La doctora Saskia Sassen, holandesa, acabas de ser nombrada premio Príncipe de Asturias de Sociología.
Saskia es una investigadora de talla universal, preocupada por los efectos de eso que, en general, hemos dado en llamar globalización. Hace años el gran teórico de la comunicación, Mc. Luhan, detectó el fenómeno y llamó al mundo que se avecinaba “La aldea global” La doctora Sassen no se queda en una simple formulación; penetra en las características y peculiaridades de ese mundo nuevo que está a la vuelta de la esquina y que pilla a la humanidad con el paso cambiado. A nadie se le escapa que quedan muchas lecciones que aprender, muchos problemas que resolver bajo el caparazón de una época que se desvanece absorbida por la velocidad de la Historia. Los fronteras de las naciones, simples rayas petrificadas en los mapas; la ferocidad de las patrias, las razas, costumbres… El ser humano es uno y único y hacia esa meta se encamina, como anuncia la sociología. Pero queda un lastre a su espalda, el viejo estigma definitorio del egoísmo. El egoísmo personal, nacional, universal ha marcado nuestra historia. Como consecuencia, un cañón ha obtenido mayores alabanzas que un saco de trigo.
Globales o fragmentados, capaces de ir a la Luna o viajar a lomos de burro, la humanidad siempre necesitará a Dios. Los últimos adelantos de la ciencia, por ejemplo, la inquietante clonación que hoy anuncian todos los periódicos del mundo, no dan buena espina.
Los cristianos esperamos la globalización, pero lo hacemos con el deseo de mayor comprensión universal y menor arrogancia… también universal.
