Un hombre bueno
2 de enero de 2010
No era precisamente una habitación bonita. El camastro, apenas cuatro palos verticales con unas cinchas de cuero casi podridas de puro viejas. Aún recordaba cuando la construyó con sus propias manos. Él mismo escogió la madera; buscó un buen pino blanco, que en aquella zona crecían en abundancia, cuyo tronco se irguiera recto y que no tuviera demasiadas ramas bajas, evitando así los nudos. Su leña era muy resinosa, pero adecuadamente curada podía aguantar sin mayores problemas de carcoma o grietas durante mucho tiempo.
Sí, se acordaba perfectamente (bueno, casi) de aquella excelente pieza vegetal. De ella salieron aquel jergón y otros dos más, una mesa, cuatro taburetes y un arca pequeña. Ah, y aún dio para una media puerta, como se estilaban entonces, cuando en el pueblo todos se conocían, y dos cierros para los ventanucos. Las vigas de la casa fueron harina de otro costal. Empleó un sicómoro de grueso tronco que crecía por los alrededores. Resistente como él solo, aguantaba bien las capas de tierra y grava del tejado sin combarse, y una vez asentado sobre las zapatas de la solera (éstas también de pino) era capaz de soportar la hierba que crecía sobre el techo, la lluvia, escasa pero fuerte y muy destructiva, y los vientos del invierno. Y de hacerlo toda una vida…
…Toda, sí. Toda una vida a su lado. Más de cuarenta veces había visto llegar la primavera; realmente no recordaba cuántas, pero sí que con los dedos de ocho manos no llegaba a contarlas. Estaba cansado. Ni haciendo memoria podía traer a su mente imágenes de su niñez, salvo la de aquellas cabras que su padre le encomendó apacentar y las arrugas del rostro de su madre. Sin embargo jamás se había borrado de su retina la impresión que aquellos ojos, oscuros y profundos, le causaron la primera vez que los vio. Eran redondos, grandes para aquel rostro de niña. Se enamoró de ellos hasta lo más profundo de su ser. Ella se sonrojó -aún le pasaba, de vez en cuando- al devolverle la mirada, pero no tuvo empacho en lanzarle la más cautivadora sonrisa que él pudiera traer a mientes.
No pudo creer su suerte al desposarla. Él, un sencillo constructor, que apenas sabía lo justo en aquellas fechas sobre un oficio que comenzaba a dominar, y que a veces tenía dificultad para comprender aquellas sonoras palabras que el rabí recitaba en ciertas fechas del calendario. Incluso en la boda, pese a la belleza del rito (las siete bendiciones, la copa de vino compartida con ella, el palio…) tuvo algún problema con la quetuvá, las capitulaciones donde se estipulaban, entre otras cosas, las causas de divorcio y repudio.
¡Quién se lo iba a decir aquel hermoso día de sol, cuando la besó suavemente ante la vista de sus vecinos y le colocó el anillo en su mano! Sólo unos meses más tarde su corazón se desgarraba cuando tomó la decisión de separarse de ella para evitar el escándalo. No enfermó de celos: sólo tuvo pena, lástima por sí mismo. Se vio engañado, preterido, como si algún taimado ladrón le hubiese arrebatado la bolsa con tres ó cuatro monedas que en ocasiones, cuando se acercaba al mercado de la ciudad, llevaba consigo.
Un acceso de tos le hizo lagrimear, y bien le vino, pues algo en su interior lloraba al recordar aquel sentimiento. La noche que decidió fuera la última a su lado se acostó revinando cómo se lo iba a decir a su suegra. Tampoco quería que ella quedara desamparada. Prefería abandonarlo todo y marcharse lejos, pasar él por el malo, por el desertor, por el traidor. Cualquier cosa antres de que la maledicencia hiriera de foma irreparable aquella alma pura, que ni siquiera tras el rito nupcial él se atrevió a profanar. En realidad, siguiendo la antigua costumbre, él esperaba la primera menstruación para tan siquiera tocarla. Jamás llegaron a dormir tras la misma cortina, en aquella casa de estancia única, en aquellas cuatro paredes que él se esforzó en levantar en el único sitio disponible, a las afueras del lugar.
Mostrando gesto exhausto giró la cabeza hacia el tragaluz por donde se vislumbraba el chamizo de su taller. Allí decidió dormir aquella última vez. Con aire adusto le notificó a ella que así lo haría por causa del trabajo acumulado, y ella aceptó su decisión bajando la frente y dejando que su mirar se humedeciera a causa de un doloroso presagio. Cuando ya había oscurecido del todo, él se acurrucó en un rincón sobre las virutas que celosamente conservaba para el fuego y el relleno de las cobijas, y un pesado sopor, como si hubiera abusado del vino, se apoderó de su nublado cerebro.
Nunca pudo saber quién era aquel individuo luminoso que en el sueño le amonestó, pero sí fue consciente al despertar con el canto del gallo de que su determinación se había quebrantado porque la voz de aquel personaje, casi transparente de blanco que se exhibía, no podía ser desobedecida. Aceptaría al niño que ella llevaba en su entraña como si suyo fuera. Pero tampoco acertaba a explicarse cómo o cuándo había podido suceder tal prodigio. Ella no tenía los ademanes ni las frases de la mujer que ha cohabitado con un varón. Es más, seguía pareciendo una niña. Decidió, pues, no plantearse más preguntas que por adelantado sabía que no podrán jamás obtener respuesta, y casi adoptarla a ella también, cuidarla como se haría con una hija, protegerla ante cualquier eventualidad, alimentarla y respetarla. Además, aquella voz… Estaba claro que Dios tenía oscuros y complicados designios que él no era capaz de descifrar, y no se amargaba por ello.
Mientras su pecho subía y bajaba con dificultad -el frío del pasado enero había podido con sus pulmones, ya resentidos por el polvo de la garlopa, la lima, el taladro y el yeso- tembló su mano al llevársela a los labios. Unos dedos solícitos apartaron con extremada dulzura los suyos de la agrietada boca, inclinaron hacia adelante su nuca y le arrimaron un cuenco con agua fresca que él sorbió con fruición. Precisamente ese frescor le ayudó a evocar la ira que de él se apoderó cuando la tiranía de aquellos usurpadores, de aquel ejército invasor, que quiso imponer sus leyes a unas gentes cuya historia ya entonces se contaba por milenios, le obligó a volver a su aldea para anotar allí su nombre y el de su esposa. Ella, que había pasado junto a él más de ochenta días visitando a una parienta por quien sentía especial afecto, ya no podía ocultar su embarazo de ninguna manera. El vientre abultado, curiosamente, aún acentuaba su aspecto infantil, y parecía una criatura jugando a ser mayor. Tal vez fuera su juventud, pero no padeció náuseas, y su andar no se resintió: sólo se irguió un poco, echando hacia adelante la espalda para soportar mejor el peso añadido. Su pecho si creció, preparándose para alimentar a aquél que se rebullía en su interior cuando se agachaba a coger un cántaro o cuando extendía la ropa sobre las piedras para secarla al sol.
Sin más equipaje que un par de talegos, una larga vara para mejorar el apoyo y unas sandalias (hasta cuatro pares para los dos tuvo que confeccionar por el camino) ambos emprendieron la ruta hacia aquellas diez o doce casas que conformaban el villorrio donde antaño los padres de él criaron a sus seis hijos, el más joven de los cuales, él mismo, al final marchó al norte a buscarse la vida. Algún dinerillo en el bolso y unos pocos víveres resistentes hicieron algo más llevaderas las veinte jornadas por aquellos polvorientos senderos. Llovió una vez, y tuvieron que refugiarse en una hendidura al pie de una colina. El barro no ayudó precisamente a caminar a aquella pobre chica, tan gruesa ya, que, sin embargo, ni una sola vez expresó una queja. En realidad, cada nuevo día parecía añadir una pincelada de vitalidad al hermoso cuadro de su rostro.
Cerró los ojos para mejor revivir aquel recuerdo. La noche, cerrada y calurosa, aunque con muchas estrellas en un cielo negro y sin luna. La negativa de Jacob, el viejo tabernero que alquilaba a los viandantes un tugurio anexo al local para que pudieran pernoctar, a que se alojara allí “aquella”. Porque en realidad sí tenía disponibilidad para dejarles dormir en su propiedad, pero simplemente no quiso problemas con los otros huéspedes, entre los que se contaban los diez soldados de la centuria que en el poblacho acampaba. También, como en medio de una espesa niebla, llegó a entrever su desesperada búsqueda de tan siquiera un tejadillo bajo el cual ella, ya pálida y sudorosa por las contracciones, cada vez más frecuentes, pudiera sentarse y dar a luz en paz. Ni que decir tiene que la partera no trabajaba gratis, y a él ya no le quedaba nada en la pequeña faltriquera que colgaba ahora inútil de su cinturon. Pero el olor a heno y a cuadra fue una revelación. En aquellos sitios, al menos, habría algo de paja, estarían a cubierto y el que llegaba dispondría de algo de calor, pues más avanzada la hora se dejaba sentir el relente.
Fue entonces, cuando, venciendo su repugnancia por la sangre y los fluidos derramados, se remangó y cogió en sus brazos a aquel bebé, cubierto de aguas y aún unido a su madre por el cordón umbilical, que se apresuró a cortar con el pequeño cuchillo que hacía las veces de cubierto para el viaje. Fue entonces, sí, pensó, al tomar aquella piel húmeda contacto con la suya cuando, como una descarga del rayo, algo recorrió su cuerpo de la coronilla a los pies. Y todo, de repente, cobró sentido. Entendió, como si por sus poros penetrara un embriagador licor, que aquel ser de su duermevela, varios meses atrás, le dijo la verdad. Supo al instante que aquel recien nacido no era hijo suyo, sino de todos, del primer al último hombre. Supo también que él únicamente sería el adiestrador de su paso por el mundo, que sólo le instruiría en el oficio de la supervivencia, porque algo en aquella criatura era mucho más grande de lo que él podía imaginar siquiera. Y su aliento, ante aquella niña que, con las piernas separadas, dolorida pero inmensamente feliz, abría los brazos y descubría el seno para acunar a su hijo y darle de mamar por vez primera, se paralizó de ternura, que ya jamás le abandonaría.
Sólo fueron unos días, pero difíciles. Cuando, envuelto el niño con las mantas que la pareja llevaba para hacer de cama en el trayecto, aparecieron aquellos hombres y cayeron de hinojos a la entrada del establo -alguno incuso lloró-, él no supo qué decir. Y menos aún cuando, una semana más tarde, tres personajes hicieron acto de presencia. La dureza del corazón del tabernero no había mejorado, y seguían vivaqueando junto a los rucios y las ovejas, pero ellos actuaron como si estuvieran en presencia del más importante rey que jamás se concibiera. Extraños fueron sus regalos, y más aún sus advertencias acerca de la perfidia de un gobernante de quien él nunca había oído hablar. Pero no tardó más que unas horas en liar petate y salir en dirección al desierto situado al suroeste cuando, a través de un lejano familiar que aún vivía en la zona, tuvo conocimiento de la pavorosa decisión de diezmar a los neonatos.
La fiebre latió más fuerte en sus sienes, y se agitó su respiración (y, con ella, se extremó la solicitud de las manos que amorosamente le acariciaban) al evocar el tremendo desconsuelo de ella y él mismo al percatarse de la ausencia del chaval en la caravana con la que volvían desde la capital a su pueblo, aquella vez que fueron a cumplir los preceptos de una exigente y rígida liturgia. Y el asombro al verlo, sentado entre aquellos viejos de largas barbas blancas, hablando como si llevara años haciéndolo de arcanas escrituras y remotas profecías. Y el estupor cuando el chico dejó claramente establecido quién era su padre. Sin embargo, siempre fue obediente, y él lo vio crecer y fortalecerse, haciéndose varón con rapidez, estirándose, aprendiendo el mismo oficio que él ejercía.
Además de las yemas que suavemente se deslizaron por sus ásperas mejillas y se enredaron con los rizos que en ellas crecían creyó escuchar unos susurros que al oído le musitaban quedamente palabras de cariño y de amor: “esposo mío, amor mío…” La tibieza de aquella voz, tan familiar que creía haberla oído desde la cuna contrastaba con la que, con una claridad y una nitidez sorprendentes, sintió como música en su pecho. “Abba, porque así siempre te llamé, y como a tal respeté. Abba, ve con Dios. Prosigue el camino que un día emprendiste”. La callosa mano de aquel a quien trató como hijo sabiendo que procedía de donde todo tiene su origen, se deslizó con suavidad sobre sus ya ralos cabellos, y una paz como nunca antes había podido tan siquiera vislumbrar fue apoderándose poco a poco de sus venas, mezclándose con su carne, invadiendo su ser completamente.
Tengo sueño, pensó. Tal vez duerma ahora…
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