La violencia no está en el futbol, sino en el corazón, ese lugar que, más allá de lo físico, designa el interior del ser humano. La Biblia dice que el corazón del hombre es “engañoso”. La experiencia lo confirma a poco que se quiera observar con imparcialidad.
Algunos analistas de la historia afirman que no ha existido un día sin guerra. Aquí o allá, nunca ha reinado la paz en la totalidad del mundo. Y puestos a observar, observaremos que la inmensa mayoría, los grandes y pequeños inventos que confortabilizan nuestra vida diaria fueron, en principio, instrumentos de guerra, se inventaron para matar. Después- solo después- se convirtieron en objetos de consumo. Los últimos sucesos protagonizados por la barbarie de lo que suele llamarse “hinchada” no son una novedad, ni tan siquiera un hecho aislado de enloquecimiento partidista; se trata de la manifestación de algo muy humano que aflora cuando las circunstancias lo propician.
Pero es cierto que, en esta época, la violencia invade el día a día con mayor fuerza que nunca. La propicia el individualismo radical, una tendencia instalada en el comportamiento como forma natural de vida. La existencia se ha convertido en la persona autodefendida dentro de su reducto individual. Recuerdo una película americana de no mucha importancia en el ámbito cinematográfico pero con alguna secuencia que hace pesar. Consiste en la sencilla historia de un buen hombre al que todos le quieren por su deseo de hacer bien a los demás. Le nace un hijo y todos van a felicitarle. Tan solo uno, aislado y reflexivo, se le acerca, le tiende la mano y murmura al oído: “lo siento muchacho, ya tienes un enemigo en el mundo”. Es una parábola coetánea.
Uno de los grandes dramas familiares de nuestros días es la quiebra de las relaciones familiares internas. Hijos y padres se miran desde observatorios distintos y enemistados entre sí. Violencia.
El Papa ha dicho que esta es la sociedad de la indiferencia. Traduciendo, podríamos decir que esta sociedad ha llegado a un grado de desamor que cada uno solo lleva sobre sí el horizonte de su propio ombligo.
Hemos apartado a Dios de nuestro esquema de vida. Lo hemos sacado de nuestras entrañas vitales. La alternativa es nuestra propia muerte.
