La cuaresma es tiempo privilegiado de encuentro con Dios y con uno mismo. Desperdiciarla es despreciar un tiempo precioso y de gracia.
Un buen puñado de horas que la liturgia católica ofrece para que de la mano de los textos sagrados y prácticas milenarias nos encontremos con Dios y nuestra interioridad en estado puro. Cruda y desnuda. Inmersos en plena Cuaresma con oraciones y liturgias aprendidas hay quien pasa de puntillas por encima del corazón propio y ajeno. Olvida mirar a otros sitios y otros rostros con los mismos sentimientos de Jesús de Nazaret. Hay quien aprovecha este tiempo de conversión para volver a Dios (tob). Son los otros. La Pasión de Cristo se desenrolla interminable y cruelmente en otras pasiones grabadas a fuego en la piel humana. Pasiones que necesitan conocer quién los ha amado primero. Pretender liberar un mundo que no se conoce es una empresa imposible y ridícula. Paradójicamente hay quien busca evangelizar sin girar el rostro a la Palabra encarnada que lo ha redimido amándolo. Sin trastocarse. Olvidó aprender de quien amó primero y que la mejor forma de conocer es amar sencilla y vulnerablemente. Quizá por esta razón tiene poca importancia para algunos todo.
