La primera vez que monté en una acémila era un niño. Mi padre tenía que ir a otro cortijo y yo le acompañaba. Al montarla, él me dijo: «No temas, es un manso». Yo ignoraba lo que estaba diciendo, pero a medida que avanzábamos me fui tranquilizando, el animal parecía que sabía a quién llevaba encima. Mi padre, por el contrario, más de una vez tuvo que tirarle de las bridas al suyo. Cuando leo: «Bienaventurados los mansos, porque de ellos es el reino de los cielos», recuerdo las palabras de mi padre: «es un manso». Y es que aquel animal conocía lo que él era, el camino que llevábamos y lo que debía hacer. Ahora me digo: yo seré manso, como quiere Jesús, si sé quién soy, conozco el camino y hago lo que debo hacer. Bienaventurados los mansos, porque ellos saben que son hijos y que su filiación siempre remite al Padre. Bienaventurados los mansos, porque ellos conocen que el camino de la filiación discurre por el camino de la fraternidad, y así lo viven. Y bienaventurados los mansos porque de ellos es el Reino de los cielos, al que sabrán llegar sin desviarse de su senda.