La identificación de Jesús con los pobres no admite interpretaciones: «cada vez que le distéis de comer a uno de éstos me distéis a mí».

El Papa no ha inventado nada

Celebramos los cien días del pontificado de Francisco I. Los periódicos, que habitualmente se interesan por este tipo de noticias, lo reseñan con mayor o menor intensidad según la distancia que, estratégicamente, quieran marcar con respecto a la Iglesia. Hay algunos, como “El Mundo”, ecléctico en cuestiones religiosas, que ocupa una parte amplia de su portada con una foto del pontífice en la plaza de San Pedro. Selecciona, además, frases del Papa. Alguna de ellas, han producido una reacción crítico-negativa en sectores autodenominados "católicos de toda la vida". De manera especial, aquella que dice: «Me gustaría una Iglesia pobre y para los pobres».

Lo verdaderamente curioso es que, en esta ocasión, las críticas parten no sólo de los “de toda la vida” sino también de la llamada “izquierda” que las interpretan como puro oportunismo vaticano. O sea, en este caso -¡hay que ver!- los extremos se tocan. Un emparejamiento difícil de deslindar.

Merece la pena recordar que la pobreza va intrínsecamente unida a la enseñanza de Jesús y, sobre todo, a su misma persona. Siempre me han emocionado las palabras del Señor: «las raposas tienen madrigueras y las aves nidos. El Hijo del Hombre no tiene donde reclinar la cabeza». Aún más, la identificación de Jesús con los pobres no admite interpretaciones: «cada vez que le distéis de comer a uno de éstos me distéis a mí».

No; el Papa no ha inventado nada nuevo. Cualquiera que repase la doctrina social de la Iglesia lo comprobará enseguida.
Pero hay algo que llama la atención. Me refiero a la concurrencia de pareceres entre dos sectores secularmente opuestos ¿Por qué será? ¡Cualquiera sabe!

¡Ah! Merece la pena recordar que el Papa habla a la Iglesia; a toda la Iglesia, no al segmento clerical de la misma. Cualquier católico debe tener presente que la pobreza cristiana consiste, sobre todo, en erradicar del corazón el afán de tener, eso que, en cuanto te descuides, termina en codicia.