

Acerquémonos a la Eucaristía, Dios mismo, para recibir de su abundancia. Oremos con profundidad escuchando a Cristo que nos habla.

Al conocer a Cristo empezaremos a amarlo de manera espontánea, por que Él es toda bondad. Y cuando uno está enamorado se le nota.

El tercer paso es imitar a Jesucristo. El amor nos llevará casi sin darnos cuenta a pensar como Cristo, querer como Cristo y a sentir como Cristo, viviendo una vida de verdadera caridad y autenticidad cristiana. Cuando imitamos a Cristo conociéndolo y amándolo, entonces podemos experimentar que el Reino de Cristo ha comenzado para nosotros.

Por último, vendrá el compromiso apostólico que consiste en llevar nuestro amor a la acción de extender el Reino de Cristo a todas las almas mediante obras concretas de apostolado. No nos podremos detener. Nuestro amor comenzará a desbordarse.

Dedicar nuestra vida a la extensión del Reino de Cristo en la tierra es lo mejor que podemos hacer, pues Cristo nos premiará con una alegría y una paz profundas e imperturbables en todas las circunstancias de la vida.

A lo largo de la historia hay innumerables testimonios de cristianos que han dado la vida por Cristo como el Rey de sus vidas. Un ejemplo son los mártires de la guerra cristera en México en los años 20’s, quienes por defender su fe, fueron perseguidos y todos ellos murieron gritando “¡Viva Cristo Rey!”.

La fiesta de Cristo Rey, al finalizar el año litúrgico es una oportunidad de imitar a estos mártires promulgando públicamente que Cristo es el Rey de nuestras vidas, el Rey de reyes, el Principio y el Fin de todo el Universo.

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Eucaristía por los fieles difuntos de la parroquia

11 de noviembre de 2009

El viernes, 13 de noviembre de 2009, a las 20:00, se celebra una Eucaristía ofrecida por las almas de los fieles difuntos de la parroquia fallecidos a lo largo del año, y por la de cualquier familiar, amigo o conocido que haya emprendido el camino a la casa del Padre.

Si deseamos que se cite memoria de ellos, podemos ponernos en contacto con la secretaría parroquial y facilitar el nombre de nuestro ser querido, para que durante el transcurso de la misa se mencione en las intenciones y ruegos por la salvación eterna.

La tradición de rezar por los muertos se remonta a los primeros tiempos del cristianismo, en donde ya se honraba su recuerdo y se ofrecían oraciones y sacrificios por ellos.

Cuando una persona muere, ya no es capaz de hacer nada para ganar el cielo; sin embargo, los vivos sí podemos ofrecer nuestras obras para que el difunto alcance la salvación.

Con las buenas obras y la oración se puede ayudar a los seres queridos a conseguir el perdón y la purificación de sus pecados para poder participar de la gloria de Dios.

A estas oraciones se les llama sufragios. El mejor sufragio es ofrecer la Santa Misa por los difuntos.

Debido a las numerosas actividades de la vida diaria, las personas muchas veces no tienen tiempo ni de atender a los que viven con ellos, y es muy fácil que se olviden de lo provechoso que puede ser la oración por los fieles difuntos. Debido a esto, la Iglesia ha querido instituir un día, el 2 de noviembre, que se dedique especialmente a la oración por aquellas almas que han dejado la tierra y aún no llegan al cielo.

La Iglesia recomienda la oración en favor de los difuntos y también las limosnas, las indulgencias y las obras de penitencia para ayudarlos a hacer más corto el periodo de purificación y puedan llegar a ver a Dios. “No dudemos, pues, en socorrer a los que han partido y en ofrecer nuestras plegarias por ellos”.

Nuestra oración por los muertos puede no solamente ayudarles, sino también hacer eficaz su intercesión a nuestro favor. Los que ya están en el cielo interceden por los que están en la tierra para que tengan la gracia de ser fieles a Dios y alcanzar la vida eterna.

Para aumentar las ventajas de esta fiesta litúrgica, la Iglesia ha establecido que si nos confesamos, comulgamos y rezamos el Credo por las intenciones del Papa entre el 1 y el 8 de noviembre, “podemos ayudarles obteniendo para ellos indulgencias, de manera que se vean libres de las penas temporales debidas por sus pecados”. (CEC 1479)

Catholic.net

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Memoria de Cáritas parroquial

11 de noviembre de 2009

Cáritas parroquial es toda una institución en la comunidad de San Lázaro. El trabajo abnegado, silencioso y eficiente de unos cuantos feligreses, de los voluntarios que echan una mano cuando es preciso, de aquellos que realizan un donativo, siempre grande (no importa la cantidad, acordémosnos del óbolo de la viuda), ha conseguido que Cáritas tenga imagen y voz propia en nuestra parroquia.

Más de doscientas cuarenta personas de promedio reciben ayuda cada mes. Inmigrantes, chicas embarazadas, gente que no llega a fin de mes…

Si lo deseas puedes consultar la memoria de actividades de los tres primeros trimestres del año 2009 solicitándola en la secretaría parroquial, o descargándola desde nuestro archivo, donde aparece mencionada como “Cáritas – Hoja resumen enero-septiembre 2009.pdf“.

Cáritas es la confederación oficial de las entidades de acción caritativa y social de la Iglesia católica en España, instituida por la Conferencia Episcopal. Creada en 1947, Cáritas tiene personalidad jurídica propia, tanto eclesiástica como civil. Entre sus objetivos fundacionales destacan la ayuda a la promoción humana y al desarrollo integral de la dignidad de todas las personas que se encuentran en situación de precariedad. En su trayectoria Cáritas asume un triple compromiso en su acción social: informar, denunciar y sensibilizar a la opinión pública sobre las situaciones de pobreza y vulnerabilidad, sus causas, consecuencias y la posibilidad de participación en el cambio.

La red nacional de Cáritas está constituida por unas 5.000 Cáritas Parroquiales, 68 Cáritas Diocesanas y sus correspondientes Cáritas Regionales o Autonómicas. Cáritas desarrolla dentro de España una importante labor de apoyo y promoción social a diversos grupos sociales en situación de precariedad y/o exclusión social. El compromiso con estas situaciones es apoyado por el trabajo gratuito de más de 65.000 personas voluntarias, que representan el 90 por ciento de los recursos humanos de la institución en toda España.

La acción desarrollada para la erradicación de la pobreza tiene también una amplia dimensión internacional que funciona a través de 154 Cáritas nacionales, con presencia en 198 países y territorios, integradas en la Cáritas Internacional, con sede en Roma. Es en este contexto de la red de Caritas Internationalis donde se ha desarrollado también nuestra pertenencia y participación activa en Cáritas Europa.

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