El delegado de Medios de Comunicación Social, el sacerdote Rafael Pérez Pallarés, invita a profundizar en el evangelio de hoy, 31 de mayo, (Lc 1, 39-56).
La fiesta de hoy nos coloca ante la alegría que experimentan dos mujeres embarazadas. Y ante un himno que ciertamente es revolucionario. Este canto podría haber sido reconstruido sobre los recuerdos de María de Nazaret. Nada tiene de extraño que ella improvisara este canto si se tiene en cuenta la facilidad improvisadora propia de las mujeres orientales, sobre todo si se trata, como es el caso, de un cañamazo de textos del Antiguo Testamento muy próximo al canto de Ana, la madre de Samuel. Contemplando el Magnificat, estamos frente a un espejo del alma de María, una mujer que albergó en su seno al mismísimo Dios. Ella vaso espiritual, vaso digno de honor, vaso insigne de devoción, emerge ante propios y extraños con la belleza que aporta la humildad de los grandes: ella es Torre de marfil, Torre de David, Casa de Oro, Arca de la Alianza. La Virgen María es la discípula más perfecta, la flor más bella surgida de la creación aparecida en la plenitud del tiempo, cuando Dios, mandando a su Hijo, entregó al mundo una nueva primavera.

