También los creó Dios…

21 de enero de 2010

Como va siendo ya costumbre, y al igual que cada año, el domingo, 17 de enero de 2010, a las 12 de la mañana, la nave del templo de San Lázaro se llenó de animales de compañía, llevados por sus amos para que recibiesen la acostumbrada bendición de San Antonio Abad o “San Antón”.

Aunque no es un hecho muy conocido, por costumbre San Antón protagoniza la primera procesión del año en Málaga capital. La Hermandad de Nuestro Padre Jesús Nazareno del Paso, Nuestra Señora de los Dolores y San Antonio Abad, tiene su sede en el barrio de Churriana. El día 16 de enero, víspera de su festividad tiene lugar la procesión. La comitiva parte de la parroquia -consagrada en su honor- tras el pregón. La procesión recorre las calles del casco antiguo de Churriana, y en el transcurso del desfile se queman las tradicionales ‘ruedas giratorias’ de fuegos artificiales en cumplimiento de promesas. El 17 de enero, festividad del santo, la imagen del anacoreta está en besapiés durante todo el día. A las siete de la tarde se procede a la bendición de los animales y después da comienzo una solemne función religiosa. En los días previos se organizan fiestas populares en el barrio.

La tradición religiosa ha sido especialmente propensa a asignar a cada santo o advocación, cualidades especiales de patrocinio sobre grupos sociales, zonas, oficios, etcétera, y a considerar su protección contra los variados peligros que amenazan al ser humano. La figura de San Antonio Abad como patrón del ganado se deriva, probablemente, de su condición de santo protector contra la peste y, por ende, de los animales. Por este motivo es acompañado por un cerdo, especie sobre la que tenía singulares poderes curativos.

La iconografía de este santo anciano es muy variada y no se limita sólo a esta faceta intercesora. Entre los pasajes de su vida ermitaña sobresalen varias tentaciones que le atormentaron en el desierto, a semejanza de las sufridas por Cristo. Recordemos el óleo sobre lienzo pintado por Jeroen Anthoniszoon van Aken -llamado Hieronymus Bosch y apodado popularmente “El Bosco” en nuestro país (1450-1516)- que se conserva en el madrileño Museo Nacional del Prado de Madrid, titulado Las Tentaciones de san Antonio.

También en la escultura ha tenido mayor difusión su representación aislada como anacoreta –tras haber entregado su fortuna a los pobres-, provisto de cayado o bastón, portando un libro y siempre seguido por un puerco. Este hombre santo decía: “El que permanece en la soledad se libera de tres géneros de lucha: la del oído, la de la palabra y la de la vista. No le queda más que un solo combate: el del corazón”.

En otras épocas se le invocaba también para librar la peste de los animales, de ahí que se le represente con un cerdo a sus pies. Como en este caso, y como norma general no exenta de excepciones, los atributos de respetable tamaño, como un gorrino, son representados en tamaño reducido. Considerado como padre del movimiento monástico, es también Patriarca de los cenobitas de la Tebaida, cuya vida, contada por San Anastasio y San Jerónimo, se hizo popular en el siglo XIII por la Leyenda Dorada del dominico Jacobo de Vorágine, arzobispo de Génova.

Además de la ganadería, también se le rogaba por la salud de los animales de corral e incluso domésticos. Moriría más que centenario en el año 356. Igualmente suele aparecer vistiendo manto y capucha de monje y portando en una mano el báculo de abad. Sobre el hombro del manto suele llevar la cruz en forma de “Thau”, alusiva a su origen egipcio. Precisamente esta letra, la tau de San Antonio, se asimiló como un poderoso amuleto y fue considerada como un preservativo contra las enfermedades contagiosas y la muerte súbita. A San Onofre -otro anacoreta egipcio- se le representa con un bastón en forma de muleta como el de San Antón Abad (como también se conoce a nuestro santo).

San Antonio también suele figurar como un anciano con barba, leyendo un libro que, según el tratadista Pacheco yerno de Velázquez, significa “que sin estudiar supo la Escritura Sagrada”. El sevillano también insistía en que se le pintase “muy viejo, pues murio de 105 años”. El rosario que lleva colgando del cordón de la cintura sirve para mostrar su valor como talismán.

San Antonio Abad se ha convertido, además, en patrón de numerosas corporaciones: los cesteros, porque los solitarios de la Tebaida ocupaban su tiempo ocioso en trenzar cestos; los sepultureros, porque enterró a San Pablo Ermitaño -muerto a los 113 años de edad- en el desierto y al que ayudaron dos leones a excavar la fosa; los fabricantes de cepillos, porquerizos, vendedores de cerdos, carniceros, chacineros… por el cerdo, su atributo más popular; los campaneros, a causa de la esquila de esos animales. En algunos lugares también se erigió patrón de los curtidores, alfareros y arcabuceros.

En nuestra página de archivo, en el apartado dedicado a la crónica gráfica de 2010, hemos añadido un álbum con fotografías de la celebración litúrgica.

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La importancia de transmitir el mensaje

17 de enero de 2010

Decía San Agustín que “es mejor cojear por el camino que avanzar a grandes pasos fuera de él. Pues quien cojea en el camino, aunque avance poco, se acerca a la meta, mientras que quien va fuera de él, cuanto más corre, más se aleja“. A veces, la ruta que el Señor nos traza es complicada, y tendemos a perdernos, intentando encontrar la plenitud en lo inmediato, el amor en el sexo, la felicidad en el dinero.

Esto es más fácil cuanto menos contacto tenemos con Dios, cuanto más deseamos volver la espalda a su amor derramado sobre nuestras vidas. Y el mundo contemporáneo ayuda poco a disponer de tan siquiera un minuto para reflexionar, o de un oído amigo que te escuche, o de una mano que estreche la tuya y alivie la soledad que parece el más endémico de los males de nuestro tiempo.

El lunes, 18 de enero de 2010, a las 17:00, estamos convocados si deseamos colaborar, poner de nuestra parte en la transmisión eficaz del mensaje de Cristo -que nos ayuda a poder salir de las situaciones de desesperanza, egoísmo, autosuficiencia e insatisfacción- al entorno más cercano: nuestro bloque, nuestra calle, nuestros vecinos… La hja parroquial Caminos de esperanza necesita mensajeros, personas que colaboren en el buzoneo de la misma, casa por casa. Hacen falta pies, manos y boca.

Colabora con todos en esta hermosa y dura tarea. Tu trabajo también es necesario. No faltes.

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Semana de Oración por la Unidad de los Cristianos

17 de enero de 2010

El lema escogido por la Conferencia Episcopal Española este año para el Octavario por la Unidad de los Cristianos es “Dar testimonio de Cristo“. Nihil novum sub sole, pues se trata realmente de la auténtica misión que Dios nos encomienda a todos cuando somos acogidos en el seno de la Iglesia. Pero en no pocas ocasiones lo olvidamos. No dice “predicar”, ni “hacer propaganda”, sino “testimoniar”. Con nuestra propia vida, con nuestro ejemplo, con nuestra manera de relacionarnos con los demás.

La parroquia celebra dicho octavario desde el lunes, 18 hasta el lunes, 25 de enero de 2010, mediante oración comunitaria a las 18:30 horas, tras la primera misa de la tarde. Acude para orar al Padre ut unum sint (“para que todos seamos uno”).

Transcribimos, a modo de recordatorio, el comienzo del mensaje de la CEE para 2010:

El lema que este año orienta el Octavario de oración por la unidad de las Iglesias son las palabras del Resucitado a los discípulos: “Vosotros sois testigos de todas estas cosas” (Lc 24,48). Con ellas Jesús resucitado les recuerda que ya antes de padecer les había hablado de su misión y cómo el designio del Padre sobre él incluía su pasión y muerte, para dar así cumplimiento a cuanto estaba escrito de él “en la ley de Moisés, en los libros de los profetas y en los salmos” (Lc 24,44). El Resucitado recordaba que los discípulos habían de dar testimonio público de cómo, en verdad, había encontrado cumplimiento cuanto la Escritura hablaba de él. En consecuencia, debían proclamar la Buena Noticia del amor misericordioso de Dios por la humanidad, revelado en Jesús, fundamento de una esperanza nueva y cierta que abrió la historia humana al futuro de salvación, que aguarda a cuantos creen que Jesús murió y resucitó por nosotros.

Este mensaje que el mismo Resucitado encomendó a los discípulos es el mensaje de la Iglesia de ayer, de hoy y de todos los tiempos, la misma «Iglesia una y santa» que el Señor “entregó a Pedro (cf. Jn 21,17), para que la pastoreara; encargándole a él y a los demás Apóstoles que la extendieran y gobernaran (cf. Mt 28,18s), y la erigió como columna y fundamento de la verdad (1 Tim 3,15)”.

La Iglesia es apostólica porque no anuncia otro mensaje que el evangelio de la vida y la salvación predicado por los Apóstoles, para dar a conocer a Cristo a los hombres y mujeres de todas las latitudes, culturas y lenguas, a quienes les ha sido dado oír la predicación apostólica por medio de la Iglesia. Por su universalidad pudo ser llamada desde la Antigüedad cristiana «la Católica», implantada ampliamente en el mundo, pero cuya tarea sigue siendo dar a conocer a Cristo como revelador del Padre y redentor del mundo.

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Cuando todas las manos son pocas

17 de enero de 2010

La terrible tragedia de Haití ha conmovido al mundo. Un número muy elevado (y poco cuantificable, pese a que se han barajado cifras de centenares de miles entre muertos y desaparecidos) de personas han perdido vida, familia u hogar. Nos necesitan a todos. La caridad -que es amor y no socorro a mendicidad- nos llama a compartir con ellas en estos momentos de necesidad los bienes que Dios ha puesto en nuestras manos para que los administremos.

Las colectas de las celebraciones eucarísticas del fin de semana del 30 y el 31 de enero de 2010 serán canalizadas, a través de Cáritas, para el envío de fondos y socorro de diversos tipos a tan lejanas y asoladas tierras. Aunque podemos entregar cualquier cantidad de dinero a través de una entidad bancaria a alguna de las ONGs que existen, si lo hacemos mediante Cáritas tendremos la seguridad de que nuestra colaboración surtirá efecto y llegará a su destino en el menor plazo posible.

Su Santidad el Papa Benedicto XVI se ha expresado en términos muy claros al respecto de esta catástrofe con tan gravísimas consecuencias:

Llamo a la generosidad de todos a fin de que no se haga faltar a estos hermanos y hermanas que viven un momento de necesidad y de dolor, nuestra solidaridad concreta y el apoyo de la comunidad internacional. […] Invito a todos a unirse en oración ante el Señor por las víctimas de esta catástrofe y por aquellos que lloran su desaparición. […]También en nuestros días, viviendo en una sociedad en la que a menudo prevalece el tener sobre el ser, es tarea del buen cristiano ser sensible al ejemplo de pobreza y solidaridad que con decisiones valientes es propuesto por movimientos que parten del Evangelio y lo viven radicalmente por el prójimo.

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El altar tras la Navidad 2009

8 de enero de 2010

A veces no somos conscientes del papel que determinados feligreses (mujeres, en muchos casos) juegan en el mantenmiento del correcto funcionamiento de la parroquia. Forman un pequeño pero eficiente pelotón de personas dispuestas a entregar su tiempo y esfuerzo para que el templo y los locales parroquiales se presenten con la adecuada dignidad, limpieza, elegancia y adorno.

Con ello contribuyen de manera decisiva a que todos nos sintamos cómodos, un poco “en casa” cada vez que visitamos la sede de nuestra iglesia del barrio. De esta forma, esa “casa” pasa a serlo más aún de todos. Angelines y Milagros Pagés, Maruja León, María Teresa Garín, Carmen Marqués, Antonia Roca, Angelita Lomeña, Felisa Fernández, Mariquita y otras tantas silenciosas trabajadoras por el bien común de nuestro hogar parroquial, colaborando con Julio Castillo y con el propio padre Antonio Eloy, ayudan así a que podamos recogernos adecuadamente, en un ambiente de oración y silencio, y a que nuestra asistencia a las celebraciones sacramentales no se vea entorpecida por los inconvenientes derivados de un mal aseo o un equívoco exorno del altar mayor o la nave central.

Decía Juan Pablo II en su mensaje de noviembre de 2000 al Congreso Internacional del Laicado Católico lo siguiente:

La vocación y la misión de los fieles laicos sólo pueden comprenderse a la luz de una renovada conciencia de la Iglesia “como sacramento o signo e instrumento de la unión íntima con Dios y de la unidad de todo el género humano” (Lumen gentium, 1), y del deber personal de adherirse más firmemente a ella. La Iglesia es un misterio de comunión que tiene su origen en la vida de la santísima Trinidad. Es el cuerpo místico de Cristo. Es el pueblo de Dios que, unido por la misma fe, esperanza y caridad, camina en la historia hacia la definitiva patria celestial. Y nosotros, como bautizados, somos miembros vivos de este maravilloso y fascinante organismo, alimentado por los dones sacramentales, jerárquicos y carismáticos que son co-esenciales para él. Por eso, hoy es más necesario que nunca que los cristianos, iluminados y guiados por la fe, conozcan a la Iglesia tal como es, con toda su belleza y santidad, para sentirla y amarla como su propia madre. Para este fin, es importante despertar en todo el pueblo de Dios el verdadero sensus Ecclesiae, junto con la íntima conciencia de ser Iglesia, es decir, misterio de comunión.

Por eso hemos incluido, como primer álbum fotográfico de nuestra crónica gráfica de 2010 una colección de imágenes del Misterio y el altar mayor adornados durante la navidad de 2009. El rojo de los pascueros, la luz tenue de las velas y el blanco de los manteles litúrgicos y los encajes han presentado una magnífica estampa. No te lo pierdas en nuestra página de archivo.

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Una persona que, según nuestra legislación, podría morir…

7 de enero de 2010

La historia de este video es una de esas que no dejan indiferentes. Patrick Henry Hughes nació sin ojos y con una gravísima discapacidad física que le ha atado toda su vida a una silla de ruedas. Y, a la vez, vino al mundo con un talento excepcional para la música que le ha permitido tocar el piano con maestría desde los dos años de edad, así como haberse convertido en uno de los miembros de la “marching band” de la universidad (se puede apreciar lo que significa esto si se tiene en cuenta que la traducción sería “la banda que marcha“, es decir, que anda). Una historia de superación personal, de caridad bien entendida y de puro amor.

En el planeta ideal que un buen número de políticos tanto de derechas como de izquierdas (términos ambos que, en un alarde de inanidad, no han cambiado desde la Revolución Francesa y Hegel) se han forjado, a este muchacho había que abortarlo antes de nacer. No se hubiera tratrado de una IVE (para el que no lo sepa, Interrupción Voluntaria del Embarazo), sino de un AUTÉNTICO ASESINATO, una muerte vil, un verdadero crimen. Podría su madre haberlo ASESINADO, porque no cumplía los estándares de hermosura, juventud y adecuación a las normas estéticas de una estulta sociedad donde sólo se valora lo perecedero (¿habrá algo más caduco que la belleza?), porque su entorno socioeconómico la “agobiaba” o porque, con el trabajo que le obligaría a realizar si era alumbrado, no podría haber ejercido su profesión.

Pero no, ella (y él, su padre, que, pese a quien pese, también cuenta) optaron por hacer del muchacho, nacido con grandes malformaciones (ojos, piernas,…) que hacían de él un candidato a la “hoguera” de este anodino mundo en el que tanto tienes y tanto vales, un buen músico. El chico aprendió a tocar el piano, la trompeta y lo que se terciara. Por mucho que a algunos tontos les fastidie, Dios se manifiesta, de forma especialmente brillante, en algunas personas que, por sus capacidades, serían despreciadas por todos. Ahí reside el poder del Supremo Hacedor: en complacerse en la perfección de su obra aún en aquellos casos en los que la “norma” queda burlada.

Os dejamos el vídeo. Es de youtube. Podéis consultarlo cuantas veces queráis, y, si os hace falta (a pesar de que está en inglés, apenas necesita interpretación en español) os lo traducimos. Pensad, reflexionad, valorad si la “voluntad” de una persona vale la vida de otra. Si, para “salvaguardar” la libertad (o, más bien, supuesta libertad) de la mujer que aloja al niño en su seno vale la pena MATARLO, ASESINARLO, sin ningún paliativo, así de crudo, así de fuerte…

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Un hombre bueno

2 de enero de 2010

No era precisamente una habitación bonita. El camastro, apenas cuatro palos verticales con unas cinchas de cuero casi podridas de puro viejas. Aún recordaba cuando la construyó con sus propias manos. Él mismo escogió la madera; buscó un buen pino blanco, que en aquella zona crecían en abundancia, cuyo tronco se irguiera recto y que no tuviera demasiadas ramas bajas, evitando así los nudos. Su leña era muy resinosa, pero adecuadamente curada podía aguantar sin mayores problemas de carcoma o grietas durante mucho tiempo.

Sí, se acordaba perfectamente (bueno, casi) de aquella excelente pieza vegetal. De ella salieron aquel jergón y otros dos más, una mesa, cuatro taburetes y un arca pequeña. Ah, y aún dio para una media puerta, como se estilaban entonces, cuando en el pueblo todos se conocían, y dos cierros para los ventanucos. Las vigas de la casa fueron harina de otro costal. Empleó un sicómoro de grueso tronco que crecía por los alrededores. Resistente como él solo, aguantaba bien las capas de tierra y grava del tejado sin combarse, y una vez asentado sobre las zapatas de la solera (éstas también de pino) era capaz de soportar la hierba que crecía sobre el techo, la lluvia, escasa pero fuerte y muy destructiva, y los vientos del invierno. Y de hacerlo toda una vida…

…Toda, sí. Toda una vida a su lado. Más de cuarenta veces había visto llegar la primavera; realmente no recordaba cuántas, pero sí que con los dedos de ocho manos no llegaba a contarlas. Estaba cansado. Ni haciendo memoria podía traer a su mente imágenes de su niñez, salvo la de aquellas cabras que su padre le encomendó apacentar y las arrugas del rostro de su madre. Sin embargo jamás se había borrado de su retina la impresión que aquellos ojos, oscuros y profundos, le causaron la primera vez que los vio. Eran redondos, grandes para aquel rostro de niña. Se enamoró de ellos hasta lo más profundo de su ser. Ella se sonrojó -aún le pasaba, de vez en cuando- al devolverle la mirada, pero no tuvo empacho en lanzarle la más cautivadora sonrisa que él pudiera traer a mientes.

No pudo creer su suerte al desposarla. Él, un sencillo constructor, que apenas sabía lo justo en aquellas fechas sobre un oficio que comenzaba a dominar, y que a veces tenía dificultad para comprender aquellas sonoras palabras que el rabí recitaba en ciertas fechas del calendario. Incluso en la boda, pese a la belleza del rito (las siete bendiciones, la copa de vino compartida con ella, el palio…) tuvo algún problema con la quetuvá, las capitulaciones donde se estipulaban, entre otras cosas, las causas de divorcio y repudio.

¡Quién se lo iba a decir aquel hermoso día de sol, cuando la besó suavemente ante la vista de sus vecinos y le colocó el anillo en su mano! Sólo unos meses más tarde su corazón se desgarraba cuando tomó la decisión de separarse de ella para evitar el escándalo. No enfermó de celos: sólo tuvo pena, lástima por sí mismo. Se vio engañado, preterido, como si algún taimado ladrón le hubiese arrebatado la bolsa con tres ó cuatro monedas que en ocasiones, cuando se acercaba al mercado de la ciudad, llevaba consigo.

Un acceso de tos le hizo lagrimear, y bien le vino, pues algo en su interior lloraba al recordar aquel sentimiento. La noche que decidió fuera la última a su lado se acostó revinando cómo se lo iba a decir a su suegra. Tampoco quería que ella quedara desamparada. Prefería abandonarlo todo y marcharse lejos, pasar él por el malo, por el desertor, por el traidor. Cualquier cosa antres de que la maledicencia hiriera de foma irreparable aquella alma pura, que ni siquiera tras el rito nupcial él se atrevió a profanar. En realidad, siguiendo la antigua costumbre, él esperaba la primera menstruación para tan siquiera tocarla. Jamás llegaron a dormir tras la misma cortina, en aquella casa de estancia única, en aquellas cuatro paredes que él se esforzó en levantar en el único sitio disponible, a las afueras del lugar.

Mostrando gesto exhausto giró la cabeza hacia el tragaluz por donde se vislumbraba el chamizo de su taller. Allí decidió dormir aquella última vez. Con aire adusto le notificó a ella que así lo haría por causa del trabajo acumulado, y ella aceptó su decisión bajando la frente y dejando que su mirar se humedeciera a causa de un doloroso presagio. Cuando ya había oscurecido del todo, él se acurrucó en un rincón sobre las virutas que celosamente conservaba para el fuego y el relleno de las cobijas, y un pesado sopor, como si hubiera abusado del vino, se apoderó de su nublado cerebro.

Nunca pudo saber quién era aquel individuo luminoso que en el sueño le amonestó, pero sí fue consciente al despertar con el canto del gallo de que su determinación se había quebrantado porque la voz de aquel personaje, casi transparente de blanco que se exhibía, no podía ser desobedecida. Aceptaría al niño que ella llevaba en su entraña como si suyo fuera. Pero tampoco acertaba a explicarse cómo o cuándo había podido suceder tal prodigio. Ella no tenía los ademanes ni las frases de la mujer que ha cohabitado con un varón. Es más, seguía pareciendo una niña. Decidió, pues, no plantearse más preguntas que por adelantado sabía que no podrán jamás obtener respuesta, y casi adoptarla a ella también, cuidarla como se haría con una hija, protegerla ante cualquier eventualidad, alimentarla y respetarla. Además, aquella voz… Estaba claro que Dios tenía oscuros y complicados designios que él no era capaz de descifrar, y no se amargaba por ello.

Mientras su pecho subía y bajaba con dificultad -el frío del pasado enero había podido con sus pulmones, ya resentidos por el polvo de la garlopa, la lima, el taladro y el yeso- tembló su mano al llevársela a los labios. Unos dedos solícitos apartaron con extremada dulzura los suyos de la agrietada boca, inclinaron hacia adelante su nuca y le arrimaron un cuenco con agua fresca que él sorbió con fruición. Precisamente ese frescor le ayudó a evocar la ira que de él se apoderó cuando la tiranía de aquellos usurpadores, de aquel ejército invasor, que quiso imponer sus leyes a unas gentes cuya historia ya entonces se contaba por milenios, le obligó a volver a su aldea para anotar allí su nombre y el de su esposa. Ella, que había pasado junto a él más de ochenta días visitando a una parienta por quien sentía especial afecto, ya no podía ocultar su embarazo de ninguna manera. El vientre abultado, curiosamente, aún acentuaba su aspecto infantil, y parecía una criatura jugando a ser mayor. Tal vez fuera su juventud, pero no padeció náuseas, y su andar no se resintió: sólo se irguió un poco, echando hacia adelante la espalda para soportar mejor el peso añadido. Su pecho si creció, preparándose para alimentar a aquél que se rebullía en su interior cuando se agachaba a coger un cántaro o cuando extendía la ropa sobre las piedras para secarla al sol.

Sin más equipaje que un par de talegos, una larga vara para mejorar el apoyo y unas sandalias (hasta cuatro pares para los dos tuvo que confeccionar por el camino) ambos emprendieron la ruta hacia aquellas diez o doce casas que conformaban el villorrio donde antaño los padres de él criaron a sus seis hijos, el más joven de los cuales, él mismo, al final marchó al norte a buscarse la vida. Algún dinerillo en el bolso y unos pocos víveres resistentes hicieron algo más llevaderas las veinte jornadas por aquellos polvorientos senderos. Llovió una vez, y tuvieron que refugiarse en una hendidura al pie de una colina. El barro no ayudó precisamente a caminar a aquella pobre chica, tan gruesa ya, que, sin embargo, ni una sola vez expresó una queja. En realidad, cada nuevo día parecía añadir una pincelada de vitalidad al hermoso cuadro de su rostro.

Cerró los ojos para mejor revivir aquel recuerdo. La noche, cerrada y calurosa, aunque con muchas estrellas en un cielo negro y sin luna. La negativa de Jacob, el viejo tabernero que alquilaba a los viandantes un tugurio anexo al local para que pudieran pernoctar, a que se alojara allí “aquella”. Porque en realidad sí tenía disponibilidad para dejarles dormir en su propiedad, pero simplemente no quiso problemas con los otros huéspedes, entre los que se contaban los diez soldados de la centuria que en el poblacho acampaba. También, como en medio de una espesa niebla, llegó a entrever su desesperada búsqueda de tan siquiera un tejadillo bajo el cual ella, ya pálida y sudorosa por las contracciones, cada vez más frecuentes, pudiera sentarse y dar a luz en paz. Ni que decir tiene que la partera no trabajaba gratis, y a él ya no le quedaba nada en la pequeña faltriquera que colgaba ahora inútil de su cinturon. Pero el olor a heno y a cuadra fue una revelación. En aquellos sitios, al menos, habría algo de paja, estarían a cubierto y el que llegaba dispondría de algo de calor, pues más avanzada la hora se dejaba sentir el relente.

Fue entonces, cuando, venciendo su repugnancia por la sangre y los fluidos derramados, se remangó y cogió en sus brazos a aquel bebé, cubierto de aguas y aún unido a su madre por el cordón umbilical, que se apresuró a cortar con el pequeño cuchillo que hacía las veces de cubierto para el viaje. Fue entonces, sí, pensó, al tomar aquella piel húmeda contacto con la suya cuando, como una descarga del rayo, algo recorrió su cuerpo de la coronilla a los pies. Y todo, de repente, cobró sentido. Entendió, como si por sus poros penetrara un embriagador licor, que aquel ser de su duermevela, varios meses atrás, le dijo la verdad. Supo al instante que aquel recien nacido no era hijo suyo, sino de todos, del primer al último hombre. Supo también que él únicamente sería el adiestrador de su paso por el mundo, que sólo le instruiría en el oficio de la supervivencia, porque algo en aquella criatura era mucho más grande de lo que él podía imaginar siquiera. Y su aliento, ante aquella niña que, con las piernas separadas, dolorida pero inmensamente feliz, abría los brazos y descubría el seno para acunar a su hijo y darle de mamar por vez primera, se paralizó de ternura, que ya jamás le abandonaría.

Sólo fueron unos días, pero difíciles. Cuando, envuelto el niño con las mantas que la pareja llevaba para hacer de cama en el trayecto, aparecieron aquellos hombres y cayeron de hinojos a la entrada del establo -alguno incuso lloró-, él no supo qué decir. Y menos aún cuando, una semana más tarde, tres personajes hicieron acto de presencia. La dureza del corazón del tabernero no había mejorado, y seguían vivaqueando junto a los rucios y las ovejas, pero ellos actuaron como si estuvieran en presencia del más importante rey que jamás se concibiera. Extraños fueron sus regalos, y más aún sus advertencias acerca de la perfidia de un gobernante de quien él nunca había oído hablar. Pero no tardó más que unas horas en liar petate y salir en dirección al desierto situado al suroeste cuando, a través de un lejano familiar que aún vivía en la zona, tuvo conocimiento de la pavorosa decisión de diezmar a los neonatos.

La fiebre latió más fuerte en sus sienes, y se agitó su respiración (y, con ella, se extremó la solicitud de las manos que amorosamente le acariciaban) al evocar el tremendo desconsuelo de ella y él mismo al percatarse de la ausencia del chaval en la caravana con la que volvían desde la capital a su pueblo, aquella vez que fueron a cumplir los preceptos de una exigente y rígida liturgia. Y el asombro al verlo, sentado entre aquellos viejos de largas barbas blancas, hablando como si llevara años haciéndolo de arcanas escrituras y remotas profecías. Y el estupor cuando el chico dejó claramente establecido quién era su padre. Sin embargo, siempre fue obediente, y él lo vio crecer y fortalecerse, haciéndose varón con rapidez, estirándose, aprendiendo el mismo oficio que él ejercía.

Además de las yemas que suavemente se deslizaron por sus ásperas mejillas y se enredaron con los rizos que en ellas crecían creyó escuchar unos susurros que al oído le musitaban quedamente palabras de cariño y de amor: “esposo mío, amor mío…” La tibieza de aquella voz, tan familiar que creía haberla oído desde la cuna contrastaba con la que, con una claridad y una nitidez sorprendentes, sintió como música en su pecho. “Abba, porque así siempre te llamé, y como a tal respeté. Abba, ve con Dios. Prosigue el camino que un día emprendiste”. La callosa mano de aquel a quien trató como hijo sabiendo que procedía de donde todo tiene su origen, se deslizó con suavidad sobre sus ya ralos cabellos, y una paz como nunca antes había podido tan siquiera vislumbrar fue apoderándose poco a poco de sus venas, mezclándose con su carne, invadiendo su ser completamente.

Tengo sueño, pensó. Tal vez duerma ahora…

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