La tarde del Jueves Santo, envuelto en brisa suave, sella un testamento en el marco definitivo de una cena con el círculo íntimo de amigos de Jesús. Un testamento que combina palabra, emoción y determinación.
El Maestro los conoce bien. Aquella noche todos cenaban juntos, compartían fiesta y el testamento de Cristo: «Amaos los unos a los otros, como yo os he amado.» Jesús en la última cena con sus amigos antes de que sus brazos extendidos entre el cielo y la tierra trazasen el signo imborrable de la alianza entre Dios y el hombre, siente como si de un bocado en las entrañas se tratase, la incomprensión, infidelidad y traición de su círculo de amigos.
Unos minutos más tarde, el Nazareno orando en el huerto experimentará la soledad última, el tormento de ser hombre, la ruptura interna que delata el combate con las tinieblas. Tiembla. Tiene miedo. Es la hora de la prueba, el momento donde se muestra el lado más humano y animal de Jesús. Cristo experimenta su soledad más absoluta. La aceptación de la voluntad del Padre para su vida desencadena su apresamiento. El desgarro interno del Nazareno genera un escalofrío interior incapaz de ser controlado.
