Artículo de opinión publicado el martes 11 de junio en la columna "El Alféizar" de diario SUR.
La desesperación nos lleva a retar a la vida. Y hay gestos que así lo muestran. Quitar o quitarse la vida. Por ejemplo. ¿Dónde queda la esperanza en tantos rostros y corazones inertes? En el lugar del pacto, en el de la renuncia nunca.
Hoy martes el profesor Antonio Garrido pronunciará el pregón con motivo del XXV aniversario de la coronación de la Virgen de la Esperanza. Lo hará en el Cervantes. Un espacio emblemático. Como la vida. El ámbito donde existimos junto a otras personas. Y con razones que nos llevan a esperar. No obstante, en el transcurrir de la existencia, se descubre a quien perdió los motivos para seguir esperando. Con cierta frecuencia se escucha: “me la quito” o “me lo quito”. Una expresión en referencia a la vida propia o ajena. ¿Dónde hemos llegado para que la vida humana sea preferible eliminarla? Es antinatural. Razones demasiado profundas tiene que haber. Como explicación honda debe de existir para ver cómo sobrevive fuera de toda esperanza demasiada gente. Hay que plantar la esperanza en el lugar donde existe dolor. La virtud que el cristianismo define como teologal.
A lo largo de la vida el tenemos muchas esperanzas: el sol de cada día, la sonrisa de los hijos, el cariño de la pareja… Esas cosas. Unas suceden a otras. Sin embargo, el ser humano necesita una esperanza que vaya más allá. El hombre solo puede contentarse con algo que será siempre más de lo que nunca podrá alcanzar. Necesitamos tener esperanzas que día a día nos mantengan en camino. Es cierto. Pero sin la gran esperanza, que ha de superar todo lo demás, aquellas no bastan. Esa gran esperanza sólo puede ser Dios. La esperanza de los que sufren. Un Dios que abraza el universo y que propone y da lo que nosotros por sí solos no alcanzamos. Lo afirmó Benedicto XVI en Spe salvi. Sólo su amor da la posibilidad de perseverar día a día sin perder el impulso de la esperanza en un mundo imperfecto. Chaleco salvavidas en la corriente de la existencia. Antídoto contra toda desesperanza.
