En el capítulo inicial de la tercera temporada de la serie \'Isabel\' -por cierto de una calidad extraordinaria- he presenciado una escena en la que el confesor de la Reina, el, por entonces franciscano, Cisneros, explica la presencia del consagrado como representante de la comunidad.
El franciscano Cisneros hace de mediador entre el penitente y el Supremo Hacedor. En el diálogo recogido lo transmite con una sencillez, al tiempo que profundidad, que es entendible por todos.
Por otro lado, estoy leyendo en estos días la trilogía de Arturo Barea que publicó con el título 'La forja de un rebelde'. En este excelente y largo relato, el protagonista -que no es otro que el autor- lucha entre una búsqueda de Dios y un ateísmo militante sustentado por unos prejuicios anticlericales y la vivencia de una Iglesia politizada y dividida por el terror y la persecución por ambas partes.
En esta novela -basada en hechos reales- uno de los muchos personajes de la misma, ante el peligro de muerte inminente, decide contar al protagonista su vida. Necesita liberarse de la carga que lleva en su conciencia de los hechos puntuales en los que se ha comportado mal. Se trata de un guardia civil que le hace de guardaespaldas. En un momento, relata el autor, “un día entró en mi cuarto, se atragantó, se les llenaron los ojos de agua y me alargó un puñado de papeles: allí había escrito todas las cosas malas que había hecho en su larga vida... quería que yo se lo contara al mundo como una penitencia para que él pudiera quedarse en paz”.
A lo largo de mi vida he realizado un acto similar en varias ocasiones. Pero en el sitio adecuado y con la persona adecuada. Hace mucho tiempo que comprendí lo que explicaba el Cardenal Cisneros a Isabel la Católica. Entiendo que, en esas palabras, o cuartillas, me estoy reconciliando con los hermanos a través del sacerdote que representa a Jesús. El final es una paz infinita en nuestro corazón. Un encuentro con el hombre-sacerdote amigo, que recomiendo a cuantos de vosotros, especialmente a los del “segmento de plata”, habéis abandonado la practica reconfortante de la reconciliación. Dios nos perdona siempre. A nosotros nos cuesta más trabajo perdonarnos a nosotros mismos.
