Un pequeño cuento de Adviento

2 de diciembre de 2009

Los bultos casi llenaban la habitación. Toda una vida metida en envoltorios, archivada en carpetas, clasificada, como si de expedientes de una oscura oficina gubernamental se tratara. Su padre había ido acumulando objetos, conservando recuerdos cristalizados en papeles, cada día más amarillentos, y en discos de ordenador, acumulando libros que se desencuadernaban lentamente en los estantes y cuyo contenido sólo a él parecía interesar. Un puñado de fotos se desprendieron del atadillo de gomas elásticas que lo sujetaba a un grueso archivador de anillas y se desparramó, desordenado, sobre la mesa.

Clip de audio: Es necesario tener Adobe Flash Player (versión 9 o superior) para reproducir este clip de audio. Descargue la versión más reciente aquí. También necesita tener activado Javascript en su navegador.

La tarde, de comienzos de diciembre, decaía, gris y húmeda, tras los sucios cristales, que la mano de su madre no limpiaba desde hacía muchos años, desde que ella era aún una niña y la veía caminar por la casa como de puntillas, sin apenas hacer ruido, procurando que todo estuviera en su sitio y declarando la guerra a las pelusas. Murió tras un penoso calvario de hospitales, largas curas y diagnósticos agoreros, y con su cadáver fue al nicho gran parte de su infancia, enredada en la mortaja de aquella gran y silenciosa mujer, cuyas manos, encallecidas y ásperas por el cotidiano trabajo del hogar aún creía sentir sobre su nuca en las noches más frías del invierno, cuando la soledad que habían dejado en su alma los pedazos de un matrimonio roto y la prematura huida de su hija parecían una pesada losa, un viento que, helado, hacía que se le erizara el vello de la piel sobre la espina dorsal. Aquellos viejos clichés, ya casi de color sepia y ajados, la enfrentaban con la imagen de una pareja que, sonriendo, se abrazaba mientras, jugueteando entre sus piernas, una mocosa con trenzas les miraba de abajo arriba. Al ver aquel espectro de su propio pasado curvó la comisura de la boca en un rictus de amargura y arrojó lejos de sí aquellos retazos de un ayer que nunca deseaba evocar.

Fue, sí, una infancia triste, marcada por una pérdida. Su padre, agobiado por el tupido manto de la pena, refugiado en la labor de su despacho en la universidad, no había sido un consuelo. Más bien al contrario, ella había ido atesorando resentimiento en una escondida urna guardada en lo más profundo de sí misma. Parecía encontrar alivio echándole a él la culpa de su sensación de ausencia. Papá era un hombre con profundas convicciones religiosas, recordó. Y ello sólo contribuyó a aumentar su ira. O más bien el sabor de la hiel en su garganta.

Los cincuenta y tantos no eran precisamente agradables. Se sentía mayor y cansada. Las ojeras dibujaban oscuros círculos bajo unos ojos que ya no veían amor en la vida ni belleza en el mundo, que no eran capaces de atraer a los de aquella chiquilla a la que tanto había querido, o tal vez seguía queriendo, pero cuya línea de teléfono móvil ya no sonaba cuando ella la llamaba. Porque había conseguido, al alimón con su ex-marido, cerrar todas las puertas a la esperanza tras casi dos décadas de mentiras, de olvidos, de trabajo agotador de ambos, de desprecio por el detalle del uno con el otro, de no mirarse a la cara cuando los tres cenaban. Bueno, los tres no. Su pequeña les miraba de hito en hito, fijando sus pupilas ora en el ceño de su madre, ora en la fina línea de los labios crispados de su padre, y cada vez los veía más extraños entre sí.

Es curioso, reflexionó, que tanto él como yo hayamos conseguido sin proponérnoslo (o tal vez sí, a sabiendas) amargar también la vida de aquella que contribuímos a traer al mundo. Parece que mis años de niñez, como una mala pesadilla, vuelven una vez y otra. Quizá sea una condena, como la de Sísifo, empujando toda la eternidad una gran piedra cuesta arriba, que invariablemente volvía rodando abajo tras cada intento. Ahora que el viejo ya no está, pensó, me he quitado un gran problema de encima. Era ya un estorbo. Chocheaba, había que atenderlo en la silla de ruedas, acompañarlo al baño. Diez chicas inmigrantes tuve que contratar, y ninguna duró más de un mes. ¡Qué desperdicio de dinero…!, rezongó para sus adentros.

Diciembre, pues. Mi padre hubiera dicho que era la primera semana de Adviento. ¡Vaya cosa…! Todo el mundo preparándose para unas fiestas que nadie desea celebrar. Fiestas de nostalgias desagradables, de añoranzas de aquello que nunca ocurrió, o que nunca debió ocurrir. Puesto que váyase usted a saber donde anda mi hija, guardaré algo de dinero de la paga extra y me largaré a Varadero. Tal vez allí conozca a algún mulato con ganas de divertirse… Porque estoy harta, sí. Harta de haber destrozado, mano a mano con quienes me rodean, mi propia convivencia con ellos. No aguanto el bufete ni me aguantan los demás. Gano lo bastante, sí, pero ¿para qué? Bueno, para irme a buscar al mulato… Porque ¿qué hago aquí sola? Dichoso viejo, no se me va de la cabeza su terquedad y el bisbeo de sus rezos en la oscuridad de la noche.

Recuerdo con  claridad sus últimas palabras, la semana pasada, cuando entre los estertores que el respirador automático le permitía emitir, me dijo que acercara mi oído a su rostro y me susurró “No te equivoques, mi niña. Déja que Él entre en tí. Está a la puerta, te llama. Ábrele. Yo se la cerré contigo, y ahora… casi no me queda tiempo. Pero Él tiene paciencia, y sé que me ama. Ámalo tu también.” Después de eso, el acero de la fría máquina que los médicos le habían conectado pareció suspirar profundamente y su funcionamiento se detuvo de forma brusca. Bueno, pensé, todo ha terminado. Él descansa, sí, pero yo también. Sólo ha sido un problema, un gran problema. Ojalá hubiera aceptado la sedación terminal.

¡Y esas tonterías sobre Él y el amor, sobre la puerta…! ¿Quién cree hoy en día en ellas? ¿Tras las guerras y los asesinatos, entre noticias de violaciones y venganzas, cuando el amor no es más que una gastada palabreja sin sentido? ¿Qué hubo entre mi antigua pareja y yo salvo sexo, y demasiado poco, sólo al principio? ¿Qué ocurrió cuando él se aburrió de mi perfil bajo las sábanas y yo encontré más atractivo aquel mentón duro de mi compañero abogado que su mirada? Sólo fue cuestión de tiempo. No hay amor. No lo ha habido. No lo habrá. Mi hija nunca me ha amado, y yo a ella… yo… tampoco, creo. Quizá si, en sus primeros años. Por amor quise quitarle esos pájaros de la cabeza que su abuelo se empeñaba en inculcarle. “Cuatro angelitos tiene mi cama…”, le enseñó a recitar. ¡Vaya pamplina! ¿Dios? ¿Ángeles? ¿Qué Dios? ¿El que ha permitido que ella se aleje de mi? ¿El que me negó el pan y la sal en mi matrimonio? No existen los milagros. Son consejas de ancianas estúpidas, majaderías de curas y beatas. ¡Milagros…!

Una polvorienta caja de zapatos atrajo su atención, y, sin saber bien por qué, la abrió. En su interior, envuelta en un deslucido pliego de papel de seda, una pequeña forma, redondeada pero no demasiado definida, cautivó inmediatamente su mirada. Cualquiera sabe a santo de qué, pero dejó el resto de legajos, libretas y álbumes apulgarados y desenvolvió el objeto. Y su voz interior, esa que llevaba gruñendo toda la velada, cesó de hablar, calló en seco. Era una pequeña figurita, un tierno Niño Jesús, cuya pintura brillaba y aún parecía húmeda: el Niño del Belén del hogar donde se crió, que entonces aún llamaba “casa”. Al depositarlo en la palma de la mano lo hizo con sumo ciudado, como si temiera romperlo o quebrar su dulce sonrisa. Ahora lo recordaba bien. Y, cómo no, evocaba aquellas jubilosas mañanas invernales, el día de la lotería, en el comedor, con sus padres, montando el Nacimiento, escuchando la radio, donde los niños de San Ildefonso desgranaban una a una las ilusiones en forma de bolitas con números; y el olor del corcho mezclado con el de las ramas de ciprés; y el temblor de los patitos huecos de celuloide que él posaba suavemente en aquel lago hecho con una pequeña palangana, llena de agua del grifo, en cuyas orillas, diminutas, su madre ponía a secar simuladas prendas de encaje que parecían ropitas de recién nacido. Y la voz queda de ambos mientras ella les oía recitar las oraciones ante el Portal. Y la ilusión de ver como, cada día, los Reyes Magos se acercaban más al Pesebre, misteriosos y llenos de majestad, montados en sus camellos que estiraban su inmutable y estática zancada. Y le pareció oir la risa de su madre, de aquella madre que creyó no haber tenido y también creyó no poder ser para su hija.

Y en la palma de la mano, extrañamente tibia, la figurita del Redentor parecía moverse, como un neonato, haciendo mohínes, agitando los milimétricos deditos, estirando la pequeñas piernas. Y, por fin, toda la carga se le vino atrás. Rompió a llorar, como nunca recordaba haberlo hecho, abriendo la válvula y dejando desbordarse la catarata de su vida, mojando el escote de su cara -y secretamente detestada- blusa. Fue como si nunca hubiera podido tan siquiera concederse el privilegio de sentirse débil, humana, y de repente hubiera llegado a palpar su propio cuerpo, pellizcar su carne y comprobar que el dolor no es sólo cosa del espíritu. Un deseo irrefrenable se apoderó de ella: quería ir a una iglesia, la que fuera, le daba igual. Y ver la cara que aquel Niño iba a tener treinta años después, cuando la necedad de hombres y mujeres como ella le llevaran, calle de la Amargura abajo, arrastrando las heridas rodillas sobre los guijarros afilados, hasta tropezar con Simón, el de Cirene, que cogió sobre sus hombros el travesaño que acabaría siendo trono de majestad para Aquel que nos fue dado. Quería, en fin, comprobar si aquel Niño ya sabía qué le iba a suceder, si había previsto su dramático final. Comprobar también si en la carne de aquel Crucificado se veía la huella de sus propios dedos, el rastro de sus lágrimas, las llagas de su pena.

El soplo que sintió esta vez en la nuca fue cálido. La caricia que imaginó notar sobre su pelo y el perfume que soñó oler eran el de aquella, la silenciosa, la ausente madre. No podía parar de llorar, sollozando tan fuerte que casi no oía el teléfono, que llevaba un buen rato sonando en el interior de su bolso. Sería, pensó, la maldita oficina. ¡Qué hartura de soledad, de miedo, de falta de presencia! ¡Qué hambre de amor, que, en el fondo, tal vez sí existiera! Solo un asqueroso aparato, cuyo zumbido electrónico seguía sin detenerse. Lo cogeré, a ver si se calla de una vez. ¡Si existieran los milagros y tan sólo dejara de dar esos desagradables timbrazos…! Descolgó.

-Mamá… ¿Mamá? Soy yo. ¿Estás ahí…? ¿Me oyes…?

Popularidad: sin calificar