El incremento notable de la violencia de género en España invita a una reflexión general seguida de la condena más radical y sin paliativos.
Esta forma de violencia se genera entre la pareja y en el interior de la familia, dos núcleos sociales que, al menos nominalmente, provienen del amor. Muchas veces se ha intentado definir el amor. Esfuerzo valdío. No se somete a ningún límite. El amor es sorpresivo, surge, domina, emociona, permanece… San Pablo dice que no se encoleriza, que acepta, perdona.. Pero sobre todo, que nunca deja de ser. Ningún perfil del amor he leído mejor diseñado que el de Pablo en la Carta a los Corintios (cp.13)
¿Valdría la pena definirlo? ¡Claro! Solo que es imposible. Está ahí, pero nadie sabe qué es. Sin duda más que un sentimiento, mucho más que un deseo, en lucha permanente contra el egoísmo. Algunos como el doctor Marañón o el profesor Erich Fron han intentado penetrar hasta la esencia del amor. ¡Nada! Es imposible.
Volviendo a San Pablo: «No se ponga el sol sobre vuestro enojo». O sea: no dure más de un día la soberbia de un mal encuentro.
Hemos roto el amor. Entre los males que ha cometido esta sociedad basada en el materialismo más feroz, está la de haber roto las amarras que unen al ser humano con sus propios fundamentos; el amor. Nadie quiere amar, sino poseer.
En la pareja actual se establece una relación de dominio. Vence el que es físicamente más fuerte.
Se ha roto el amor. No ha resistido el artificio que supone la creación de una sociedad civil, bipersonal, reglada por la conveniencia, los intereses, el equilibrio de poderes. Hemos matado el amor y en su lugar hemos dejado el vacío; un hueco que rellena la ley del más fuerte.
