En el relato evangélico de este primer domingo de Cuaresma encontramos dos escenas independientes cargadas de sentido propio. En primer lugar, Jesús se dirige al desierto. No va allí por iniciativa propia, sino movido por el Espíritu. Es en ese ámbito donde aparece la tentación de Satanás. Marcos no ofrece una descripción detallada de la tentación de Jesús, pero ésta tuvo que ver con su vocación-misión mesiánica. Las tentaciones siempre apuntan a desviarnos de aquello a lo que Dios nos ha llamado, de la misión encomendada. Jesús sale victorioso porque a continuación lo encontramos predicando el Reino. En Galilea, Jesús inicia la predicación de la Buena Noticia de Dios. Anuncia que el Reino comienza a hacerse presente o lo que es lo mismo que Dios “todopoderoso” y “todo-bondadoso”, ha decidido establecer su “señorío de vida” sobre la creación, destronando los “señoríos de muerte” que amenazan al ser humano. Ante esta propuesta de Dios, el hombre, la mujer, ha de dar una respuesta si quiere entrar en ese Reino. Ésta llevará consigo una doble dinámica: “convertirse”, es decir, salir de la antigua etapa dando un giro radical a la vida; y “creer la Buena Noticia” o, lo que es lo mismo, entrar en la nueva era, aceptar el proyecto del Reino en la propia existencia. Éste exige un cambio de vida, una revolución en los valores y los comportamientos, que hará caminar al ser humano por un sendero gozoso, haciéndose más hijo de Dios y más hermano de sus hermanos. «Prepárate para cambiar y para disfrutarlo una y otra vez». (Spencer Johnson).
