Durante toda mi vida, cuando me he enfrentado a personas que son victimas de la abulia y se dedican a pasar la vida en vez de a vivirla, les he recomendado que dedicaran su tiempo libre, que normalmente es mucho, a hacer algo productivo. Cuando les he puesto algún ejemplo, inmediatamente, dicen “yo no sirvo para eso”. Por el contrario, cuando van de prepotentes contestan “yo no he quedado para eso”.
Esas actitudes se desarrollan a todas las edades, pero especialmente se acentúan cuando se entra en el “segmento de plata”. La repuesta es siempre similar: a mi edad… yo no estoy en edad de aprender… eso, cuando era joven… etc. Siempre les digo lo mismo: no todo el mundo sirve para todo, pero todos servimos para algo.
Me ha venido esta reflexión ante la lectura de la 1ª Carta a los Corintios de San Pablo, que se ha proclamado el pasado martes. En síntesis, el Apóstol nos habla de la diversidad de dones y el aspirar a los mejores. Es decir, a vivir el estilo de vida de Jesús, sirviendo a los que lo necesitan, escuchando a los que nos rodean y dándonos en lo poco o lo mucho que podemos valer.
He vuelto a recapacitar sobre la gente buena que he conocido, muchísima, a lo largo de mi vida y, a todos ellos, nunca les ha faltado no sobrado tiempo para nada. Creo que es cuestión de establecer una jerarquía de valores. No nos tenemos que comer el mundo, solamente tenemos que hacer más habitable el pequeño mundo que nos rodea. Al final todos servimos para algo… o para alguien. Tan solo hay que mirar al prójimo…
Perdón al próximo.
