No soportamos el silencio. Más del 67% de los hombres y del 25% de las mujeres sometidos a 15 minutos de silencio preferían recibir una molesta descarga eléctrica con tal de salir de aquellos 15 interminables minutos consigo mismos.

La música callada

El pasado domingo fui a la playa. Me parece una de las experiencias más gratificantes del verano. Tumbarte en la arena, bañarte en el mar, sentir que te fundes en un abrazo con la naturaleza, como recuperando una vieja amistad que siempre sigue viva, aunque la frecuentes menos de lo que te gustaría.  Lo mejor es la sensación de que no tienes que controlar nada, de que todo sigue su curso, que es el curso que debe seguir. Las risas de los niños construyendo castillos de arena, el ruido de las olas que se deshacen de amor a la orilla… en definitiva, la paz del no-ruido.

Estaba en aquella contemplación interior cuando alguien pulsó el botón off. O más bien, al contrario. Una pareja mayor se instala a unos metros y, tras calarse gorra y pamela y echarse el bronceador, instala una radio colgante en uno de los enganches de la sombrilla, cual bandera de la postmodernidad. El recital de canciones que siguieron no parecían despertar en ellos más interés que en el resto de veraneantes, pero ese detalle debía de ser lo de menos. Lo importante era que algo sonara, que alguien apagara ese insidioso silencio que ofrece la vida cuando se quiere escuchar, que hubiera ruido… para no caer en el vacío de la plenitud que nos aterra.

Esta experiencia me ha hecho recordar un experimento que hace unos días compartían conmigo, en el que investigadores de la Universidad de Virginia (Estados Unidos) descubrían que no soportamos el silencio. Más del 67% de los hombres y del 25% de las mujeres sometidos a 15 minutos de silencio preferían recibir una molesta descarga eléctrica con tal de salir de aquellos 15 interminables minutos consigo mismos. Y me observo a mí misma, pensando si no tendré nuevos mensajes en el WhastApp o alguna interacción en las Redes Sociales mientras tecleo en este folio en blanco, perdida en el ruido de no estar en ningún lugar al querer estar en todos a la vez. Y miro a mi hijo, y veo su necesidad de estar siempre haciendo algo, siempre en movimiento, con muy pocas experiencias de inactividad y silencio.

Finalmente miro al Sagrario. Aparentemente no pasa nada. Entro en oración… quietud, silencio… y vienen a mi memoria las palabras del hermano Rafael Arnáiz:

«Mucha gente me pregunta acerca del silencio de la Trapa, y yo no sé que contestar, pues el silencio de la Trapa no es silencio..., es un concierto sublime que el mundo no comprende... Es ese silencio que dice "no metas ruido, hermano, que estoy hablando con Dios..." Es el silencio del cuerpo para dejarle al alma gozar en la contemplación de Dios. No es el silencio del que no tiene nada que decir, sino el silencio del que teniendo muchas cosas dentro y muy hermosas, se calla, para que las palabras que siempre son torpes, no adulteren el diálogo con Dios».

Hago mías las palabras del santo trapense, «callemos a todo, para que en el silencio oigamos los susurros del amor, del amor humilde, del amor paciente, de amor inmenso, infinito que nos ofrece Jesús con sus brazos abiertos desde la Cruz».