Artículo de opinión publicado el martes 18 de junio en la columna "El Alféizar" de diario SUR. «Es necesario que valiente e inteligentemente el cristiano exprese en quién cree y qué consecuencias se derivan de esta fe. Urge que los cristianos despierten del letargo en el que han permanecido para advertir que la fe importa. Hay quien se empeña en silenciar la voz de los cristianos.»

Patronos

Málaga está hoy de fiesta. Quiénes son los protagonistas de la fiesta: Ciriaco y Paula.  Dos cristianos que fueron asesinados a causa de su fe. Su secular vinculación con Málaga, más de siete siglos, actualiza cada año la memoria de los creyentes perseguidos. Algo que no es exclusivamente propio de épocas pasadas. Existe una larguísima tradición de persecución contra los cristianos en todo el mundo. Y en todas las épocas. Hoy continúa habiendo persecución y muerte contra los cristianos. En 23 países islámicos existe persecución sistemática contra ellos. Y según la Organización para la Seguridad y la Cooperación en Europa - OSCE, el número de cristianos muertos anualmente por su fe sería de unos 105.000. 

He ahí la actualidad de Ciriaco y Paula: no solo regalan a Málaga  un día de fiesta, dan nombre a Martiricos o a una barriada como Santa Paula; sino que actualizan la dramática situación que viven hombres y mujeres, también niños y jóvenes en el mundo, por el mero hecho de ser cristianos. Aunque también se erigen como modelo de valentía para quien siendo cristiano experimenta la persecución o el desprecio. Porque la presencia pública del cristianismo, salvando determinadas manifestaciones populares que dan voto y dinero, son frecuentemente cuestionadas.  Hasta el punto que hay partidos políticos que expresan como bandera el cuestionamiento sistemático de los presupuestos eclesiales católicos olvidando que hay cristianos a la izquierda y derecha.

Es necesario que valiente e inteligentemente el cristiano exprese en quién cree y qué consecuencias se derivan de esta fe. Urge que los cristianos despierten del letargo en el que han permanecido  para advertir que la fe importa. Hay quien se empeña en silenciar la voz de los cristianos. De la Iglesia católica.  La laicidad comporta que el Estado no considere la religión como un sentimiento individual que se debería reservar al ámbito privado. Al contrario, la religión, organizada en estructuras visibles, debe ser reconocida como presencia comunitaria pública. Algo que en la actualidad se da. Pero no exento de dificultad. Mientras esto se vive todavía son muchos los que se atreven a desertar de la multitud distraída.