Está claro, ¡ha llegado la Navidad! Se percibe en las mil y una lucecillas artificiales que tratan de endulzar el ambiente. También, claro, en los repetitivos “peces en el río” que suenan por los grandes, pequeños y minúsculos comercios. Hay que incentivar el consumo ¿Es necesario?
Pues…sí. Hay que hacerlo. Nuestra sociedad es una maldición que vive y sobrevive para eso.
La economía es una ciencia difusa y prepotente que abarca desde la físico-matemática hasta la metafísica: Se apoya – hay que ver- no solo en la técnica sino en los sentimientos, deseos, vanidades y amores de la gente.
La economía es la ciencia de las ciencias, ¡la reciencia, hombre!. Un profesor de economía enseñaba a sus alumnos: “el que, llevado por la publicidad motivadora, no compra más de lo que necesita, o es tonto o está muerto”
Beben y beben y vuelven a beber…
En la Navidad de la Historia se produjo un hecho que no cabe en cabeza humana. Dios, el que creó los cielos y la tierra, el autor de la física y la metafísica, se hizo hombre en un lugarejo desconocido del mundo.
Dios-Jesucristo amó a su criatura hasta la contradicción de ser Dios, capaz de levantar a un muerto de la sepultura con su sola voz y “no tener donde apoyar la cabeza”.
Me gusta la Navidad pero me fastidia que la conviertan en corbatas, perfumes y cancioncillas surrealistas.
En la Navidad, Dios se hizo hombre entre los hombres. Es tremendo, increíble, pero nunca se ha hecho nada más auténtico verdadero y maravilloso
