Lo que sí está claro en Europa es que su espíritu, su génesis, su pedagogía la aportó el cristianismo. Fue el cristianismo quien destruyo lo ídolos y creó el signo de la cultura común.

La vaciedad de Europa

Rajoy viene contento de la última cumbre europea. ¡Qué bien! Hombre, en cierta medida, cabía esperarlo. Por primera vez, un presidente español va a una negociación con algo inédito, algo que, según mis cálculos, no se daba desde Atapuerca; la unión y concurrencia de pareceres entre los diferentes partidos, grupos y partidillos.

Dice Rajoy que la crisis se diluye como los nubarrones detrás de las tormentas. Dios lo quiera. ¡Dios lo quiera! Si existe algo que hace tabletear las conciencias es la angustia de quienes salen adelante cada día con un pez porque “nadie les da una caña de pescar”.

Cuando Europa comenzó a nacer en medio de mil reticencias y escepticismos, los padres de aquella nación inicial pusieron su énfasis en erradicar la violencia. Acababan de salir del horror de los que consideraban a Europa propiedad de los blanquitos, rubios y de ojos azules, frente a la mediocridad incuestionable de los pelinegros de talla mediana y baja. Aparte de eso la Historia tampoco les alentaba. Desde el Imperio, los señores feudales habían atomizado esta vieja tierra y puesto banderas de colorines en cada patria, defendida por feroces y heróicos europeos. Ahí están las mismas fronteras más espaciosas pero con el mismo egoísmo.

Y viene Rajoy, henchido de amor patriótico y con promesas de pan y empleo. No sé si Rubalcaba lo hubiera hecho mejor, pero se me da una higa el nombre del protagonista; cualquiera de ellos vocifera entre bastidores y olvida el guión cuando entra en escena.

Lo que sí está claro en Europa es que su espíritu, su génesis, su pedagogía la aportó el cristianismo. Fue el cristianismo quien destruyo lo ídolos y creó el signo de la cultura común.

Europa nacerá a la solidez común desde su cultura compartida, el cristianismo, o será poco más que un nombre, una denominación en el mapa mundi.