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Francisco Jiménez: «Nuestra sociedad hiperconsumista necesita el individualismo»

Francisco Jiménez
Publicado: 07/10/2021: 3627

Francisco Jiménez es doctor en Sociología, Licenciado en Filosofía y Diplomado en Trabajo Social. Trabaja en el Hogar Pozo Dulce de Cáritas para personas sin hogar y ha sido el encargado de pronunciar la lección inaugural de este curso en los Centros de Formación de la Diócesis, con un estudio sobre la “filosofía de la transformación social”.

«Ninguno de nosotros estamos cruzando el estrecho en patera, pero podemos situarnos y comprender la realidad desde ahí»

¿De qué hablamos cuando decimos “transformación social”?
Eso es lo que intenta interpretar la lección inaugural. El punto de partida es la desigualdad, no como algo coyuntural, sino estructural, que tiene mucho que ver con el uso del poder para satisfacer los intereses particulares de un grupo de personas. En el momento en que la analizas y la pones en relación con la dignidad que todos tenemos como persona, es un deber moral el transformar la realidad que genera la desigualdad. La transformación social implica transformar las estructuras, para que tengan como base la dignidad de las personas. Si analizas la realidad social desde una posición de poder no hay transformación social, sino mantenimiento de la realidad. La referencia a la filosofía de esa transformación social habla de que el lugar en que tú te sitúas para analizar la realidad, orienta la acción.

¿Existe el pecado social?
Claro que existe, y estructural. Todos participamos como responsables sin ser necesariamente culpables. Todos formamos parte de esta sociedad, y nuestro ritmo de vida está asentado sobre la explotación de personas, sobre la discriminación... Todos usamos coche y ordenador, pero detrás de la producción de muchas de esas cosas está un sistema claramente injusto con las personas. Como sociedad, entramos en esa responsabilidad, no podemos escapar de ella. Por eso, hay que hacerse el planteamiento contrario, cómo podemos nosotros incidir en los cambios. Y no son solo cambios individuales sino también profundos. Podemos intervenir en el ámbito político, por ejemplo, que es fundamental, porque sustentamos los gobiernos que dictan las leyes, que manejan nuestra sociedad. Hay mucho que podemos hacer sin entrar en esa culpa individual.

"Vamos a salir mejores", decíamos para afrontar la crisis del Covid con esperanza. Pero la realidad nos demuestra que quien sufría exclusión, continúa sufriéndola; el que tenía un trabajo precario, está peor todavía, e incluso nuestras relaciones son menos humanas... ¿Estamos viviendo una crisis social, pasa el ser humano una noche oscura, como muestra la portada de su publicación?
Veo mucha crispación en las personas. Nuestro modelo, basado en el hiperconsumo, necesita fomentar el individualismo, porque las soluciones colectivas son menos consumistas. La única manera de que el hiperconsumo mantenga el sistema es que seamos cada vez más individualistas y eso para mí sí es una noche oscura. La tendencia a buscar tu interés particular, al "sálvese el que pueda", es uno de los elementos que me resultan más preocupantes. A nivel de políticas sociales, vemos modelos que parecen volver a la beneficencia, que en vez de tratar de transformar la estructura que genera desigualdad, buscan paliar los efectos que esta genera. Y la administración tiene que asegurar los derechos, la solidaridad es propia de la sociedad civil. Por otro lado, estas políticas no son transformadoras en tanto en cuanto responden a la misma lógica del sistema que las ha diseñado. ¿Qué ha puesto de manifiesto la crisis del Covid? Todas las debilidades de nuestro sistema. Ojalá sirviera para mejorar, pero los cambios tienen que ser más profundos y estructurales. Nos ha removido como personas, pero no somos capaces de dar el salto a las políticas sociales, sino que hay actitudes más defensivas, perdemos de vista todavía más el bien común y el valor que tienen todas las personas. Hemos llegado a una sociedad muy fragmentada, individualizada, en la que quizás se percibe también un conformismo exagerado. Para mí, ese perder nuestra capacidad de pensar que el mundo puede ser de otra manera, sí que me hace pensar que es de noche.

Ahí sí que tenemos los católicos la ventaja de la mirada que nos despierta el Evangelio.
Además, el mensaje de Jesús surge desde abajo, no desde arriba, y al ser su punto de partida esos momentos de debilidad, de opresión, la esperanza que Él propone es real y encaja con lo que decíamos antes, la filosofía desde la desigualdad para la transformación social. El lugar donde nos situamos a la hora de analizar y transformar la realidad es fundamental. Si no lo hacemos desde la desigualdad, lo hacemos desde el lugar del que mantiene el poder, y el pensamiento buscará, por lógica, acomodar la realidad a ese planteamiento, mantener las estructuras, y no transformarlas. No se puede consentir que un 20% de la población viva en exclusión. No es una cuestión de mayorías, es el gran error en que pueden caer los modelos democráticos representativos. Toda democracia debe tender al respeto a las minorías y a la búsqueda del bien común.

Pero la mayoría de los católicos estamos en ese lugar de confort, alejados de la vivencia directa de la desigualdad. Somos seguidores de Cristo pero vivimos en una situación de privilegio...
Lo primero es deconstruir la mirada, reconocer que interpretamos la realidad desde los marcos de pensamiento que hemos heredado, y así construimos nuestra visión de la realidad. Después, romper, y para ello, dejarnos interpelar por ella, ponerse en el lugar de la desigualdad. No solo es una cuestión de lo que haces, sino del lugar desde donde miras. Ninguno de nosotros estamos cruzando el estrecho en patera, pero podemos situarnos y comprender la realidad desde ahí. Entonces, no podremos simplemente decir "que no vengan más, que no cabemos todos". Podemos situarnos en un espacio de desigualdad, aunque directamente no me toque.

Y en esa noche, ¿quiénes son luciérnagas? Haciendo mención de la imagen que ilustra el libro...
Hay muchas: las que están trabajando en el mundo de la desigualdad, que dan su vida en diferentes ámbitos, pueden ser las más llamativas, pero hay muchas otras personas que, en sus ámbitos cotidianos, son capaces de orientar su voto y su acción pensando en el bien común y no en su interés. Son luciérnagas personas que, por ejemplo, optan por consumir productos de kilómetro cero, de cercanía. Todos conocemos luego figuras públicas como el Arzobispo de Tánger, Santiago Agrelo, que demuestran que hay luz en la oscuridad. Pero hay muchas más. Las luciérnagas no son faro, son luciérnagas, tantas personas que transforman la noche en luz. Y muchas son aquellas que se atreven a hacer cosas diferentes: iniciativas de autogestión, bibliotecas ciudadanas, centros culturales en los barrios, desarrollo rural... A veces se les tacha de "perroflautas", pero su actitud ya está provocando cambios. Tenemos que dejarnos sorprender, vencer el miedo que nos da lo que es diferente y rompe nuestras seguridades, y como sociedad, no cortar las alas. Hay que dejar que lo imprevisto también eleve el vuelo.

¿Cómo debe ser nuestra actitud para transformar el mundo, la sociedad, a la luz del Evangelio?
De apertura, de dejarte sorprender. Precisamente el Evangelio nos sorprende continuamente. Lo que Jesús hace es cambiar la mirada, situarse en la desigualdad y tener una apertura de mente y de dejarse interpelar por la realidad... El Evangelio te da claves nuevas. Las Bienaventuranzas son un programa de vida, es verdad, pero también de interpretación de la realidad. Con esas claves, veríamos las cosas de otra manera. La actitud es la capacidad de salir de nuestra comodidad. La verdad solo se puede descubrir en diálogo con el otro.

Ana María Medina

Periodista de la diócesis de Málaga

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