Llevaba un mes en la parroquia de Arenas, Estado Sucre, Venezuela, cuando me dijeron que se aproximaban las misas de aguinaldo.
-¿De aguinaldo?
-Sí, los nueve días anteriores a Navidad.
-¿A qué hora? -A las cinco de la mañana.
Y puntualmente a esa hora, antes de iniciar la Eucaristía, el pueblo arrancaba cantando:
“Niño lindo, ante ti me rindo...”
Mi gente vivía la preparación de la Navidad, pues fueron nueve misas a iglesia llena de niños, jóvenes y adultos. Y Marisa, con su pequeña Soraya de cuatro años, en el primer banco.
En el oriente venezolano los días son muy calurosos, pero en el Valle de Cumanacoa las noches se cargan de humedad. El río Manzanares quizá tenga la culpa, pero a las cinco de la mañana había que abrigarse si no queríamos que la destemplanza se nos metiera en el cuerpo.
Las misas de aguinaldo concluyeron con la Misa del Gallo. Y, en ella, tras el evangelio, llevé en procesión la hermosa imagen del Niño Dios al pie del altar, donde habíamos colocado el Misterio. Nada más poner al Niño entre María y José, la pequeña Soraya no dejó de mirarlo. Y de pronto, cuando me disponía a comenzar la homilía, se quitó su rebeca, se arrodilló ante el Niño y le tapó el cuerpo desnudo con su prenda. Nadie se movió. Todos contemplamos en silencio sobrecogido aquel gesto de ternura. La pequeña se puso en pie, nos miró desde sus cuatro años, y dijo:
-¡Tenía frío! Y fue a sentarse al lado de su mamá.
En ese instante, recordando a Bernanos, dije:
-No os olvidéis nunca de que este mundo se mantiene en pie por la dulce complicidad de los santos, los poetas y los niños. ¡Seamos fieles a los santos y, sobre todo, al Santo de los santos, Jesucristo, que esta noche se nos ha dado hecho niño! ¡Seamos fieles a los poetas, pues la belleza salvará al mundo! ¡Y permanezcamos fieles a la infancia! ¡Ojalá vosotros niños no os hagáis nunca mayores; ojalá vosotros jóvenes no olvidéis el niño que habéis sido; y ojalá nosotros adultos conservemos el niño que fuimos! Soraya, muchas gracias en nombre del Niño Dios y de todos nosotros. Esta noche, tú has predicado la mejor homilía, así que ahora adoremos en silencio al Niño Dios y pensemos: ¿qué puedo yo darle para que no pase frío en los pobres...?
Y tras un rato de silencio, añadí:
-De pie, cantemos: Niño lindo, ante ti me rindo. Niño lindo, eres tú mi Dios...
