Vivimos una tercera guerra mundial a trozos… No queremos verlo, preferimos calificarlo de “amenaza”, un miedo incierto que solo se vuelve real para algunos, en actos dispersos, en diferentes rincones del mundo.
Mientras que el camión no nos aplaste a nosotros, mientras que la ira no se cebe en nuestra carne, la violencia será sólo eso: un titular que nos hace fruncir el ceño y cambiar de actividad para que no se nos amargue la limonada.
Pero hay meses, semanas, días… en que resulta difícil permanecer indiferentes. Momentos en que parecemos pertenecer a una raza de ideólogos, más que de humanos, donde cualquier verdad es buena si tiene la hoja suficientemente afilada como para degollar al otro. Matamos a diario y por centenares. Matamos con bombas, con palabras o con desprecio. En persona y de forma virtual. Matamos pensando que así somos más libres, más autónomos, más coherentes… sin darnos cuenta de que nuestra humanidad no está completa si no existe otro al que llamar hermano.
