Es Lunes Santo. Acercarse a los hombres y mujeres que viven sin fe o se alejan de ésta fruto de la tendencia a un secularismo sin Dios puede ser un ejercicio muy sano.
El vacío y la maldad del corazón fruto del poder, del egoísmo o la soberbia que busca desplazar el papel de Dios en la vida se evidencia dramática y aburridamente. Como si de un erial se tratase. Dramáticamente esta realidad puede llegar a vivirse en cualquier lugar. También en el seno de la comunidad cristiana católica. Cuántas veces se deforma y abusa de la Palabra de Dios. Qué poca fe hay en muchas teorías, cuántas palabras vacías. Cuánta suciedad entre los que deberían estar completamente entregados a Dios. Cuánta soberbia, cuánta autosuficiencia. Qué poco se respeta el Evangelio. También esto está presente en su pasión. La traición de los discípulos, la recepción indigna de su Cuerpo y de su Sangre, es ciertamente el mayor dolor del Redentor, el que le traspasa el corazón.
En ocasiones la Iglesia Católica parece una barca a punto de hundirse, que hace aguas por todas partes. También un campo donde vemos más cizaña que trigo. Abruma el atuendo y el rostro tan sucio. Lo empañan los propios cristianos. Quienes lo traicionan con gestos ampulosos y palabras altisonantes. Al caer en el pecado la comunidad cae en tierra y Satanás se alegra. Porque espera que ya nunca podrá levantarse. Espera que siendo arrastrada en la caída quede abatida para siempre. De ahí la importancia de llamar a las cosas por su nombre: el pecado aleja de Dios. Y no se puede maquillar, es una deshonra al nombre de Dios.
