Sostener una red de de espionaje es mucho más caro que dar de comer a casi toda África, que enseñar a leer a millones de niños en Asia… qué más da.

Obicuidad

O sea, que, según varios papeles secretos del ex espía Snowden, los tentáculos de la CIA abarcan la práctica totalidad del mundo. Muy pocos países se han librado de esta especie de “gran hermano” que es la agencia americana. Pero antes de poner el grito en el Pentágono, sería saludable -moralmente saludable- que todos reconociéramos cuanto nos gustaría tener un pentágono particular algo más eficaz que el de andar por casa. Ocurre, sin embargo, que los precios se han puesto por las nubes. Aún así, la verdad es que a costa de grandes esfuerzos, todo el mundo tiene un par de espías de cabecera. Insisto, con mucho sacrificio. Da miedo y algo de mareo hacer cálculos sobre el bonito juego consistente en meter la nariz en la casa del vecino. Y, luego quejarse con arte, hombre. Todo el mundo lo hace pero no todo el mundo se queja con la misma intensidad y salero.

Algunos optimistas están convencidos de que el ser humano se va haciendo diferente a medida que se aleja de las cavernas. No es así. La esencia de la vida humana no ha cambiado; sólo la maquinaria. Quizá, también, el frío. Hay un frío que inunda el mundo y hiela las almas. Sostener una red de de espionaje es mucho más caro que dar de comer a casi toda África, que enseñar a leer a millones de niños en Asia… qué más da. Hacer todo eso no es barómetro capaz de medir la dignidad de las naciones. Alcanzar la posesión de un arsenal atómico, sí. Sólo las grandes naciones, las poderosas, tienen capacidad para hacerse temer. Y sólo los temibles reciben beneficios en razón directa con sus bombas. ¡Ah! Y una buena red de espías.

Da vértigo pensar que siempre ha sido así, que el ser humano ha cambiado de traje pero no de corazón. Y, claro, también el calibre de sus bombas. Lo del corazón es otra cosa. El corazón sólo lo cambia Jesucristo, el hijo de Dios.