Hace muchos años se puso de moda declamar por los rapsodas de aquellas tardes culturales, los diversos poemas realizados sobre el Cristo Roto. Proliferan las versiones del mismo; en texto, en audio y en video. Hasta alguna película se ha rodado basándose en este tema. Hoy tenemos ante nosotros la cruda realidad, que como siempre iguala o supera a la ficción.
Han destrozado y tirado por tierra el Cristo que preside mis eucaristías veraniegas. El Cristo de Lo Cea, en la torre de Benagalbón, la parroquia que arropó a mi amiga María Tapia durante toda su vida. Se trata de un crucificado realizado en serie por alguna industria de las que quedan en Olot dedicada a la imaginería. Sencillo y pobre. Como corresponde a lo que representa.
Ha sido en la noche. En la noche de la incultura y el vandalismo. En la noche en que nuestros niños aun se han esmerado en el culto a lo negativo y a la muerte inducidos por las costumbres “modelnas”. En esa noche alguien ha procurado el reverdecimiento interesado de la eterna lucha entre el Cristianismo y el Islam. En este caso claramente favorecido por el anticlericalismo militante de los movimientos políticos “culturales”.
Esto es nada comparado con el maltrato a los “Jesús” vivos de las pateras, del paro, del desamparo de los niños, los ancianos, los refugiados y los enfermos. De las familias desestructuradas y de los jóvenes pendientes del botellón, educados por los programitas tipo Adán y Eva o mujeres, hombres y… lo que sea.
Me ha dolido la imagen de ese Cristo roto por los suelos. Claro que sí. Pero sigo pensando en los otros. Los de cada día.
