Expectación del parto

18 de diciembre de 2010

El sábado, 18 de diciembre de 2010, día de Nuestra Señora de la O (y de la Esperanza), día también de la Expectación del Parto, copiamos literalmente un mensaje de un buen amigo, muy bonito por su contenido, que va acompañado de un grupo de dibujos de Pachi perfectamente apropiados.

¡¡¡BUENA NOTICIA!!!

¿LO HAS LEÍDO EN EL PERIÓDICO DE HOY? ¡NUESTRA AMIGA MARÍA VA A TENER UN NIÑO! SE VA A LLAMAR JESÚS. HASTA EN LAS NOTICIAS SALE. ¡QUÉ ALEGRÍA!

EL EMBARAZO VA BIEN, CON LOS TÍPICOS DOLORES. LOS EXPERTOS DICEN QUE VA A SER ALGUIEN GRANDE, AUNQUE YA SABEMOS QUE VA A NACER EN UN PUEBLO DE LOS MÁS POBRES Y EN UNA FAMILIA HUMILDE: JOSÉ SIGUE CON SUS TRABAJILLOS DE CARPINTERO, LO QUE LE VA SALIENDO. COMO ES MUY BUENA GENTE, SIGUE CON UNA BUENA CLIENTELA, GRACIAS A DIOS, COMO ÉL DICE.

YA LE HA HECHO LA CUNA, CON LA AYUDA DE DIOS, AL QUE BENDICE Y DEL QUE SE SIENTE BENDECIDO. MARÍA ESTÁ MUY ALEGRE, DICE QUE DIOS HA HECHO MARAVILLAS EN ELLA, ES MUY CREYENTE, YA SABES. HE HABLADO CON ELLA HACE UN RATO Y ME HA DICHO QUE TE DIGA QUE ESTÁS INVITADO CON TU FAMILIA Y AMIGOS A UNA FIESTA ESTE SÁBADO QUE VIENE 25. ES CUANDO EL MÉDICO LE HA ASEGURADO QUE DARÁ A LUZ, Y ESTÁ ORGANIZANDO UNA BUENA FIESTA, SENCILLA COMO ELLA, Y PARA SUS MÁS ALLEGADOS. CUENTA CONTIGO.

TE MANDO ALGUNOS DIBUJOS QUE HA HECHO MI AMIGO PACHI, QUE COMPARTE ESTA ALEGRÍA. ES SOBRE LO QUE COMPARTIMOS Y CREEMOS. ESPERO QUE TE GUSTEN.

NOS VEMOS EN LA FIESTA.

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Un buen artículo

19 de septiembre de 2010

Por su interés y calidad de redacción deseamos reproducir aquí un artículo de la página “Religión en Libertad“. Su autor, Guillermo Ubizu, es colaborador habitual del citado medio. Nos ha gustado porque habla de algo que ocasiones muchos de nosotros (¡sálvese quien pueda…!) sentimos: la insuficiente “calidad” de nuestra actitud ante el Sacramento de la Reconciliación. Quien lo desee puede consultar el artículo original pulsando aquí.

Si es que siempre me confieso de lo mismo
 
 

 

Pues claro. Tampoco te creas tan original. ¿Y de qé te vas a confesar? Pues de esos pecados que tanto frecuentas por falta de fe y de lucha, por falta de amor y de confianza en Dios. No te acabas de creer que con Él puedes. Que no eres sólo tú. Y te acostumbras. “Soy así”, “no tengo remedio”, “es mi forma de ser (o de no ser)”, “nadie es perfecto”, “somos humanos”, etc. Pero ¡qué empeño el tuyo en pensar que no pasa nada a la hora de tantear la tentación! Ya lo creo que la tanteas, fiado de una supuesta experiencia o de tu fortaleza interior. Como si fuera un juego. Y caes. Estaba cantado. ¿Cómo no vas a caer si apenas rezas y buscas compensaciones y te justificas de mil estrafalarias maneras? Lo que tú crees vida interior apenas son unas avemarías o la apresurada misa del domingo o la bendición de la mesa. O puede que algo más, no lo niego. Es evidente tu falta de decisión, y la soberbia, y la pereza. ¿De verdad quieres ser santo? ¿O lo ves sólo como algo bonito, sí, y muy entrañable, pero al fin y al cabo lejano y demasiado incómodo o exigente?

 
 

Te cansas de caer, de ser tan repetitivo en tus pecados. Sientes vergüenza (a buenas horas). Más por ti que por amor a Dios. No, si malo no eres, pero te quedas en neutro, en apático. A medio camino de todo y de nada. Tibio no pocas veces. Es como si te diera igual. Que ya sé que no, que tu corazón quiere ser de Dios e ir al Cielo y tal. Bueno, ¿y para cuándo lo dejas? Pecar siempre vas a pecar, pero no vendría mal un poco de puesta a punto espiritual (para eso está la dirección espiritual, que orienta y exige), y dejar de engañarte de una vez con las medianías que sueles. ¡Cuánta compasión te tienes! Se trata de tomarte en serio a Dios, es decir, tu fe. Y el secreto de todo ello está en el amor, y el secreto del amor es la voluntad. El momento, la ocasión, el instante de decidirse. Hoy, ahora. Ya, por fin. Católico coherente, católico de frente. Confesándote con dolor y enmienda de lo mismo. Pues de lo mismo. Y con el mismo cura, si es posible. Esto es importante. Por aquello de ir a la raíz y al matiz, de sacar mayor fruto a la gracia del sacramento, de no conformarte. Sin buscar a otros sacerdotes comodines, no vaya a pensar el otro -cavilas-, el tuyo, que eres un desastre, un animal, un reincidente sin remedio o un solemne idiota.

 
 

Dios no se acostumbra a perdonarte. Te busca, te quiere. Le urge estar contigo (¿te urge a ti estar con Él?). Hay que ir rápido a confesarse. Raudo. A limpiar los ojos y el alma. A volver a empezar. Con más ímpetu en la piedad y en el testimonio de tu vida. Postrándote, de rodillas. Solo no puedes. Ni hablar. Es Dios el que te saca adelante, el que posa de nuevo en ti Su misericordia y logra que de cuando en cuando saborees la felicidad. Recuerda: “Jesús, mirándolo, lo amo”. Pues eso. Y eso es la confesión. Confesarse siempre de lo mismo es querer volver a Su mirada, es no conformarse con mentiras y tristezas lánguidas. ¿Te confiesas de lo mismo? Vale, bien, Satanás apunta siempre a tus puntos más débiles o desguarnecidos: a ese carácter que oscila o a ese corazón que se envilece. Confesarse es un acto de amor tan enorme que puede que perdamos de cuando en cuando conciencia de su magnitud eterna. Confesarse -si es de lo mismo pues de lo mismo y las veces que haga falta-, confesarse te digo es desear la santidad como único destino. Es confiar en Dios y desconfiar de todo aquello que nos aleje de Él.

 
 

Pues claro. Tampoco te creas tan original. ¿Y de qé te vas a confesar? Pues de esos pecados que tanto frecuentas por falta de fe y de lucha, por falta de amor y de confianza en Dios. No te acabas de creer que con Él puedes. Que no eres sólo tú. Y te acostumbras. “Soy así”, “no tengo remedio”, “es mi forma de ser (o de no ser)”, “nadie es perfecto”, “somos humanos”, etc. Pero ¡qué empeño el tuyo en pensar que no pasa nada a la hora de tantear la tentación! Ya lo creo que la tanteas, fiado de una supuesta experiencia o de tu fortaleza interior. Como si fuera un juego. Y caes. Estaba cantado. ¿Cómo no vas a caer si apenas rezas y buscas compensaciones y te justificas de mil estrafalarias maneras? Lo que tú crees vida interior apenas son unas avemarías o la apresurada misa del domingo o la bendición de la mesa. O puede que algo más, no lo niego. Es evidente tu falta de decisión, y la soberbia, y la pereza. ¿De verdad quieres ser santo? ¿O lo ves sólo como algo bonito, sí, y muy entrañable, pero al fin y al cabo lejano y demasiado incómodo o exigente?

 
 

Te cansas de caer, de ser tan repetitivo en tus pecados. Sientes vergüenza (a buenas horas). Más por ti que por amor a Dios. No, si malo no eres, pero te quedas en neutro, en apático. A medio camino de todo y de nada. Tibio no pocas veces. Es como si te diera igual. Que ya sé que no, que tu corazón quiere ser de Dios e ir al Cielo y tal. Bueno, ¿y para cuándo lo dejas? Pecar siempre vas a pecar, pero no vendría mal un poco de puesta a punto espiritual (para eso está la dirección espiritual, que orienta y exige), y dejar de engañarte de una vez con las medianías que sueles. ¡Cuánta compasión te tienes! Se trata de tomarte en serio a Dios, es decir, tu fe. Y el secreto de todo ello está en el amor, y el secreto del amor es la voluntad. El momento, la ocasión, el instante de decidirse. Hoy, ahora. Ya, por fin. Católico coherente, católico de frente. Confesándote con dolor y enmienda de lo mismo. Pues de lo mismo. Y con el mismo cura, si es posible. Esto es importante. Por aquello de ir a la raíz y al matiz, de sacar mayor fruto a la gracia del sacramento, de no conformarte. Sin buscar a otros sacerdotes comodines, no vaya a pensar el otro -cavilas-, el tuyo, que eres un desastre, un animal, un reincidente sin remedio o un solemne idiota.

 
 

Dios no se acostumbra a perdonarte. Te busca, te quiere. Le urge estar contigo (¿te urge a ti estar con Él?). Hay que ir rápido a confesarse. Raudo. A limpiar los ojos y el alma. A volver a empezar. Con más ímpetu en la piedad y en el testimonio de tu vida. Postrándote, de rodillas. Solo no puedes. Ni hablar. Es Dios el que te saca adelante, el que posa de nuevo en ti Su misericordia y logra que de cuando en cuando saborees la felicidad. Recuerda: “Jesús, mirándolo, lo amo”. Pues eso. Y eso es la confesión. Confesarse siempre de lo mismo es querer volver a Su mirada, es no conformarse con mentiras y tristezas lánguidas. ¿Te confiesas de lo mismo? Vale, bien, Satanás apunta siempre a tus puntos más débiles o desguarnecidos: a ese carácter que oscila o a ese corazón que se envilece. Confesarse es un acto de amor tan enorme que puede que perdamos de cuando en cuando conciencia de su magnitud eterna. Confesarse -si es de lo mismo pues de lo mismo y las veces que haga falta-, confesarse te digo es desear la santidad como único destino. Es confiar en Dios y desconfiar de todo aquello que nos aleje de Él.

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Un hombre bueno

2 de enero de 2010

No era precisamente una habitación bonita. El camastro, apenas cuatro palos verticales con unas cinchas de cuero casi podridas de puro viejas. Aún recordaba cuando la construyó con sus propias manos. Él mismo escogió la madera; buscó un buen pino blanco, que en aquella zona crecían en abundancia, cuyo tronco se irguiera recto y que no tuviera demasiadas ramas bajas, evitando así los nudos. Su leña era muy resinosa, pero adecuadamente curada podía aguantar sin mayores problemas de carcoma o grietas durante mucho tiempo.

Sí, se acordaba perfectamente (bueno, casi) de aquella excelente pieza vegetal. De ella salieron aquel jergón y otros dos más, una mesa, cuatro taburetes y un arca pequeña. Ah, y aún dio para una media puerta, como se estilaban entonces, cuando en el pueblo todos se conocían, y dos cierros para los ventanucos. Las vigas de la casa fueron harina de otro costal. Empleó un sicómoro de grueso tronco que crecía por los alrededores. Resistente como él solo, aguantaba bien las capas de tierra y grava del tejado sin combarse, y una vez asentado sobre las zapatas de la solera (éstas también de pino) era capaz de soportar la hierba que crecía sobre el techo, la lluvia, escasa pero fuerte y muy destructiva, y los vientos del invierno. Y de hacerlo toda una vida…

…Toda, sí. Toda una vida a su lado. Más de cuarenta veces había visto llegar la primavera; realmente no recordaba cuántas, pero sí que con los dedos de ocho manos no llegaba a contarlas. Estaba cansado. Ni haciendo memoria podía traer a su mente imágenes de su niñez, salvo la de aquellas cabras que su padre le encomendó apacentar y las arrugas del rostro de su madre. Sin embargo jamás se había borrado de su retina la impresión que aquellos ojos, oscuros y profundos, le causaron la primera vez que los vio. Eran redondos, grandes para aquel rostro de niña. Se enamoró de ellos hasta lo más profundo de su ser. Ella se sonrojó -aún le pasaba, de vez en cuando- al devolverle la mirada, pero no tuvo empacho en lanzarle la más cautivadora sonrisa que él pudiera traer a mientes.

No pudo creer su suerte al desposarla. Él, un sencillo constructor, que apenas sabía lo justo en aquellas fechas sobre un oficio que comenzaba a dominar, y que a veces tenía dificultad para comprender aquellas sonoras palabras que el rabí recitaba en ciertas fechas del calendario. Incluso en la boda, pese a la belleza del rito (las siete bendiciones, la copa de vino compartida con ella, el palio…) tuvo algún problema con la quetuvá, las capitulaciones donde se estipulaban, entre otras cosas, las causas de divorcio y repudio.

¡Quién se lo iba a decir aquel hermoso día de sol, cuando la besó suavemente ante la vista de sus vecinos y le colocó el anillo en su mano! Sólo unos meses más tarde su corazón se desgarraba cuando tomó la decisión de separarse de ella para evitar el escándalo. No enfermó de celos: sólo tuvo pena, lástima por sí mismo. Se vio engañado, preterido, como si algún taimado ladrón le hubiese arrebatado la bolsa con tres ó cuatro monedas que en ocasiones, cuando se acercaba al mercado de la ciudad, llevaba consigo.

Un acceso de tos le hizo lagrimear, y bien le vino, pues algo en su interior lloraba al recordar aquel sentimiento. La noche que decidió fuera la última a su lado se acostó revinando cómo se lo iba a decir a su suegra. Tampoco quería que ella quedara desamparada. Prefería abandonarlo todo y marcharse lejos, pasar él por el malo, por el desertor, por el traidor. Cualquier cosa antres de que la maledicencia hiriera de foma irreparable aquella alma pura, que ni siquiera tras el rito nupcial él se atrevió a profanar. En realidad, siguiendo la antigua costumbre, él esperaba la primera menstruación para tan siquiera tocarla. Jamás llegaron a dormir tras la misma cortina, en aquella casa de estancia única, en aquellas cuatro paredes que él se esforzó en levantar en el único sitio disponible, a las afueras del lugar.

Mostrando gesto exhausto giró la cabeza hacia el tragaluz por donde se vislumbraba el chamizo de su taller. Allí decidió dormir aquella última vez. Con aire adusto le notificó a ella que así lo haría por causa del trabajo acumulado, y ella aceptó su decisión bajando la frente y dejando que su mirar se humedeciera a causa de un doloroso presagio. Cuando ya había oscurecido del todo, él se acurrucó en un rincón sobre las virutas que celosamente conservaba para el fuego y el relleno de las cobijas, y un pesado sopor, como si hubiera abusado del vino, se apoderó de su nublado cerebro.

Nunca pudo saber quién era aquel individuo luminoso que en el sueño le amonestó, pero sí fue consciente al despertar con el canto del gallo de que su determinación se había quebrantado porque la voz de aquel personaje, casi transparente de blanco que se exhibía, no podía ser desobedecida. Aceptaría al niño que ella llevaba en su entraña como si suyo fuera. Pero tampoco acertaba a explicarse cómo o cuándo había podido suceder tal prodigio. Ella no tenía los ademanes ni las frases de la mujer que ha cohabitado con un varón. Es más, seguía pareciendo una niña. Decidió, pues, no plantearse más preguntas que por adelantado sabía que no podrán jamás obtener respuesta, y casi adoptarla a ella también, cuidarla como se haría con una hija, protegerla ante cualquier eventualidad, alimentarla y respetarla. Además, aquella voz… Estaba claro que Dios tenía oscuros y complicados designios que él no era capaz de descifrar, y no se amargaba por ello.

Mientras su pecho subía y bajaba con dificultad -el frío del pasado enero había podido con sus pulmones, ya resentidos por el polvo de la garlopa, la lima, el taladro y el yeso- tembló su mano al llevársela a los labios. Unos dedos solícitos apartaron con extremada dulzura los suyos de la agrietada boca, inclinaron hacia adelante su nuca y le arrimaron un cuenco con agua fresca que él sorbió con fruición. Precisamente ese frescor le ayudó a evocar la ira que de él se apoderó cuando la tiranía de aquellos usurpadores, de aquel ejército invasor, que quiso imponer sus leyes a unas gentes cuya historia ya entonces se contaba por milenios, le obligó a volver a su aldea para anotar allí su nombre y el de su esposa. Ella, que había pasado junto a él más de ochenta días visitando a una parienta por quien sentía especial afecto, ya no podía ocultar su embarazo de ninguna manera. El vientre abultado, curiosamente, aún acentuaba su aspecto infantil, y parecía una criatura jugando a ser mayor. Tal vez fuera su juventud, pero no padeció náuseas, y su andar no se resintió: sólo se irguió un poco, echando hacia adelante la espalda para soportar mejor el peso añadido. Su pecho si creció, preparándose para alimentar a aquél que se rebullía en su interior cuando se agachaba a coger un cántaro o cuando extendía la ropa sobre las piedras para secarla al sol.

Sin más equipaje que un par de talegos, una larga vara para mejorar el apoyo y unas sandalias (hasta cuatro pares para los dos tuvo que confeccionar por el camino) ambos emprendieron la ruta hacia aquellas diez o doce casas que conformaban el villorrio donde antaño los padres de él criaron a sus seis hijos, el más joven de los cuales, él mismo, al final marchó al norte a buscarse la vida. Algún dinerillo en el bolso y unos pocos víveres resistentes hicieron algo más llevaderas las veinte jornadas por aquellos polvorientos senderos. Llovió una vez, y tuvieron que refugiarse en una hendidura al pie de una colina. El barro no ayudó precisamente a caminar a aquella pobre chica, tan gruesa ya, que, sin embargo, ni una sola vez expresó una queja. En realidad, cada nuevo día parecía añadir una pincelada de vitalidad al hermoso cuadro de su rostro.

Cerró los ojos para mejor revivir aquel recuerdo. La noche, cerrada y calurosa, aunque con muchas estrellas en un cielo negro y sin luna. La negativa de Jacob, el viejo tabernero que alquilaba a los viandantes un tugurio anexo al local para que pudieran pernoctar, a que se alojara allí “aquella”. Porque en realidad sí tenía disponibilidad para dejarles dormir en su propiedad, pero simplemente no quiso problemas con los otros huéspedes, entre los que se contaban los diez soldados de la centuria que en el poblacho acampaba. También, como en medio de una espesa niebla, llegó a entrever su desesperada búsqueda de tan siquiera un tejadillo bajo el cual ella, ya pálida y sudorosa por las contracciones, cada vez más frecuentes, pudiera sentarse y dar a luz en paz. Ni que decir tiene que la partera no trabajaba gratis, y a él ya no le quedaba nada en la pequeña faltriquera que colgaba ahora inútil de su cinturon. Pero el olor a heno y a cuadra fue una revelación. En aquellos sitios, al menos, habría algo de paja, estarían a cubierto y el que llegaba dispondría de algo de calor, pues más avanzada la hora se dejaba sentir el relente.

Fue entonces, cuando, venciendo su repugnancia por la sangre y los fluidos derramados, se remangó y cogió en sus brazos a aquel bebé, cubierto de aguas y aún unido a su madre por el cordón umbilical, que se apresuró a cortar con el pequeño cuchillo que hacía las veces de cubierto para el viaje. Fue entonces, sí, pensó, al tomar aquella piel húmeda contacto con la suya cuando, como una descarga del rayo, algo recorrió su cuerpo de la coronilla a los pies. Y todo, de repente, cobró sentido. Entendió, como si por sus poros penetrara un embriagador licor, que aquel ser de su duermevela, varios meses atrás, le dijo la verdad. Supo al instante que aquel recien nacido no era hijo suyo, sino de todos, del primer al último hombre. Supo también que él únicamente sería el adiestrador de su paso por el mundo, que sólo le instruiría en el oficio de la supervivencia, porque algo en aquella criatura era mucho más grande de lo que él podía imaginar siquiera. Y su aliento, ante aquella niña que, con las piernas separadas, dolorida pero inmensamente feliz, abría los brazos y descubría el seno para acunar a su hijo y darle de mamar por vez primera, se paralizó de ternura, que ya jamás le abandonaría.

Sólo fueron unos días, pero difíciles. Cuando, envuelto el niño con las mantas que la pareja llevaba para hacer de cama en el trayecto, aparecieron aquellos hombres y cayeron de hinojos a la entrada del establo -alguno incuso lloró-, él no supo qué decir. Y menos aún cuando, una semana más tarde, tres personajes hicieron acto de presencia. La dureza del corazón del tabernero no había mejorado, y seguían vivaqueando junto a los rucios y las ovejas, pero ellos actuaron como si estuvieran en presencia del más importante rey que jamás se concibiera. Extraños fueron sus regalos, y más aún sus advertencias acerca de la perfidia de un gobernante de quien él nunca había oído hablar. Pero no tardó más que unas horas en liar petate y salir en dirección al desierto situado al suroeste cuando, a través de un lejano familiar que aún vivía en la zona, tuvo conocimiento de la pavorosa decisión de diezmar a los neonatos.

La fiebre latió más fuerte en sus sienes, y se agitó su respiración (y, con ella, se extremó la solicitud de las manos que amorosamente le acariciaban) al evocar el tremendo desconsuelo de ella y él mismo al percatarse de la ausencia del chaval en la caravana con la que volvían desde la capital a su pueblo, aquella vez que fueron a cumplir los preceptos de una exigente y rígida liturgia. Y el asombro al verlo, sentado entre aquellos viejos de largas barbas blancas, hablando como si llevara años haciéndolo de arcanas escrituras y remotas profecías. Y el estupor cuando el chico dejó claramente establecido quién era su padre. Sin embargo, siempre fue obediente, y él lo vio crecer y fortalecerse, haciéndose varón con rapidez, estirándose, aprendiendo el mismo oficio que él ejercía.

Además de las yemas que suavemente se deslizaron por sus ásperas mejillas y se enredaron con los rizos que en ellas crecían creyó escuchar unos susurros que al oído le musitaban quedamente palabras de cariño y de amor: “esposo mío, amor mío…” La tibieza de aquella voz, tan familiar que creía haberla oído desde la cuna contrastaba con la que, con una claridad y una nitidez sorprendentes, sintió como música en su pecho. “Abba, porque así siempre te llamé, y como a tal respeté. Abba, ve con Dios. Prosigue el camino que un día emprendiste”. La callosa mano de aquel a quien trató como hijo sabiendo que procedía de donde todo tiene su origen, se deslizó con suavidad sobre sus ya ralos cabellos, y una paz como nunca antes había podido tan siquiera vislumbrar fue apoderándose poco a poco de sus venas, mezclándose con su carne, invadiendo su ser completamente.

Tengo sueño, pensó. Tal vez duerma ahora…

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Un pequeño cuento de Adviento

2 de diciembre de 2009

Los bultos casi llenaban la habitación. Toda una vida metida en envoltorios, archivada en carpetas, clasificada, como si de expedientes de una oscura oficina gubernamental se tratara. Su padre había ido acumulando objetos, conservando recuerdos cristalizados en papeles, cada día más amarillentos, y en discos de ordenador, acumulando libros que se desencuadernaban lentamente en los estantes y cuyo contenido sólo a él parecía interesar. Un puñado de fotos se desprendieron del atadillo de gomas elásticas que lo sujetaba a un grueso archivador de anillas y se desparramó, desordenado, sobre la mesa.

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La tarde, de comienzos de diciembre, decaía, gris y húmeda, tras los sucios cristales, que la mano de su madre no limpiaba desde hacía muchos años, desde que ella era aún una niña y la veía caminar por la casa como de puntillas, sin apenas hacer ruido, procurando que todo estuviera en su sitio y declarando la guerra a las pelusas. Murió tras un penoso calvario de hospitales, largas curas y diagnósticos agoreros, y con su cadáver fue al nicho gran parte de su infancia, enredada en la mortaja de aquella gran y silenciosa mujer, cuyas manos, encallecidas y ásperas por el cotidiano trabajo del hogar aún creía sentir sobre su nuca en las noches más frías del invierno, cuando la soledad que habían dejado en su alma los pedazos de un matrimonio roto y la prematura huida de su hija parecían una pesada losa, un viento que, helado, hacía que se le erizara el vello de la piel sobre la espina dorsal. Aquellos viejos clichés, ya casi de color sepia y ajados, la enfrentaban con la imagen de una pareja que, sonriendo, se abrazaba mientras, jugueteando entre sus piernas, una mocosa con trenzas les miraba de abajo arriba. Al ver aquel espectro de su propio pasado curvó la comisura de la boca en un rictus de amargura y arrojó lejos de sí aquellos retazos de un ayer que nunca deseaba evocar.

Fue, sí, una infancia triste, marcada por una pérdida. Su padre, agobiado por el tupido manto de la pena, refugiado en la labor de su despacho en la universidad, no había sido un consuelo. Más bien al contrario, ella había ido atesorando resentimiento en una escondida urna guardada en lo más profundo de sí misma. Parecía encontrar alivio echándole a él la culpa de su sensación de ausencia. Papá era un hombre con profundas convicciones religiosas, recordó. Y ello sólo contribuyó a aumentar su ira. O más bien el sabor de la hiel en su garganta.

Los cincuenta y tantos no eran precisamente agradables. Se sentía mayor y cansada. Las ojeras dibujaban oscuros círculos bajo unos ojos que ya no veían amor en la vida ni belleza en el mundo, que no eran capaces de atraer a los de aquella chiquilla a la que tanto había querido, o tal vez seguía queriendo, pero cuya línea de teléfono móvil ya no sonaba cuando ella la llamaba. Porque había conseguido, al alimón con su ex-marido, cerrar todas las puertas a la esperanza tras casi dos décadas de mentiras, de olvidos, de trabajo agotador de ambos, de desprecio por el detalle del uno con el otro, de no mirarse a la cara cuando los tres cenaban. Bueno, los tres no. Su pequeña les miraba de hito en hito, fijando sus pupilas ora en el ceño de su madre, ora en la fina línea de los labios crispados de su padre, y cada vez los veía más extraños entre sí.

Es curioso, reflexionó, que tanto él como yo hayamos conseguido sin proponérnoslo (o tal vez sí, a sabiendas) amargar también la vida de aquella que contribuímos a traer al mundo. Parece que mis años de niñez, como una mala pesadilla, vuelven una vez y otra. Quizá sea una condena, como la de Sísifo, empujando toda la eternidad una gran piedra cuesta arriba, que invariablemente volvía rodando abajo tras cada intento. Ahora que el viejo ya no está, pensó, me he quitado un gran problema de encima. Era ya un estorbo. Chocheaba, había que atenderlo en la silla de ruedas, acompañarlo al baño. Diez chicas inmigrantes tuve que contratar, y ninguna duró más de un mes. ¡Qué desperdicio de dinero…!, rezongó para sus adentros.

Diciembre, pues. Mi padre hubiera dicho que era la primera semana de Adviento. ¡Vaya cosa…! Todo el mundo preparándose para unas fiestas que nadie desea celebrar. Fiestas de nostalgias desagradables, de añoranzas de aquello que nunca ocurrió, o que nunca debió ocurrir. Puesto que váyase usted a saber donde anda mi hija, guardaré algo de dinero de la paga extra y me largaré a Varadero. Tal vez allí conozca a algún mulato con ganas de divertirse… Porque estoy harta, sí. Harta de haber destrozado, mano a mano con quienes me rodean, mi propia convivencia con ellos. No aguanto el bufete ni me aguantan los demás. Gano lo bastante, sí, pero ¿para qué? Bueno, para irme a buscar al mulato… Porque ¿qué hago aquí sola? Dichoso viejo, no se me va de la cabeza su terquedad y el bisbeo de sus rezos en la oscuridad de la noche.

Recuerdo con  claridad sus últimas palabras, la semana pasada, cuando entre los estertores que el respirador automático le permitía emitir, me dijo que acercara mi oído a su rostro y me susurró “No te equivoques, mi niña. Déja que Él entre en tí. Está a la puerta, te llama. Ábrele. Yo se la cerré contigo, y ahora… casi no me queda tiempo. Pero Él tiene paciencia, y sé que me ama. Ámalo tu también.” Después de eso, el acero de la fría máquina que los médicos le habían conectado pareció suspirar profundamente y su funcionamiento se detuvo de forma brusca. Bueno, pensé, todo ha terminado. Él descansa, sí, pero yo también. Sólo ha sido un problema, un gran problema. Ojalá hubiera aceptado la sedación terminal.

¡Y esas tonterías sobre Él y el amor, sobre la puerta…! ¿Quién cree hoy en día en ellas? ¿Tras las guerras y los asesinatos, entre noticias de violaciones y venganzas, cuando el amor no es más que una gastada palabreja sin sentido? ¿Qué hubo entre mi antigua pareja y yo salvo sexo, y demasiado poco, sólo al principio? ¿Qué ocurrió cuando él se aburrió de mi perfil bajo las sábanas y yo encontré más atractivo aquel mentón duro de mi compañero abogado que su mirada? Sólo fue cuestión de tiempo. No hay amor. No lo ha habido. No lo habrá. Mi hija nunca me ha amado, y yo a ella… yo… tampoco, creo. Quizá si, en sus primeros años. Por amor quise quitarle esos pájaros de la cabeza que su abuelo se empeñaba en inculcarle. “Cuatro angelitos tiene mi cama…”, le enseñó a recitar. ¡Vaya pamplina! ¿Dios? ¿Ángeles? ¿Qué Dios? ¿El que ha permitido que ella se aleje de mi? ¿El que me negó el pan y la sal en mi matrimonio? No existen los milagros. Son consejas de ancianas estúpidas, majaderías de curas y beatas. ¡Milagros…!

Una polvorienta caja de zapatos atrajo su atención, y, sin saber bien por qué, la abrió. En su interior, envuelta en un deslucido pliego de papel de seda, una pequeña forma, redondeada pero no demasiado definida, cautivó inmediatamente su mirada. Cualquiera sabe a santo de qué, pero dejó el resto de legajos, libretas y álbumes apulgarados y desenvolvió el objeto. Y su voz interior, esa que llevaba gruñendo toda la velada, cesó de hablar, calló en seco. Era una pequeña figurita, un tierno Niño Jesús, cuya pintura brillaba y aún parecía húmeda: el Niño del Belén del hogar donde se crió, que entonces aún llamaba “casa”. Al depositarlo en la palma de la mano lo hizo con sumo ciudado, como si temiera romperlo o quebrar su dulce sonrisa. Ahora lo recordaba bien. Y, cómo no, evocaba aquellas jubilosas mañanas invernales, el día de la lotería, en el comedor, con sus padres, montando el Nacimiento, escuchando la radio, donde los niños de San Ildefonso desgranaban una a una las ilusiones en forma de bolitas con números; y el olor del corcho mezclado con el de las ramas de ciprés; y el temblor de los patitos huecos de celuloide que él posaba suavemente en aquel lago hecho con una pequeña palangana, llena de agua del grifo, en cuyas orillas, diminutas, su madre ponía a secar simuladas prendas de encaje que parecían ropitas de recién nacido. Y la voz queda de ambos mientras ella les oía recitar las oraciones ante el Portal. Y la ilusión de ver como, cada día, los Reyes Magos se acercaban más al Pesebre, misteriosos y llenos de majestad, montados en sus camellos que estiraban su inmutable y estática zancada. Y le pareció oir la risa de su madre, de aquella madre que creyó no haber tenido y también creyó no poder ser para su hija.

Y en la palma de la mano, extrañamente tibia, la figurita del Redentor parecía moverse, como un neonato, haciendo mohínes, agitando los milimétricos deditos, estirando la pequeñas piernas. Y, por fin, toda la carga se le vino atrás. Rompió a llorar, como nunca recordaba haberlo hecho, abriendo la válvula y dejando desbordarse la catarata de su vida, mojando el escote de su cara -y secretamente detestada- blusa. Fue como si nunca hubiera podido tan siquiera concederse el privilegio de sentirse débil, humana, y de repente hubiera llegado a palpar su propio cuerpo, pellizcar su carne y comprobar que el dolor no es sólo cosa del espíritu. Un deseo irrefrenable se apoderó de ella: quería ir a una iglesia, la que fuera, le daba igual. Y ver la cara que aquel Niño iba a tener treinta años después, cuando la necedad de hombres y mujeres como ella le llevaran, calle de la Amargura abajo, arrastrando las heridas rodillas sobre los guijarros afilados, hasta tropezar con Simón, el de Cirene, que cogió sobre sus hombros el travesaño que acabaría siendo trono de majestad para Aquel que nos fue dado. Quería, en fin, comprobar si aquel Niño ya sabía qué le iba a suceder, si había previsto su dramático final. Comprobar también si en la carne de aquel Crucificado se veía la huella de sus propios dedos, el rastro de sus lágrimas, las llagas de su pena.

El soplo que sintió esta vez en la nuca fue cálido. La caricia que imaginó notar sobre su pelo y el perfume que soñó oler eran el de aquella, la silenciosa, la ausente madre. No podía parar de llorar, sollozando tan fuerte que casi no oía el teléfono, que llevaba un buen rato sonando en el interior de su bolso. Sería, pensó, la maldita oficina. ¡Qué hartura de soledad, de miedo, de falta de presencia! ¡Qué hambre de amor, que, en el fondo, tal vez sí existiera! Solo un asqueroso aparato, cuyo zumbido electrónico seguía sin detenerse. Lo cogeré, a ver si se calla de una vez. ¡Si existieran los milagros y tan sólo dejara de dar esos desagradables timbrazos…! Descolgó.

-Mamá… ¿Mamá? Soy yo. ¿Estás ahí…? ¿Me oyes…?

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