“Caminos de esperanza” número 18

31 de diciembre de 2009

Afirma Josep-Maria Rojo Pijoán que “la parroquia es el principal lugar de encuentro de los cristianos y muchas veces el primer lugar de acogida para muchas personas que se acercan a la Iglesia. Alrededor de la parroquia han surgido frecuentemente infinidad de actividades que han permitido que los canales de comunicación entre Iglesia y población hayan funcionado adecuadamente. Ambas realidades se enriquecían mutuamente, actuaban en comunión. Emisor y receptor estaban plenamente identificados: se conocían y se reconocían. En la actualidad el panorama es mucho más complejo. Los cambios radicales en la realidad urbana y metropolitana […] han afectado la antigua y sencilla estructura comunicativa parroquial. Para la comunicación del Evangelio se necesita hoy un profundo conocimiento de la sociedad que se adquirirá solamente estando muy cerca de ella. La revolución tecnológica y la gran variedad de medios e instrumentos de comunicación ha llevado a muchos párrocos a una situación de complejidad y de incertidumbre generando a veces un cierto temor respecto a las nuevas tecnologías”.

Como establece el Pontificio Consejo para las Comunicaciones Sociales en su documento “La Iglesia e Internet“,

Internet es importante para muchas actividades y programas de la Iglesia: la evangelización, que incluye tanto la re-evangelización como la nueva evangelización y la tradicional labor misionera ad gentes; la catequesis y otros tipos de educación; las noticias y la información; la apologética, el gobierno y la administración; y algunas formas de asesoría pastoral y dirección espiritual. Aunque la realidad virtual del ciberespacio no puede sustituir a la comunidad real e interpersonal o a la realidad encarnada de los sacramentos y la liturgia, o la proclamación inmediata y directa del Evangelio, puede complementarlas, atraer a la gente hacia una experiencia más plena de la vida de fe y enriquecer la vida religiosa de los usuarios, a la vez que les brinda sus experiencias religiosas. También proporciona a la Iglesia medios para comunicarse con grupos particulares —jóvenes y adultos, ancianos e impedidos, personas que viven en zonas remotas, miembros de otras comunidades religiosas— a los que de otra manera difícilmente podría llegar.

Un número creciente de parroquias, diócesis, congregaciones religiosas, instituciones relacionadas con la Iglesia, programas y todo tipo de organizaciones hacen ahora uso efectivo de Internet con estas y otras finalidades. En algunos lugares, tanto a nivel nacional como regional, han existido proyectos creativos patrocinados por la Iglesia. La Santa Sede ha estado activa en esta área durante muchos años, y sigue difundiendo y desarrollado su presencia en Internet. A los grupos vinculados a la Iglesia que todavía no han dado este paso se les anima a considerar la posibilidad de hacerlo cuanto antes. Recomendamos encarecidamente el intercambio de ideas e información sobre Internet entre quienes ya tienen experiencia en este campo y quienes son principiantes.

Aunque, por dificultades técnicas, no ha sido posible publicarlo antes, aquí está el número 18 del boletín parroquial Caminos de esperanza, en nuestra sección de Archivo.

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La Misa de la Familia

30 de diciembre de 2009

Ya en mayo de 2006 el Su Santidad el Papa Benedicto XVI afirmaba que “El matrimonio y la familia están arraigados en el núcleo más íntimo de la verdad sobre el hombre y su destino. La Sagrada Escritura revela que la vocación al amor forma parte de esa auténtica imagen de Dios que el Creador ha querido imprimir en su criatura, llamándola a hacerse semejante a El precisamente en la medida en que está abierta al amor. [...] La diferencia sexual que comporta el cuerpo del hombre y de la mujer no es, por tanto, un simple dato biológico, sino que reviste un significado mucho más profundo: expresa esa forma del amor con el que el hombre y la mujer se convierten en una sola carne, pueden realizar una auténtica comunión de personas abierta a la transmisión de la vida y cooperan de este modo con Dios en la procreación de nuevos seres humanos. [...] A través del amor se expresa la imagen cristiana de Dios y también la consiguiente imagen del hombre y de su camino. Es decir, se sirvió del camino del amor para revelar el misterio de su vida trinitaria. Además, la íntima relación que existe entre la imagen del Dios amor y el amor humano nos permite comprender que a la imagen del Dios monoteísta corresponde el matrimonio monógamo. El matrimonio, basado en un amor exclusivo y definitivo se convierte en el icono de la relación de Dios con su pueblo y, viceversa, el modo de amar de Dios se convierte en la medida del amor humano“.

Por eso, en San Lázaro, como en la inmensa mayoría de las parroquias del mundo, el último domingo de diciembre, dedicado a la Sagrada Familia, celebramos cada año la Misa de la Familia. Esta vez ha sido el domingo, 27 de diciembre, a las 12:30. Las parejas casadas que asistimos renovamos nuestro vínculo matrimonial ante Dios y ante los hombres, y la alegría de los niños transformó la Eucaristía en una fiesta de celebración del amor del Padre manifestado en el que los miembros de la unidad familiar nos profesamos. Un amor sin fisuras, sin “te quiero porque…”, sino con “te quiero” a secas. Nos amamos porque somos imagen de Dios.

Recogemos aquí las palabras del cardenal Rouco Varela, cuya fortaleza y valentía al denunciar situaciones injustas algún día será adecuadamente reconocida y cuya capacidad de trabajo por el bien de la Iglesia está fuera de toda duda, en una entrevista recientemente concedida a Ecclesia Digital.

¿Por qué un tema medular como la promoción de la familia y la natalidad ha pasado tan desapercibido en los últimos años?

—No es un fenómeno sólo de nuestro país. Se trata de un largo itinerario que se inicia en la década de los 70 en conjunción con una gran crisis cultural y espiritual de los jóvenes de Europa y América del Norte. Es el resultado de una opción de vida donde el hombre pone en el centro de su existencia una realización puramente individualista y egoísta de su vida; en la que el placer, el dinero, el ansia desmedida de los bienes materiales y el triunfo en la vida a toda costa se constituyen en «los dioses» de las nuevas generaciones como causa y efecto, a la vez del abandono de la concepción trascendente del hombre y del reconocimiento de la existencia de Dios. Hedonismo, materialismo y ateísmo se suelen condicionar mutuamente.

¿Y sus consecuencias?

—Tiene muchas consecuencias, como considerar que el vivir responsablemente la dimensión sexual de la persona es sólo tener cuidado de que no te enfermes. Segundo, vivir el ideal de la vida como ideal de paternidad y maternidad ya no tiene mucho sentido, entonces comienzan fenómenos como la expansión vertiginosa del divorcio y también la difusión y la legalización del aborto en las sociedades europeas. En definitiva, no se quiere dar la vida y no se comprende la vida como ofrenda.

Hemos recogido algunas imágenes en nuestra crónica gráfica del año 2009 que muestran en qué consiste la satisfacción de la paternidad y maternidad bien ejercida, de educar a los hijos, de transmitirles nuestra fe y de celebrar el amor de esposos en comunidad. Podéis verlas en nuestros álbumes sobre la fiesta de los catequistas, en la celebración de una familia de la parroquia durante el Adviento y en la de la propia Misa de la Familia.

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Soplo del Cielo

25 de diciembre de 2009

En el día más alegre que nuestra fe nos depara (“…porque un Niño nos ha nacido, un Hijo se nos ha dado…“) deseamos ofrecer desde estas páginas un vídeo musical con una excelente composición de Amy Grant, una guapa cantantautora y actriz norteamericana, nacida en Augusta, Georgia, en 1960, cuya producción se centra especialmente en la música cristiana. “Soplo del Cielo” es un villancico, es “la canción de María”. No sólo la música es hermosa, sino también la letra. Habla del ofrecimiento de nuestra Madre a Dios, de cómo pone su vida al servicio de la voluntad del Señor (fiat voluntas tua).

Enciende los altavoces del ordenador y disfruta con la música.

Breath of Heaven
I have traveled many moonless nights
Cold and weary with a babe inside
And I wonder what I´ve done
Holy Father you have come
And chosen me now
To carry your son

I am waiting in a silent prayer
I am frightened by the load I bear
In a world as cold as stone
Must I walk this path alone
Be with me now
Be with me now

[Chorus:]
Breath of heaven
Hold me together
Be forever near me
Breath of heaven
Breath of heaven
Lighten my darkness
Pour over me your holiness
For you are holy
Breath of heaven

Do you wonder as you watch my face
If a wiser one should have had my place
But I offer all I am
For the mercy of your plan
Help me be strong
Help me be
Help me

[Chorus] [2x]

He viajado muchas noches sin luna,
cansada y aterida con un bebé dentro de mí
y me pregunto por qué lo he hecho.
Padre Santo, has venido
y me ha escogido ahora
para llevar a tu Hijo.

Espero rezando en silencio.
Me asusta la carga que llevo.
En un mundo frío como una roca
debo andar este camino sola.
Quédate ahora conmigo,
quédate ahora conmigo.

[ Estribillo]
El aliento de cielo
me mantiene unida a tí.
Quédate siempre junto a mí.
Soplo de Cielo,
aliento del Cielo,
alumbra mi oscuridad,
derrama sobre mí tu santidad,
porque Tú eres santo,
soplo del Cielo.

Miras mi rostro y te preguntas
Si alguien más sabio debería ocupar mi lugar.
Pero yo te ofrezco todo que soy
por la gracia que Tu plan me ha otorgado.
Ayúdame a ser fuerte.
Ayúdame a ser.
Ayúdame.

[Estribillo 2x]

Para más información, www.amygrant.com (sólo en inglés).

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Dios se acerca a nosotros en Navidad

24 de diciembre de 2009

La Navidad no quiere pasar como una fiesta más. Al modo como en Jesús fue el comienzo de su vida preñada de Dios y el inicio de la transformación de la humanidad, así quiere ser en nosotros el principio, si aún no lo vivimos, de un existir humano lleno de Jesús, lleno de santidad, en el cual nuestro encuentro con El no sea un día a la semana los domingos, ni un instante de plegaria a la noche o la mañana, sino una actitud constante que nos lleve a ver, en todos los acontecimientos, insignificantes o graves, de nuestra vida, la mano de un Dios que quiere transformarnos en su amistad, en su cercanía percibida, en su presencia providente, en su llamarnos a un día encontrarnos para siempre con él en la alegría que no tendrá fin.

Recogemos, por su interés, el mensaje de Su Santidad el Papa Benedicto XVI, explicado durante la Audiencia general del miércoles, 23 de diciembre de 2009, tal como se recoge en la página de información vaticana www.zenit.org.

Queridos hermanos y hermanas,
con la Novena de Navidad que estamos celebrando en estos días, la Iglesia nos invita a vivir de modo intenso y profundo la preparación del Nacimiento del Salvador, ya inminente. El deseo, que todos llevamos en el corazón, es que la próxima fiesta de Navidad nos de, en medio de la actividad frenética de nuestros días, serena y profunda alegría para hacernos tocar con la mano la bondad de nuestro Dios e infundirnos nuevos ánimos.
Para comprender mejor el significado de la Navidad del Señor quisiera hacer una breve referencia al origen histórico de esta solemnidad. De hecho, el Año litúrgico de la Iglesia no se desarrolló inicialmente partiendo del nacimiento de Cristo, sino de la fe en la resurrección. Por eso la fiesta más antigua de la cristiandad no es la Navidad, sino la Pascua; la resurrección de Cristo funda la fe cristiana, está en la base del anuncio del Evangelio y hace nacer a la Iglesia. Por tanto ser cristianos significa vivir de forma pascual, implicándonos en el dinamismo originado por el Bautismo que lleva a morir al pecado para vivir con Dios (cfr Rm 6,4).
El primero que afirmó con claridad que Jesús nació el 25 de diciembre fue Hipólito de Roma, en su comentario del Libro del profeta Daniel, escrito hacia el 204. Algún exegeta observa, además, que ese día se celebraba la Dedicación del Templo de Jerusalén, instituido por Judas Macabeo en el 164 antes de Cristo. La coincidencia de fechas vendría entonces a significar que con Jesús, aparecido como luz de Dios en la noche, se realiza verdaderamente la consagración del templo, el Adviento de Dios sobre esta tierra.
En la cristiandad la fiesta de Navidad asumió una forma definida en el siglo IV siglo, cuando esta tomó el sitio de la fiesta romana del “Sol invictus”, el sol invencible; se puso así en evidencia que el nacimiento de Cristo es la victoria de la verdadera luz sobre las tinieblas del mal y del pecado. Con todo, la particular e intensa atmósfera espiritual que circunda la Navidad se desarrolló en el Medioevo, gracias a san Francisco de Asís, que estaba profundamente enamorado del hombre Jesús, del Dios-con-nosotros. Su primer biógrafo, Tomás de Celano, en la Vita seconda narra que san Francisco “Por encima de las demás solemnidades, celebraba con inefable premura la Navidad del Niño Jesús, y llamaba fiesta de las fiestas el día en que Dios, hecho un niño pequeño, había mamado de un seno humano” (Fonti Francescane, n. 199, p. 492). De esta particular devoción al misterio de la Encarnación tuvo origen la famosa celebración de la Navidad en Greccio. Esta, probablemente, le fue inspirada a san Francisco por su peregrinación a Tierra Santa y por el pesebre de Santa María la Mayor en Roma. Lo que animaba al Pobrecillo de Asís era el deseo de experimentar de forma concreta, viva y actual la humilde grandeza del acontecimiento del nacimiento del Niño Jesús y de comunicar su alegría a todos.
En la primera biografía, Tomás de Celano habla de la noche del belén de Greccio de una forma viva y conmovedora, ofreciendo una contribución decisiva a la difusión de la tradición navideña más hermosa, la del belén. La noche de Greccio, de hecho, ha devuelto a la cristiandad la intensidad y la belleza de la fiesta de la Navidad, y ha educado al Pueblo de Dios a aprehender su mensaje más auténtico, su calor particular, y a amar y adorar la humanidad de Cristo. Este particular acercamiento a la Navidad ha ofrecido a la fe cristiana una nueva dimensión. La Pascua había concentrado la atención sobre el poder de Dios que vence a la muerte, inaugura una nueva vida y enseña a esperar en el mundo que vendrá. Con san Francisco y su belén se ponían en evidencia el amor inerme de Dios, su humildad y su benignidad, que en la Encarnación del Verbo se manifiesta a los hombres para enseñar una forma nueva de vivir y de amar.
Celano narra que, en esa noche de Navidad, le fue concedida a Francisco la gracia de una visión maravillosa. Vio yacer inmóvil en el pesebre a un niño pequeño, que se despertó el sueño precisamente por la cercanía de Francisco. Y añade: “Esta visión no era contraria a los hechos, pues, por obra de su gracia que actuaba por medio de su santo siervo Francisco, el niño Jesús fue resucitado en el corazón de muchos, que le habían olvidado, y se marcó profundamente en su memoria amorosa” (Vita prima, op. cit., n. 86, p. 307). Este cuadro describe con mucha precisión cómo la fe viva y el amor de Francisco por la humanidad de Cristo se han transmitido a la fiesta cristiana de la Navidad: el descubrimiento de que Dios se revela en los tiernos miembros del Niño Jesús. Gracias a san Francisco, el pueblo cristiano ha podido percibir que en Navidad Dios verdaderamente se ha convertido en el “Enmanuel”, el Dios-con-nosotros, del que no nos separa barrera ni lejanía alguna. En ese Niño, Dios se ha hecho tan próximo a cada uno de nosotros, tan cercano, que podemos tratarle de tu y mantener con él una relación confiada de profundo afecto, como lo hacemos con un recién nacido.
En ese Niño, de hecho, se manifiesta el Dios-Amor: Dios viene sin armas, sin la fuerza, porque no pretende conquistar, por así decirlo, desde fuera, sino que quiere más bien ser acogido por el hombre en libertad; Dios se hace Niño inerme para vencer la soberbia, la violencia, el ansia de poseer del hombre. En Jesús Dios asumió esta condición pobre y desarmada para vencer con el amor y conducirnos a nuestra verdadera identidad. No debemos olvidar que el título más grande de Jesucristo es precisamente el de “Hijo”, Hijo de Dios; la dignidad divina se indica con un término que prolonga la referencia a la humilde condición del pesebre de Belén, aún correspondiendo de manera única a su divinidad, que es la divinidad del “Hijo”.
Su condición de Niño nos indica además cómo podemos encontrar a Dios y gozar de su presencia. Es a la luz de la Navidad como podemos comprender las palabras de Jesús: “Si no os convertís y os hacéis como niños no entraréis en el reino de los cielos” (Mt 18,3). Quien no ha entendido el misterio de la Navidad no ha entendido el elemento decisivo de la existencia cristiana. Quien no acoge a Jesús con corazón de niño, no puede entrar en el reino de los cielos; esto es lo que Francisco quiso recordar a la cristiandad de su tiempo y de todos los tiempos hasta hoy. Oremos al Padre para que conceda a nuestro corazón esa simplicidad que reconoce en el Niño al Señor, precisamente como hizo Francisco en Greccio. Entonces nos podría suceder también a nosotros lo que Tomás de Celano – refiriéndose a la experiencia de los pastores en la Noche Santa (cfr Lc 2,20) – narra a propósito de cuantos estuvieron presentes en el acontecimiento de Greccio: “cada uno volvió a su casa lleno de inefable alegría” (Vita prima, op. cit., n. 86, p. 479).
Este es el augurio que formulo con afecto a todos vosotros, a vuestras familias y a vuestros seres queridos. ¡Feliz Navidad a todos!

[Traducción del italiano por Inma Álvarez]

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Horario de cultos durante Navidad

24 de diciembre de 2009

El salmo de la misa del Gallo nos invita con insistencia a “cantar”. La palabra se repite tres veces al comienzo de las tres primeras líneas. Más adelante, por tres veces, vuelve la insistencia: “Dad gloria al Señor”… “Dad gloria al Señor”… “¡Dad pues gloria al Señor!”. En la fiesta de la Encarnación del Hijo del Hombre, debemos acercarnos con más asiduidad que nunca a su altar, para compartir la mesa del Sacrificio con Él y con nuestros hermanos.

Con el fin de facilitar a todos los feligreses la asistencia a los cultos de la parroquia durante las fiestas de Navidad y Epifanía, adjuntamos un cuadro con la tabla de horarios.

HORARIO DE CULTOS
Día 24 de diciembre. Nochebuena 18:00
Día 25 de diciembre. Misa del Gallo 00:00
Día 25 de diciembre. Navidad 11:30, 12:30 y 20:00
Día 26 de diciembre 18:00 y 19:00
Día 27 de diciembre. Día de la Familia 10:00, 11:30, 12:30 y 20:00
Días 28 y 29 de diciembre 10:00 y 18:00
Días 30 y 31 de diciembre 18:00 y 19:00
Día 1 de enero. Santa María, Madre de Dios 11:30, 12:30 y 20:00
Día 2 de enero 18:00 y 19:00
Día 3 de enero. Segundo domingo de Navidad 10:00, 11:30, 12:30 y 20:00
Día 4 de enero 10:00 y 18:00
Día 5 de enero 18:00 y 19:00
Día 6 de enero. Epifanía 11:30, 12:30 y 20:00
REZO COMUNITARIO DE VÍSPERAS
Día 25 de diciembre 19:30
Día 26 de diciembre 18:30
Día 27 de diciembre 19:30
Días 28, 29, 30 y 31 de diciembre 18:30

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Vivamos el Adviento en su plenitud

2 de diciembre de 2009

La novena a nuestra Madre Inmaculada atrae a muchos feligreses deseosos de compartir con María la espera de Aquel que ha de venir. El pequeño templo se llena cada tarde, y los cantos suenan bajo el alfarje del techo. Para aportar nuestro granito de arena, hemos creado dos nuevos álbumes fotográficos.

Uno, con las fotografías de la imagen de la Virgen que, entronizada junto al altar mayor, preside la celebración litúrgica. Los arreglos florales nos hacen patente el cuidado y cariño con que algunas feligresas (Maruja, Dori, Angelines, Milagros y tantas otras) colaboran en el exorno y la digna presentación de nuestra parroquia.

Otro, recogiendo algunas perspectivas del espléndido Nacimiento parroquial que Jesús y Juan han sabido montar, como siempre pero mejor que nunca. Los niños (y los no tan niños) disfrutarán con los pequeños personajes (pastores, labriegos, los Reyes Magos,…) que caminan hacia el portal, y basta agachar la cabeza “a ras de suelo” para sentirse inmerso en aquellos polvorientos caminos que condujeron a María y José hasta Belén mientras buscaban posada.

Además, de “propina”, adjuntamos a nuestro archivo documental dos nuevos textos: uno, con la letra de los cantos de Adviento más empleados; otro, con una bonita bendición para el Belén familiar, que recomendamos lleven a cabo todas las familias.

Por último, por su interés y claridad argumental y doctrinal, queremos recoger el texto, tal como aparece en zenit.org, de la homilía de Su Santidad el Papa Benedicto XVI pronunciada el sábado, 28 de noviembre de 2009, durante las Primeras Vísperas del Primer Domingo de Adviento al comienzo del nuevo Año Litúrgico.

Queridos hermanos y hermanas,

con esta celebración vespertina entramos en el tiempo litúrgico del Adviento. En la lectura bíblica que acabamos de escuchar, tomada de la Primera Carta a los Tesalonicenses, el apóstol Pablo nos invita a preparar la “venida del Señor nuestro Jesucristo” (5,23) conservándonos irreprensibles, con la gracia de Dios. Pablo usa precisamente la palabra “venida”, en latín adventus, de donde viene el término Adviento.

Reflexionemos brevemente sobre el significado de esta palabra, que puede traducirse como “presencia”, “llegada”, “venida”. En el lenguaje del mundo antiguo era un término técnico utilizado para indicar la llegada de un funcionario, la visita del rey o del emperador a una provincia. Pero podía indicar también la venida de la divinidad, que sale de su ocultación para manifestarse con poder, o que es celebrada presente en el culto. Los cristianos adoptaron la palabra “adviento” para expresar su relación con Jesucristo: Jesús es el Rey, que ha entrado en esta pobre “provincia” llamada tierra para visitarnos a todos; hace participar en la fiesta de su adviento a cuantos creen en Él, a cuantos creen en su presencia en la asamblea litúrgica. Con la palabra adventus se pretendía sustancialmente decir: Dios está aquí, no se ha retirado del mundo, no nos ha dejado solos. Aunque no lo podemos ver y tocar como sucede con las realidades sensibles, Él está aquí y viene a visitarnos de múltiples maneras.

El significado de la expresión “adviento” comprende por tanto también el de visitatio, que quiere decir simple y propiamente “visita”; en este caso se trata de una visita de Dios: Él entra en mi vida y quiere dirigirse a mí. Todos tenemos experiencia, en la existencia cotidiana, de tener poco tiempo para el Señor y poco tiempo también para nosotros. Se acaba por estar absorbidos por el “hacer”. ¿Acaso no es cierto que a menudo la actividad quien nos posee, la sociedad con sus múltiples intereses la que monopoliza nuestra atención? ¿Acaso no es cierto que dedicamos mucho tiempo a la diversión y a ocios de diverso tipo? A veces las cosas no “atrapan”. El Adviento, este tiempo litúrgico fuerte que estamos empezando, nos invita a detenernos en silencio para captar una presencia. Es una invitación a comprender que cada acontecimiento de la jornada es un gesto que Dios nos dirige, signo de la atención que tiene por cada uno de nosotros. ¡Cuántas veces Dios nos hace percibir algo de su amor! ¡Tener, por así decir, un “diario interior” de este amor sería una tarea bonita y saludable para nuestra vida! El Adviento nos invita y nos estimula a contemplar al Señor presente. La certeza de su presencia ¿no debería ayudarnos a ver el mundo con ojos diversos? ¿No debería ayudarnos a considerar toda nuestra existencia como “visita”, como un modo en que Él puede venir a nosotros y sernos cercano, en cada situación?

Otro elemento fundamental del Adviento es la espera, espera que es al mismo tiempo esperanza. El Adviento nos empuja a entender el sentido del tiempo y de la historia como “kairós”, como ocasión favorable para nuestra salvación. Jesús ilustró esta realidad misteriosa en muchas parábolas: en la narración de los siervos invitados a esperar la vuelta del amo; en la parábola de las vírgenes que esperan al esposo; o en aquellas de la siembre y de la cosecha. El hombre, en su vida, está en constante espera: cuando es niño quiere crecer, de adulto tiende a la realización y al éxito, avanzando en la edad, aspira al merecido descanso. Pero llega el tiempo en el que descubre que ha esperado demasiado poco si, más allá de la profesión o de la posición social, no le queda nada más que esperar. La esperanza marca el camino de la humanidad, pero para los cristianos está animada por una certeza: el Señor está presente en el transcurso de nuestra vida, nos acompaña y un día secará también nuestras lágrimas. Un día no lejano, todo encontrará su cumplimiento en el Reino de Dios, Reino de justicia y de paz.

Pero hay formas muy distintas de esperar. Si el tiempo no está lleno por un presente dotado de sentido, la espera corre el riesgo de convertirse en insoportable; si se espera algo, pero en este momento no hay nada, es decir, si el presente queda vacío, cada instante que pasa parece exageradamente largo, y la espera se transforma en un peso demasiado grave, porque el futuro es totalmente incierto. Cuando en cambio el tiempo está dotado de sentido y percibimos en cada instante algo específico y valioso, entonces la alegría de la espera hace el presente más precioso. Queridos hermanos y hermanas, vivamos intensamente el presente donde ya nos alcanzan los dones del Señor, vivamoslo proyectados hacia el futuro, un futuro lleno de esperanza. El Adviento cristiano se convierte de esta forma en ocasión para volver a despertar en nosotros el verdadero sentido de la espera, volviendo al corazón de nuestra fe que es el misterio de Cristo, el Mesías esperado por largos siglos y nacido en la pobreza de Belén. Viniendo entre nosotros, nos ha traído y continua ofreciéndonos el don de su amor y de su salvación. Presente entre nosotros, nos habla de múltiples modos: en la Sagrada Escritura, en el año litúrgico, en los santos, en los acontecimientos de la vida cotidiana, en toda la creación, que cambia de aspecto según si detrás de ella está Él o si está ofuscada por la niebla de un origen incierto y de un incierto futuro. A nuestra vez, podemos dirigirle la palabra, presentarle los sufrimientos que nos afligen, la impaciencia, las preguntas que nos brotan del corazón. ¡Estamos seguros de que nos escucha siempre! Y si Je´sus está presente, no existe ningún tiempo privado de sentido y vacío. Si Él está presente, podemos seguir esperando también cuando los demás no pueden asegurarnos más apoyo, aún cuando el presente es agotador.

Queridos amigos, el Adviento es el tiempo de la presencia y de la espera de lo eterno. Precisamente por esta razón es, de modo particular, el tiempo de la alegría, de una alegría interiorizada, que ningún sufrimiento puede borrar. La alegría por el hecho de que Dios se ha hecho niño. Esta alegría, invisiblemente presente en nosotros, nos anima a caminar confiados. Modelo y sostén de este íntimo gozo es la Virgen María, por medio de la cual nos ha sido dado el Niño Jesús. Que Ella, fiel discípula de su Hijo, nos obtenga la gracia de vivir este tiempo litúrgico vigilantes y diligentes en la espera. Amén.

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Un pequeño cuento de Adviento

2 de diciembre de 2009

Los bultos casi llenaban la habitación. Toda una vida metida en envoltorios, archivada en carpetas, clasificada, como si de expedientes de una oscura oficina gubernamental se tratara. Su padre había ido acumulando objetos, conservando recuerdos cristalizados en papeles, cada día más amarillentos, y en discos de ordenador, acumulando libros que se desencuadernaban lentamente en los estantes y cuyo contenido sólo a él parecía interesar. Un puñado de fotos se desprendieron del atadillo de gomas elásticas que lo sujetaba a un grueso archivador de anillas y se desparramó, desordenado, sobre la mesa.

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La tarde, de comienzos de diciembre, decaía, gris y húmeda, tras los sucios cristales, que la mano de su madre no limpiaba desde hacía muchos años, desde que ella era aún una niña y la veía caminar por la casa como de puntillas, sin apenas hacer ruido, procurando que todo estuviera en su sitio y declarando la guerra a las pelusas. Murió tras un penoso calvario de hospitales, largas curas y diagnósticos agoreros, y con su cadáver fue al nicho gran parte de su infancia, enredada en la mortaja de aquella gran y silenciosa mujer, cuyas manos, encallecidas y ásperas por el cotidiano trabajo del hogar aún creía sentir sobre su nuca en las noches más frías del invierno, cuando la soledad que habían dejado en su alma los pedazos de un matrimonio roto y la prematura huida de su hija parecían una pesada losa, un viento que, helado, hacía que se le erizara el vello de la piel sobre la espina dorsal. Aquellos viejos clichés, ya casi de color sepia y ajados, la enfrentaban con la imagen de una pareja que, sonriendo, se abrazaba mientras, jugueteando entre sus piernas, una mocosa con trenzas les miraba de abajo arriba. Al ver aquel espectro de su propio pasado curvó la comisura de la boca en un rictus de amargura y arrojó lejos de sí aquellos retazos de un ayer que nunca deseaba evocar.

Fue, sí, una infancia triste, marcada por una pérdida. Su padre, agobiado por el tupido manto de la pena, refugiado en la labor de su despacho en la universidad, no había sido un consuelo. Más bien al contrario, ella había ido atesorando resentimiento en una escondida urna guardada en lo más profundo de sí misma. Parecía encontrar alivio echándole a él la culpa de su sensación de ausencia. Papá era un hombre con profundas convicciones religiosas, recordó. Y ello sólo contribuyó a aumentar su ira. O más bien el sabor de la hiel en su garganta.

Los cincuenta y tantos no eran precisamente agradables. Se sentía mayor y cansada. Las ojeras dibujaban oscuros círculos bajo unos ojos que ya no veían amor en la vida ni belleza en el mundo, que no eran capaces de atraer a los de aquella chiquilla a la que tanto había querido, o tal vez seguía queriendo, pero cuya línea de teléfono móvil ya no sonaba cuando ella la llamaba. Porque había conseguido, al alimón con su ex-marido, cerrar todas las puertas a la esperanza tras casi dos décadas de mentiras, de olvidos, de trabajo agotador de ambos, de desprecio por el detalle del uno con el otro, de no mirarse a la cara cuando los tres cenaban. Bueno, los tres no. Su pequeña les miraba de hito en hito, fijando sus pupilas ora en el ceño de su madre, ora en la fina línea de los labios crispados de su padre, y cada vez los veía más extraños entre sí.

Es curioso, reflexionó, que tanto él como yo hayamos conseguido sin proponérnoslo (o tal vez sí, a sabiendas) amargar también la vida de aquella que contribuímos a traer al mundo. Parece que mis años de niñez, como una mala pesadilla, vuelven una vez y otra. Quizá sea una condena, como la de Sísifo, empujando toda la eternidad una gran piedra cuesta arriba, que invariablemente volvía rodando abajo tras cada intento. Ahora que el viejo ya no está, pensó, me he quitado un gran problema de encima. Era ya un estorbo. Chocheaba, había que atenderlo en la silla de ruedas, acompañarlo al baño. Diez chicas inmigrantes tuve que contratar, y ninguna duró más de un mes. ¡Qué desperdicio de dinero…!, rezongó para sus adentros.

Diciembre, pues. Mi padre hubiera dicho que era la primera semana de Adviento. ¡Vaya cosa…! Todo el mundo preparándose para unas fiestas que nadie desea celebrar. Fiestas de nostalgias desagradables, de añoranzas de aquello que nunca ocurrió, o que nunca debió ocurrir. Puesto que váyase usted a saber donde anda mi hija, guardaré algo de dinero de la paga extra y me largaré a Varadero. Tal vez allí conozca a algún mulato con ganas de divertirse… Porque estoy harta, sí. Harta de haber destrozado, mano a mano con quienes me rodean, mi propia convivencia con ellos. No aguanto el bufete ni me aguantan los demás. Gano lo bastante, sí, pero ¿para qué? Bueno, para irme a buscar al mulato… Porque ¿qué hago aquí sola? Dichoso viejo, no se me va de la cabeza su terquedad y el bisbeo de sus rezos en la oscuridad de la noche.

Recuerdo con  claridad sus últimas palabras, la semana pasada, cuando entre los estertores que el respirador automático le permitía emitir, me dijo que acercara mi oído a su rostro y me susurró “No te equivoques, mi niña. Déja que Él entre en tí. Está a la puerta, te llama. Ábrele. Yo se la cerré contigo, y ahora… casi no me queda tiempo. Pero Él tiene paciencia, y sé que me ama. Ámalo tu también.” Después de eso, el acero de la fría máquina que los médicos le habían conectado pareció suspirar profundamente y su funcionamiento se detuvo de forma brusca. Bueno, pensé, todo ha terminado. Él descansa, sí, pero yo también. Sólo ha sido un problema, un gran problema. Ojalá hubiera aceptado la sedación terminal.

¡Y esas tonterías sobre Él y el amor, sobre la puerta…! ¿Quién cree hoy en día en ellas? ¿Tras las guerras y los asesinatos, entre noticias de violaciones y venganzas, cuando el amor no es más que una gastada palabreja sin sentido? ¿Qué hubo entre mi antigua pareja y yo salvo sexo, y demasiado poco, sólo al principio? ¿Qué ocurrió cuando él se aburrió de mi perfil bajo las sábanas y yo encontré más atractivo aquel mentón duro de mi compañero abogado que su mirada? Sólo fue cuestión de tiempo. No hay amor. No lo ha habido. No lo habrá. Mi hija nunca me ha amado, y yo a ella… yo… tampoco, creo. Quizá si, en sus primeros años. Por amor quise quitarle esos pájaros de la cabeza que su abuelo se empeñaba en inculcarle. “Cuatro angelitos tiene mi cama…”, le enseñó a recitar. ¡Vaya pamplina! ¿Dios? ¿Ángeles? ¿Qué Dios? ¿El que ha permitido que ella se aleje de mi? ¿El que me negó el pan y la sal en mi matrimonio? No existen los milagros. Son consejas de ancianas estúpidas, majaderías de curas y beatas. ¡Milagros…!

Una polvorienta caja de zapatos atrajo su atención, y, sin saber bien por qué, la abrió. En su interior, envuelta en un deslucido pliego de papel de seda, una pequeña forma, redondeada pero no demasiado definida, cautivó inmediatamente su mirada. Cualquiera sabe a santo de qué, pero dejó el resto de legajos, libretas y álbumes apulgarados y desenvolvió el objeto. Y su voz interior, esa que llevaba gruñendo toda la velada, cesó de hablar, calló en seco. Era una pequeña figurita, un tierno Niño Jesús, cuya pintura brillaba y aún parecía húmeda: el Niño del Belén del hogar donde se crió, que entonces aún llamaba “casa”. Al depositarlo en la palma de la mano lo hizo con sumo ciudado, como si temiera romperlo o quebrar su dulce sonrisa. Ahora lo recordaba bien. Y, cómo no, evocaba aquellas jubilosas mañanas invernales, el día de la lotería, en el comedor, con sus padres, montando el Nacimiento, escuchando la radio, donde los niños de San Ildefonso desgranaban una a una las ilusiones en forma de bolitas con números; y el olor del corcho mezclado con el de las ramas de ciprés; y el temblor de los patitos huecos de celuloide que él posaba suavemente en aquel lago hecho con una pequeña palangana, llena de agua del grifo, en cuyas orillas, diminutas, su madre ponía a secar simuladas prendas de encaje que parecían ropitas de recién nacido. Y la voz queda de ambos mientras ella les oía recitar las oraciones ante el Portal. Y la ilusión de ver como, cada día, los Reyes Magos se acercaban más al Pesebre, misteriosos y llenos de majestad, montados en sus camellos que estiraban su inmutable y estática zancada. Y le pareció oir la risa de su madre, de aquella madre que creyó no haber tenido y también creyó no poder ser para su hija.

Y en la palma de la mano, extrañamente tibia, la figurita del Redentor parecía moverse, como un neonato, haciendo mohínes, agitando los milimétricos deditos, estirando la pequeñas piernas. Y, por fin, toda la carga se le vino atrás. Rompió a llorar, como nunca recordaba haberlo hecho, abriendo la válvula y dejando desbordarse la catarata de su vida, mojando el escote de su cara -y secretamente detestada- blusa. Fue como si nunca hubiera podido tan siquiera concederse el privilegio de sentirse débil, humana, y de repente hubiera llegado a palpar su propio cuerpo, pellizcar su carne y comprobar que el dolor no es sólo cosa del espíritu. Un deseo irrefrenable se apoderó de ella: quería ir a una iglesia, la que fuera, le daba igual. Y ver la cara que aquel Niño iba a tener treinta años después, cuando la necedad de hombres y mujeres como ella le llevaran, calle de la Amargura abajo, arrastrando las heridas rodillas sobre los guijarros afilados, hasta tropezar con Simón, el de Cirene, que cogió sobre sus hombros el travesaño que acabaría siendo trono de majestad para Aquel que nos fue dado. Quería, en fin, comprobar si aquel Niño ya sabía qué le iba a suceder, si había previsto su dramático final. Comprobar también si en la carne de aquel Crucificado se veía la huella de sus propios dedos, el rastro de sus lágrimas, las llagas de su pena.

El soplo que sintió esta vez en la nuca fue cálido. La caricia que imaginó notar sobre su pelo y el perfume que soñó oler eran el de aquella, la silenciosa, la ausente madre. No podía parar de llorar, sollozando tan fuerte que casi no oía el teléfono, que llevaba un buen rato sonando en el interior de su bolso. Sería, pensó, la maldita oficina. ¡Qué hartura de soledad, de miedo, de falta de presencia! ¡Qué hambre de amor, que, en el fondo, tal vez sí existiera! Solo un asqueroso aparato, cuyo zumbido electrónico seguía sin detenerse. Lo cogeré, a ver si se calla de una vez. ¡Si existieran los milagros y tan sólo dejara de dar esos desagradables timbrazos…! Descolgó.

-Mamá… ¿Mamá? Soy yo. ¿Estás ahí…? ¿Me oyes…?

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Monta un Belén en tu corazón…

1 de diciembre de 2009

…Y deja que el Espíritu guíe tu mano, tus sentidos y tu inteligencia. Prepara un portal, un pequeño rincón calentito en el establo, porque una pareja viene y ella está a punto de dar a luz. Han sido rechazados en todas las posadas. No interesan: no salen en los programas del corazón ni en las noticias. Sólo son dos y Aquel que ha de llegar. Él la abraza con ternura, procurando que ella no sienta frío, el frío de las miradas que la traspasan, como algún día lo harán, con conmiseración, cuando su Hijo cuelgue de un madero. Ella recoge las manos sobre su vientre, donde el bebé salta de gozo al saber que viene a redimir a quienes lo ignoran, a hacer de la debilidad fuerza, a decir a quienes contaminan con su dinero la casa de su Padre que se vayan, a inclinarse ante los pies de quienes le siguen y lavárselos, para escribir con Su Sangre la página más maravillosa del gran misterio de la Salvación.

Ninguno de los dos es consciente que el que aguarda para ver por primera vez el cielo cuajado de estrellas en una mísera aldea de Oriente Medio podría, con una milmillonésima de movimiento en su dedo meñique, derribar aquellos muros de odio, de indiferencia, de concupiscencia, de egoismo e iniquidad. Y tampoco lo son de que Él y quien lo envía saben que nuestra libertad es nuestra esencia, el más maravilloso don que nos hicieron al crearnos, y que ni siquiera Ellos desean contradecirla, y quieren que sea el amor, su Amor, que se transmite como el fuego, como el calor de unas manos, con la fuerza del brillo de la Verdad, el que al fin nos redima y nos conduzca hacia Su seno.

El futuro Niño se sabe pastor, hombre abnegado, que es capaz de trepar riscos que se yerguen como almenas, de descender a las más profundas simas para rescatar a las más endeble de sus ovejas. Porque las quiere a todas: sí, a TODAS; sean viejas, torpes o deformes, rebeldes o sumisas. A todas por igual.

Ahora es tiempo de preparar las pajas del pesebre. No es mucho. No eres rico. Tal vez te espere en el garaje un todo terreno de cincuenta mil euros; quizá te pases el día trajinando en la oficina para conseguir ese puñado de papeles que crees que te darán la felicidad y se la darán a tus hijos, a tu esposa o a tu esposo, y te olvides de que ella, de que él, de que ellos sólo te quieren a tí; de que la mejor herencia que puedes darles no se mide con monedas (¿treinta, quizá, como la de aquel que fue capaz de vender lo que más admiraba con un beso?), sino con la sonda que penetra en lo más profundo del alma, transmitiéndoles tu fe. Porque la tienes ¿sabes? Dios te hizo con ella un regalo, el mayor que has recibido en toda tu vida. Pero pasa con ella como con la amistad: es una planta delicada, hay que regarla, cuidarla, alimentarla. ¿Qué tal si Melchor, Gaspar y Baltasar traen a tus pequeños una sonrisa tuya, un ejemplo de tu conducta, una palabra de ternura, un abrazo, un beso en la frente, un “mira este portal, tan pequeño y con espacio suficiente para que el ser más grande e inconcebible nazca allí”?

La vida, tu vida, la vida que bulle a tu alrededor es un deseo del Señor. Un simple deseo. Su inmensidad es tan inabarcable para nuestro pobre intelecto que somos incapaces de tan siquiera atisbar la magnitud de su obra, por mucho que nos esforcemos, por muchos telescopios que enviemos a orbitar al espacio, por potentes que sean las armas que diseñamos y -¡ay, dolor!- hacemos estallar, sintiéndonos más fuertes con lo que no pasa de ser una reacción física. No dejes que los árboles te impidan ver el bosque. Busca la Verdad, ama, como Él te ama. Contagia tu amor a quienes te rodean. Búscalo. Ábrele tus puertas, rompe las vendas que amordazan a tu corazón si has permitido que se momifique, que se haga de piedra. Hoy aún es temprano. Sus brazos siempre están abiertos para todos. Te espera. Nos espera.

Espéralo tú también.

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