¡Que no digan de nosotros –todos los que nos dedicamos de alguna forma a comunicarnos con los demás- que nos quedamos en unas palabras vacías que no se refrendan con hechos!
Los que solemos hablar o escribir mucho, hemos de tener muy en cuenta el adagio que pontifica: “somos dueños de nuestros silencios y esclavos de nuestras palabras”. Los políticos, ni caso. Nos han enseñado a tergiversar el significado de aquello que dijeron en su día y niegan la mayor. Pero el pueblo sencillo, el que escucha pacientemente, guarda en su memoria aquello que se le dijo, especialmente si afecta al sentido de su vida o de su futuro.
Las personas estamos sometidas a los avatares de nuestro sino. Las circunstancias, a veces, nos llevan a actuar en contra de lo que sentimos, proclamamos o pedimos –cuando no, exigimos-, a los demás. Pero ya el Evangelio de San Mateo –que no fue escrito ayer, precisamente- nos advierte: «ustedes hagan y cumplan todo lo que ellos les digan, pero no se guíen por sus obras, porque no hacen lo que dicen».
Este preámbulo viene a cuento de la experiencia vital de los mayores. Tenemos que seguir dando la talla. Pese a lo que pese y pase lo que pase. Personalmente estoy pasando una racha bastante mala en lo que respecta a mi auto-estima. Lo que provoca un desequilibrio que, sin querer, se transmite a tu alrededor. A lo largo de mi vida he tenido la oportunidad de proclamar –en la medida de mis posibilidades- mi fe y mis conocimientos a muchas personas, quizás a demasiadas y, con seguridad, no todo lo bien que hubiera debido. Entre otras dedicaciones, he impartido cientos de Cursillos Prematrimoniales en el Arciprestazgo de Miraflores con el cura Diego y Rafael Linares (que en paz descansa). En uno de ellos, mi mujer y yo nos encontramos en la primera fila a una de nuestras hijas que preparaba su inminente boda.
Aquella charla fue muy especial. En ella nos jugábamos mucho. Al terminar, mi hija, que es tan llorona como yo, se nos abrazó emocionada. De eso hace casi seis años. Hoy recibo una carta de esta hija mía que me pone firme. “Que el sol nunca se ponga en nuestro enfado”. Una frase que se me ocurrió decirle –no sin razón- a los receptores de aquella charla.
Hoy mi hija me lo recuerda –lo cual agradezco infinitamente- y me pide cuentas de mis palabras. ¡Que no digan de nosotros –todos los que nos dedicamos de alguna forma a comunicarnos con los demás- que nos quedamos en unas palabras vacías que no se refrendan con hechos! Y si no, nos callamos. Calladitos estamos más guapos. Habrá que hacerle caso.
