La fiesta del Sagrado Corazón nos habla del mayor consuelo que tenemos, el de saber que para Jesús, nada de nuestra vida es indiferente. ¡Cuánto sabían de esto nuestros mayores! ¿verdad? En cada casa se encontraba siempre presente una imagen del Sagrado Corazón, que recibía al que llegaba, compartía las alegrías y acompañaba en los disgustos, y que nos recordaba algo que el Papa Francisco no para de repetirnos: que no se puede ser ajeno al sufrimiento del otro.
La Casa del Sagrado Corazón de Málaga cumple este año medio siglo de atención a los que nadie quiere, a los descartados, dando respuesta, en las periferias, a esas periferias existenciales que claman por una respuesta en nuestra ciudad.
Por eso, los que estáis leyendo esto hoy sabéis que está en nuestra mano hacer de cada casa, un pequeño Cottolengo, donde nunca sobre nadie y a todos se espere, donde con la ayuda de Jesús, guiados únicamente de su mano, podemos convertir el mundo a base de instalar en nuestros corazones islas de misericordia, auténticos espacios sagrados de encuentro con Dios y con los demás.
