En noviembre, la naturaleza enseña el esqueleto de los árboles sin el más mínimo pudor. Y todo amarillea como las calaveras. La muerte ronda por aquí y por allá. Todo parece querer reflexionar sobre la velocidad de la vida.

El esqueleto de los árboles

Noviembre es un mes tristón; de pronto las noches profundizan su oscuridad y a los árboles se les caen las lágrimas en cuanto llega la mañana. Pues por eso. Quiero decir que, como la naturaleza marca\marcaba los estados de ánimo, las viejas paganías entronizaron a noviembre como el mes de los muertos. Luego, la tozudez meteorológica cristalizó en costumbre y, enseguida, llegó la rutina.

La rutina es pegajosa, lo amarillea todo. El gran poeta León Felipe decía con referencia a la rutina: «Para enterrar a un muerto cualquiera es bueno… cualquiera menos un sepulturero». Y así, los cristianos hemos vestido de negro las puertas de la vida. Y no lloramos un poco como se hace con lo transitorio; lloramos como si la muerte fuera definitiva.

El apóstol Pablo tiene un gran interés por la muerte. O, dicho de otra manera, trata de separar la muerte cristiana de la otra. De aquella otra que entrá en el espacio de los muertes. Hay dos muertes porque Jesús dijo: «Deja que los muertos entierren a los muertos. Sígueme».
Ya digo, San Pablo lo tiene claro: «Ninguna condenación hay para los que mueren en Cristo».

Es que, en noviembre, la naturaleza enseña el esqueleto de los árboles sin el más mínimo pudor. Y todo amarillea como las calaveras. La muerte ronda por aquí y por allá. Todo parece querer reflexionar sobre la velocidad de la vida. Aquí, al oeste del mundo, cada vez más gente tiene asperezas en el corazón así que, por ejemplo, han puesto cuchillas en la frontera de Melilla. Se disipa la humanidad a velocidad mortecina. Luego, resulta que tenemos colesterol en el alma. Ése es peor que el otro. Y lloramos a los muertos tal y como si Jesucristo no hubiera resucitado.