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ADVIENTO 2020. Tengo la vacuna

Publicado: 04/12/2020: 5099

Hace unas semanas, el miércoles de la semana XXXII, terminando ya el Tiempo Ordinario, me encontré con un evangelio que nos ofrecía la liturgia del día, que me ha sugerido la preparación para este adviento.

Solo uno de los diez leprosos volvió a Jesús dándole gracias. Se postró a los pies de Jesús, le reconoció, o le descubrió, como alguien más allá de un curandero, o de un científico. Aquel extranjero vio en Jesús al Salvador, al Mesías, al que tenía que venir... Por eso su fe le salvó. Los otros nueve recibieron la curación de parte de Jesús. Sí, quedaron curados, pero no salvados. Sin embargo, aquel hombre agradecido quedó curado y salvado. Así se lo dijo el Maestro: “tu fe te ha salvado”. Ya lo había curado junto a los otros nueve, pero esto no era lo decisivo, ni lo que le importó a Jesús; lo decisivo fue “tu fe te ha salvado”.

En este tiempo de Adviento, ¿qué esperamos? ¿Qué espera la humanidad?: ¿Una vacuna que nos cure? ¿Un Salvador que nos salve? ¿Ambas cosas? Seguramente, si decimos en un auditorio repleto de gente: “Que levante la mano el que quiera curarse”, lo más probable es que todos levantemos la mano (me incluyo). Pero... y si decimos: “Que levante la mano el que quiera salvarse”. No sé cuál sería la respuesta, aunque parece, a veces, que muchos prefieren, como aquellos nueve, contentarse únicamente con la curación, sin más aspiración, y, encima, como merecedores de la misma. Pero si, en ese mismo auditorio, alguno preguntase: “salvarnos... ¿de qué?”, sería la ocasión para explicar que detrás de esta pandemia, hay otras muchas “pandemias inconfesables”. ¿Salvarnos? ¿Salvarte? ¿Salvarme?, claro que sí, de tantas cosas... Basta echar una ojeada y no hace falta ser muy listos.

Mirar de tejas para abajo, a ras de suelo, nos hace ver y esperar lo inmediato: la vacuna, la curación del cuerpo, la protección, la eliminación del virus, pero si miramos hacia arriba y buscamos los cielos nuevos y la tierra nueva, estamos viendo y esperando el futuro, y, entonces, nuestra mirada y nuestra esperanza se cifra en otro, en Alguien que también espera de nosotros que le levantemos la mano cuando pregunte al hombre del siglo XXI: “¿Quieres salvarte?”. Cierto, si podemos curarnos y salvarnos, mejor, pero, si no, al menos, que podamos salvarnos; porque de todas formas, algún día nos iremos por muy vacunados que estemos (que la muerte no entiende de antídotos) y lo que contará verdaderamente es la salvación que hayamos ido fraguando y adelantando en esta vida por la fe.

Si solo queremos curarnos, como aquellos nueve, una vez curados volveremos a lo de siempre, seguiremos vagando por la historia sin gran sentido, eso sí, contentos por estar curados, pero sin más. La vacuna cura, pero no salva. Dicho de otro modo, Cristo salva, la vacuna no. Únicamente Cristo salva y, por eso, es nuestra única esperanza (ave crux spes unica). Quizá este adviento nos invite a alzar la mirada “porque se acerca nuestra liberación”, como nos recordaba también otro evangelio de estos días atrás. Pero una liberación que va más allá de esa otra que tantos esperan; ésta es más completa (cuerpo y alma), más real, más definitiva, más potente... El mundo pandémico necesita una vacuna, sí, pero este mundo lo que necesita realmente es un Salvador, el Mesías, el Señor.

Gozosa, orante y vigilante espera de Adviento... y de siempre

Alejandro Pérez Verdugo

Delegado diocesano de Liturgia

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