El crecimiento que ha experimentado la Iglesia católica en África es espectacular. Podríamos decir que se juega el futuro de su autenticidad y su servicio.
De los 750 millones de habitantes africanos, 123 millones son católicos, cifra que supone un crecimiento espectacular si se compara con el millón que eran a comienzos de este siglo o los 24 millones de 1960. Desde ese mismo año hasta el año 2000 los cardenales han pasado de 1 a 14, los obispos nativos de 40 a 405, los sacerdotes de 2.000 a 15.535. Los seminaristas mayores son casi 17.000 y los catequistas, 343.000.
Se ha traducido la Biblia a múltiples lenguas locales; se han formado miles de líderes, se han abierto escuelas, hospitales, centros de formación agrícola; se han organizado estructuras parroquiales, diocesanas e internacionales.
África -cuyos habitantes se distinguen especialmente por su amor a la vida y por su capacidad de gozar de ella- es hoy como un Israel que exige liberación del Egipto de las guerras, de las epidemias, del analfabetismo, de la falta de respeto a los derechos humanos, de las multitudes de refugiados; es como el ciego Bartimeo que grita a Jesús cuando siente que pasa. La Iglesia Católica ha recogido el grito por la vida, al afirmar en su mensaje sinodal "Cristo, nuestra Esperanza, está vivo y nosotros viviremos".
Pero hay un desafío grande: Constituirse como familia de Dios en África, o sea, inculturarse. Estar verdaderamente al servicio de los más pobres y trabajar por la paz y la justicia.
África todavía necesita de nuestro apoyo para convertirse en la nueva patria de Cristo África necesita aún nuestra oración y apoyo económico, nuestra ayuda de personal especializado que trabaje codo a codo con ellos y se vaya formando ese nuevo contexto de justicia, de paz y de concordia entre todos los pueblos y etnias africanas.
