Homilía de Mons. Jesús Catalá, durante el funeral del canónigo Alfonso Arjona

FUNERAL DEL RVDO. ALFONSO ARJONA, CANÓNIGO

(Catedral-Málaga, 18 enero 2025)

Lecturas: Heb 4, 12-16; Sal 18, 8-9.10.15; Mc 2, 13-17.

1.- La Palabra de Dios es viva y eficaz

La carta a Hebreos nos ha recordado que «la palabra de Dios es viva y eficaz, más tajante que espada de doble filo; penetra hasta el punto donde se dividen alma y espíritu, coyunturas y tuétanos; juzga los deseos e intenciones del corazón» (Heb 4, 12).

Esta Palabra es como una espada afilada, que penetra hasta lo más íntimo del ser humano; y es capaz de cortar para sanar. No corta para hacer daño, sino para sacar lo malo, lo que no sirve, lo que debe quitarse para purificar. Dios-Padre nos regala esta Palabra, que es el Verbo divino, el Hijo.

Esta Palabra la ha regalado a todos: laicos y religiosos; y de una manera especial a los sacerdotes para leerla, meditarla, rezarla, y predicarla.

A nuestro hermano Alfonso se le confió esta Palabra en la ordenación para anunciarla y proclamarla. Hemos hecho el gesto de colocar la Biblia sobre el féretro, significando que una parte de su ministerio sacerdotal era la predicación de la Palabra. Muchos de los presentes le habréis escuchado su predicación en la que os habrá animado a la conversión.

Damos gracias a Dios por su persona, como regalo; y también por su ministerio, que muchos de vosotros habéis disfrutado. Seamos agradecidos por las personas que Dios nos regala en nuestro camino hacia él.

2.- La Palabra de Dios ilumina

La Palabra de Dios se adentra hasta las profundidades más ocultas de la persona y «nada se le oculta; todo está patente y descubierto a los ojos de aquel a quien hemos de rendir cuentas» (Heb 4, 13).

Esta Palabra ilumina el corazón del hombre, dejando al descubierto todas sus intenciones y deseos en esta vida temporal; y de manera definitiva y clara cuando pasamos a la otra vida. Ante la mirada luminosa del Señor no podemos esconder nada. Nuestro hermano Alfonso queda ahora iluminado por esta Palabra de una manera plena.

Toda nuestra vida queda a la vista ante la mirada de Dios. Aunque podamos engañar a las personas, nunca engañamos a Dios. Él nos tiene que juzgar al final de nuestra vida; sabiendo que la Palabra de Dios es siempre misericordiosa.

La muerte de un hermano nuestro es ocasión propicia para reflexionar sobre la verdad de nuestra vida. Seremos juzgados por la Palabra penetrante, eficaz e iluminadora de Dios; más aún, nos dice Jesús que ya estamos siendo juzgados: «El que cree en él (la Palabra) no será juzgado; el que no cree ya está juzgado, porque no ha creído en el nombre del Unigénito de Dios» (Jn 3, 18), porque Dios ha enviado a su Hijo al mundo para salvarlo (cf. Jn 3, 17).

3.- Mantener la confesión de la fe

La carta a Hebreos nos invita también a mantener la confesión de la fe, que profesamos en nuestro bautismo: «Tenemos un sumo sacerdote grande que ha atravesado el cielo, Jesús, Hijo de Dios, mantengamos firme la confesión de fe» (Heb 4, 14).

La vida del cristiano es una peregrinación, que inicia en el bautismo y termina en la eternidad, ante el trono de Dios. Nuestro hermano Alfonso fue llamado a la vida cristiana en las aguas bautismales; después, completó los sacramentos de iniciación y recibió el sacramento del Orden para representar al Buen Pastor.

El Año Jubilar que estamos celebrando tiene como lema “Peregrinos de Esperanza”. Pidamos, pues, que nuestra peregrinación se dirija a la meta final de nuestra vida, a la que ya ha llegado nuestro hermano Alfonso.

Damos gracias a Dios por el regalo de su persona y de su ministerio sacerdotal.

Ahora le pedimos al Sumo Sacerdote, Jesucristo, que se compadezca de sus debilidades y perdone sus pecados; porque «no tenemos un sumo sacerdote incapaz de compadecerse de nuestras debilidades, sino que ha sido probado en todo, como nosotros, menos en el pecado» (Heb 4, 15).

4.- Comparezcamos confiados ante el trono de la gracia

Tengamos confianza en el Sumo Sacerdote ante el trono de la gracia. Esta celebración eucarística nos refuerza en la fe y en la confianza en nuestro Salvador, Jesús, que nos asegura su misericordia y su perdón.

El autor de la carta a Hebreos nos anima a confiar «ante el trono de la gracia, para alcanzar misericordia» (Heb 4, 16). Eso pedimos para nuestro hermano Alfonso.

Rezamos por él para que pueda comparecer confiado ante el Juez Supremo y alcanzar la misericordia.

5.- Jesús vino a llamar a pecadores

El evangelio de Marcos presenta a Jesús caminado por la orilla del mar de Galilea que vio a Leví, sentado al mostrador de los impuestos, y le dijo: «Sígueme. Se levantó y lo siguió» (Mc 2, 14).

Jesús aceptó la invitación de ir a su casa. Ante la crítica de los escribas y fariseos, al ver que comía con pecadores y publicanos (cf. Mc 2, 15-16), Jesús les dijo: «No necesitan médico los sanos, sino los enfermos. No he venido a llamar a justos, sino a pecadores» (Mc 2, 17).

Efectivamente, no somos nosotros santos ni justos; como ha dicho tantas veces el papa Francisco, somos “pecadores perdonados” por el Señor, que ha entregado su vida por nuestra salvación.

Lo que pedimos y esperamos que le conceda el Señor a nuestro hermano Alfonso, esto es, la misericordia, la vida eterna y verdadera, la felicidad plena, eso mismo pedimos también para nosotros cuando llegue la hora de encontrarnos definitivamente con el Señor, al final de nuestra vida terrena.

Pedimos a la Santísima Virgen María su protección maternal y que nos acompañe en nuestra peregrinación de esperanza hacia el encuentro definitivo con el Señor. Amén.