Cuando alguien busca la muerte es porque, en realidad, ya está muerto. El suicidio juvenil es una página inédita en la historia de la humanidad, una patología moral contemporánea.
Los sentimientos humanos son indefinibles. Se les conoce por analogía. Van del negro al blanco a través de todo el arco iris La pena suele ser negra pero tiene matices. Algunos poetas románticos del siglo pasado, algo cursis, la compararon con las hojas de los olivos. No es cierto; los olivos ríen cuando los flamea la primavera. En cambio, la tristeza que abruma los ojos no ríe nunca. Pienso todo esto mientras observo la cara de la atractiva Paris Jackson en un periódico de gran tirada. Paris es hija del desaparecido Michael Jackson, el mítico rey del pop. Como se sabe, Paris ha intentado suicidarse a los quince años. Con sólo quince años, cuando la ilusión pinta flores sobre el futuro. La foto de Paris debe estar tomada poco antes del intento de suicidio porque sus pupilas denuncian el hastío de quien no tiene nada que esperar. ¡A los quince años! El suicidio es algo contra natura. Todo en la vida tiende a vivir. Cuando alguien busca la muerte es porque, en realidad, ya está muerto. El suicidio juvenil es una página inédita en la historia de la humanidad, una patología moral contemporánea. Morir al principio del camino es como enmudecer a un jilguero, destrozar un jazmin, pisar una rosa .
Shafer, un pensador cristiano inglés, dice que hay “polvo de muerte en la ciudad”. O sea, que sobre la sociedad actual se extiende una especie de gran sudario. Leo una estadística infernal. Miles de chicos menores de catorce años tienen que ser tratados de borracheras extremas, de comas etílicos, cada domingo de madrugada. ¡Se están muriendo! No saben reír. Puede que nadie les haya enseñado. Hemos construido una torre de Babel tan alta como el cielo. No hay necesidad de Dios pero un polvo de muerte llueve sobre la ciudad.
