Vivimos -si se me permite decirlo así- en permanente expectativa de corrupción. Se está produciendo una perdida colectiva de autoestima.
En las sociedades mediáticas, como la nuestra, las emociones populares duran tanto como la causa que las provocan. Después, todo se diluye y pasan a la categoría de efemérides. la opinión “de la calle” tiene la vida policolor y efímera de una mariposa. Lo contrario termina por crear un peligroso síndrome de angustia colectiva. Es lo que sucede ahora mismo en España. Vivimos -si se me permite decirlo así- en permanente expectativa de corrupción. Se está produciendo una perdida colectiva de autoestima. Acabo de saber a través de una estadística muy bien elaborada que los europeos consideran a los españoles bastante mejores que los españoles a sí mismos. ¡Así es!
Desde luego, la corrupción está ahí; en el día a día. Inicia páginas de periódicos “abre” diarios y telediarios, suena en comentarios y tertulias…
Con todo, lo más llamativo, o perjudicial, no está ahí sino en el círculo egocéntrico colectivo que inmediatamente se produce alrededor del hecho corrupto. Parece que la consigna se centra en una especie de acuerdo tácito: el enemigo siempre vive enfrente, el colega es virtuoso con razón o sin o sin ella.
Cada día las distintas prospecciones de audiencia son más elocuentes. Los políticos constituyen el segmento social más desprestigiado de la sociedad. Simplemente el enunciado “político” produce la connotación de embustero, engañoso, manipulador… o cosas peores.
Urge una regeneración. Es necesaria una individualización de la culpa. Alguien no hace el bien o el mal por el hecho de su adscripción más menos publicada a una causa o ideología. La corrupción va ligada a la conciencia individual no al grupo y, precisamente, sería el grupo el primero en denunciarlo.
