He tenido la oportunidad de sentarme en un precioso jardín ubicado en el Palacio Episcopal malacitano. El lugar es un remanso de paz que se agradece en medio del bullicio y el calor de un mediodía del seudo verano en el que nos hallamos inmersos.
Pese a los años que llevo rondando por los alrededores de calle Fresca jamás había aposentado mis reales en dicho lugar, en unos muebles que parecen arrancados de aquella deliciosa serie de la tele -en blanco y negro- denominada –con perdón- “El Séneca”, con guión de un “maldito” para los modernos: D. José María Pemán.
El motivo de mi visita a aquellos lares era el encuentro con un viejo amigo –amigo y viejo- que aun conserva el porte señorial, que traía de serie, y su calidad de noble de la rancia y monumental Antequera. Ignacio Mantilla, que de tal sacerdote estoy intentando escribir, es un amigo-cura, en ese orden, desde hace muchos; demasiados años. Hemos toreado al alimón morlacos muy difíciles con una simbiosis nacida de los carismas y preparación de cada uno. Hemos visitado médicos para que se cuidaran de nuestras dolamas menisco-rotulares, nos hemos puesto la rodilla de hierro casi simultáneamente y, sobre todo, disfrutamos de largas conversaciones en las que nos reconciliamos el uno al otro, aunque el negociado de la confesión sacramental lo lleva él, y acabamos abrazados y agradecidos el uno al otro.
En esa residencia sacerdotal de calle Salinas, se encuentra un grupo de amigos sacerdotes: Diego Gil Biedma e Ignacio Mantilla entre otros, que han vivido y convivido con muchos de nosotros, aquellos que hemos dedicado parte de nuestra vida a evangelizar en la medida de nuestras posibilidades. Curas de “escopeta y perro”, tales como Ángel Rodríguez, Paco Martín, Pepe Burgos, Antonio Gómez, Sergio Ferrero, Alfonso Arjona, Manuel Gámez, Fernando Jiménez Villarejo, etc. Curas a los que denomino “viejos rockeros” que han sabido servir y servirse de los seglares en la nueva evangelización.
Sin olvidar al “cabo”. El que más me ha animado y me sigue animando desde la distancia. Mosén Buxarrais. Que se aventuró y confió en este humilde servidor como transmisor del Evangelio y al que proveyó, junto a otros, de una credencial para transmitir el Evangelio allende las fronteras.
Ciertamente los curas de hoy son tan buenos como aquellos. O mejores. Pero yo hablo de los que han compartido con nosotros su ilusión, su esperanza y su fe. De aquellos con los que hemos envejecido. De los que perviven a la sombra de la torre de la Catedral de la que son un apéndice vivo.
