Historia de un Viernes Santo

A sus cuarenta y tantos años, ya son más los que viste de nazareno que los que no. Y en todos ellos no había vivido una experiencia parecida, por su sencilla y profunda enseñanza espiritual. Salir acompañando a su Cristo le ofrece la oportunidad de encontrarse a solas con Él en la intimidad infranqueable de un capirote de ruán. Y en muchas ocasiones, ha sentido el gozo de ver cómo, a través de su silencio, Dios hablaba también a personas conmovidas por la presencia en la calle del Señor y de su Madre. Era una verdadera catequesis ser testigo de esos encuentros. Pero este año han sido los niños los que le han evangelizado.

Calle Carretería. Dos pequeños, un niño y una niña. Se acercan para pedir al nazareno un poco de atención en forma de mano estrechada, estampita o cera derramada. No superan los cuatro años y su madre, al ver el rosario entre los dedos del penitente, les dice dulcemente que no le molesten, que va rezando. Los niños vuelven entonces a mirar al nazareno y se colocan delante de él. "Nosotros también sabemos rezar", le dicen. Y comienzan a recitar el Padrenuestro y el Avemaría más tiernos que ha oído en su vida. Se emociona. Extiende su mano y los bendice. Y cruza la mirada con la madre queriendo darle las gracias por la sencilla lección que acaban de darle.

Sí. La calle también es lugar donde encontrar a Dios, encarnado muchas veces en los niños, que aún no han olvidado que de Él vienen, que es su Padre.