En pleno Domingo de Ramos Jesús de Nazaret entra en Jerusalén. En territorio de Poncio Pilato, el gobernador de perfil resolutivo. Se introduce en la ciudad gobernada políticamente por un tipo que no terminará de entender la insistencia y la presión que recibe para dictar la sentencia de muerte contra Jesús de Nazaret.

Pilato no es un monstruo de maldad.  De hecho, buscará el modo de liberarlo. Pero su corazón está dividido. También quienes gritan y piden la muerte de Jesús no son monstruos de maldad. Muchos de ellos, el día de Pentecostés, cuando Pedro les recuerde que mataron en una cruz a  Jesús Nazareno, a quien Dios acreditó ante  ellos entenderán la barbaridad que supuso apoyar la muerte del Nazareno. Pero en aquel momento, donde todos empujan en la misma dirección, están sometidos a la influencia de la muchedumbre. A la presión social. Gritan porque gritan los demás. Y así la justicia es pisoteada por las presiones, por miedo, por ignorancia. Porque se impone la mentalidad dominante.

La sutil voz de la conciencia es sofocada por el grito de la muchedumbre. De quienes gritan. La indecisión y el respeto humano dan fuerza al mal. Cristo será condenado a muerte porque el miedo al qué dirán sofoca la voz de la conciencia. Sucede siempre así a lo largo de la historia: los inocentes son maltratados, condenados y asesinados. Demasiadas veces se prefiere el éxito a la verdad, nuestra reputación a la justicia.  Urge reforzar en nuestra vida la sutil voz de la conciencia. Máxime en una sociedad donde impera lo políticamente correcto. Donde las ideologías del postureo ahogan la voz de la verdad.