Buen Pastor 2010
25 de abril de 2010
El sábado, 24 de abril de 2010, tras la Eucaristía de las 19:00, una nutrida representación de la feligresía se unió al párroco para celebrar su dedicación como enviado por Cristo para ser nuestro “buen pastor”. Fue una animada fiesta, y todos, chicos y grandes, participamos en la alegría de saber que estamos en buenas manos. Cada uno llevó lo que pudo para compartir una pequeña “merienda-cena”. Las personas más mayores pudieron alegrarse con las más jóvenes de la bondad de nuestro Padre, que nos envía guías cualificados y animosos para acompañarnos y apoyarnos en nuestra travesía espiritual por el mundo. Queremos sacerdotes santos, que sean ejemplo y apoyo para nuestra fe.
En nuestra página de archivo es posible consultar un breve álbum fotográfico.
Esto le dijimos antes de comenzar en banquete eucarístico.
Este domingo la Iglesia universal celebra la festividad del Buen Pastor. El salmista, Ezequiel e Isaías nos recuerdan desde el Antiguo Testamento que el Señor es nuestro pastor, y que en Sus manos nada ha de faltarnos porque Él vela por nosotros. Los evangelistas Lucas y Juan recogen las palabras de Jesús y transmiten su parábola sobre el pastor bueno, que vela por su rebaño, que busca a la oveja descarriada y perdida en el monte y se alegra cuando la encuentra y consigo la trae. ”Yo soy el buen pastor; y conozco mis ovejas y las mías me conocen a mí, como me conoce el Padre y yo conozco a mi Padre y doy mi vida por las ovejas. También tengo otras ovejas, que no son de este redil; también a ésas las tengo que conducir y escucharán mi voz; y habrá un solo rebaño, un solo pastor.”
El 19 de junio de 2009, Su Santidad el Papa Benedicto XVI proclamó el Año Sacerdotal, para conmemorar el sesquicentenario de la muerte de San Juan María Bautista Vianney, el Santo Cura de Ars. Desde entonces, cada comunidad disfruta de una ocasión incomparable para reflexionar sobre la identidad sacerdotal y el sentido extraordinario de la vocación y de la misión de estos hermanos y guías en la fe en el seno de la Iglesia y de la sociedad del siglo XXI.
El mundo en que nos ha tocado vivir supone un reto para cualquiera que se sienta comprometido con la tarea de transmitir la Buena Nueva. Aunque la nave de San Pedro ha atravesado tempestades y tiempos muy difíciles, nunca como ahora ha tenido tan complicado dar a conocer el mensaje de Cristo. El mundo de los albores del tercer milenio nos inunda con un torrente de supuesta “información”, que en su mayor parte es opinión y que no busca acercarse a la Verdad, sino forjarla a gusto de quien posee los medios de transmisión u ostenta el poder terrenal.
Así que es fácil extraviarse en el laberinto de televisiones, radios, diarios electrónicos y redes sociales. Y en semejante marasmo de datos, imágenes y vídeos, nadie parece interesarse por la Verdad. Molesta al político poco honrado, que no puede de esa forma esconder sus manejos. Molesta al dueño de los “mass media”, que si tuviera que utilizarla como faro y guía de lo que publica perdería (o así lo cree) audiencia y dinero. Molesta a buena parte de los ciudadanos de a pie, que parece estar más tranquila si no se deja interpelar por la realidad que le rodea y prefiere silenciar la voz de su conciencia antes que significarse por defender lo que considera justo.
Se diría, pues, que un grupo no pequeño de nuestros conciudadanos, de nuestros hermanos, creen que es más fácil vivir de espaldas a la Verdad. Además, un entorno extremadamente agresivo con cualquier manifestación cristiana (“cristofobia”, se ha dicho en ocasiones), que exalta el materialismo más burdo ciñéndole la corona del cientifismo, pretende arrinconar la fe al fondo de las sacristías y al interior de los corazones, como algo casi vergonzante, oponiéndola a la razón.
En semejante océano embravecido cualquiera de nosotros necesita un buen piloto para que nuestra frágil embarcación no naufrague en la peor de las catástrofes ante la cual cualquier intento de salvación fracasa: la indiferencia. No es fácil hoy enfundarse un traje negro, ponerse una tirilla al cuello y echarse a la calle abriendo los brazos a todos: a quien nada quiere saber de Dios, a quien lo lleva en el fondo de su corazón y a cualquiera que necesite estar seguro de que su vida no es fruto de un ciego y absurdo movimiento del azar, sino que forma parte del inmenso plan del Padre, y que Jesús es la encarnación del supremo acto de amor divino hacia sus criaturas humanas.
En la parroquia de San Lázaro contamos desde hace varios años con alguien que es la voz del Buen Pastor, que sigue sus pasos, que sale a buscarnos cuando nos hemos quedado enredados en una zarza o ramoneando en un prado y no somos capaces de encontrar el camino de vuelta a casa. Es una tarea en ocasiones áspera y difícil, pero sus feligreses imaginamos que llena de satisfacciones al mismo tiempo. Él, cada día, es el altavoz de la Palabra, así, con mayúsculas. Nos ayuda a saberla leer, porque también la conoce y experimenta, como nos pasa a todos, la perpetua vigencia de las Escrituras en nuestras vidas. Preside la celebración y comparte con todos el siempre renovado misterio del Sacrificio Eucarístico, acercándonos el Cuerpo y la Sangre de Nuestro Señor, trayéndonos la esperanza de Su redención y la confianza en Su amor.
Por todas estas razones; por la entrega a su misión que cotidianamente demuestra; por el afecto que su trato nos contagia; por el valor que le caracteriza abriendo las puertas del templo a todo aquel que precise acercarse a la presencia de Dios; por haber echado raíces en este trocito entrañable de nuestra ciudad y ser un poco hermano, un poco consejero y un poco padre de todos nosotros; por su solicitud en atender al necesitado y su exigencia en la calidad de su propia formación, criterio y testimonio; por ser, en suma, un buen sacerdote y un digno párroco.
Por todo ello, y en el excelente contexto de este Año Sacerdotal, queremos este fin de semana manifestar que Antonio Eloy Madueño Porras es nuestro pastor, que ha sabido hacerse “pescador de hombres”, como Cristo quiere. Que sabemos que contamos con su apoyo cuando lo necesitemos. Que queremos hacerle saber que también nos tiene a su lado cuando sea menester, para participar con él en la tarea universal a la que como católicos nos debemos de “fortalecer y transmitir nuestra fe” y difundir el mensaje del Evangelio con nuestra voz y nuestro ejemplo, en la medida que nuestras fuerzas así lo permitan.
Gracias por formar parte de nuestras vidas y por trabajar a nuestro lado en la venida del Reino.
Parroquia de San Lázaro, veinticuatro de abril de dos mil diez.
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