Hay mucha gente con la conciencia muerta. Andan, piensan y ríen triunfadores incluso pero, por dentro, hace tiempo que murieron. Es un misterio moral, no biológico.

Un llanto por la conciencia

La excarcelación de la etarra Inés del Rio por sentencia firme del tribunal de derechos humanos de Estrasburgo ha conmocionado a España. Hay mucho dolor fresco en cientos de familias españolas; la risa de connotaciones retadoras que aparecía en la cara de la liberada tuvo un efecto casi eléctrico en la población que seguía sus primeros pasos en libertad a través de la televisión. La Ikurriña ondeó protectora sobre la cabeza de Inés y una pequeña comitiva acompañante, casi solemne, desapareció enseguida.

Veinticuatro muertos, según cálculos más o menos exactos, quedan para siempre en la conciencia de la protagonista. ¡Quién sabe si alguna que otra vez vienen a los recuerdos de su conciencia! La conciencia es caprichosa y, de vez en cuando, reiterativa. No creo que un icono vistoso y multicolor como la bandera de Euskadi pueda mitigarlo. A no ser que se esté muerto. Hay mucha gente con la conciencia muerta. Andan, piensan y ríen triunfadores incluso pero, por dentro, hace tiempo que murieron. Es un misterio moral, no biológico.

Esta sociedad comienza a perderse lenta pero firme del lugar donde habitan los “porqués”. El porqué es una exigencia de la condición humana. ¿Por qué han muerto, sin porqué alguno, casi mil personas en holocausto a la patria vasca? Si alguna vez surge desde la inanidad del “sinsentido” la nación vasca, tendrá que preguntarse por el peso da alrededor de mil muertos. No es, precisamente, un palmarés glorioso.

Quiera Dios que pronto se cierre este capítulo de la Historia. Quiera Dios que Inés y todas las “Inés” de esta travesía patriótica renazcan y justiprecien el artificio de mil patrias frente al valor intrínseco una vida. Con mil banderas incluidas claro.