DiócesisCartas Pastorales Mons. Buxarrais

«La Penitencia nos hace libres»

Publicado: 00/02/1988: 406

Carta Pastoral de Cuaresma (1988)

Queridos diocesanos:

Se tiene la impresión de que los que ostentan el poder político y disponen de los fondos públicos, así como algunas Peñas recreativas o culturales, dan un desorbitado realce y duración a las fiestas del Carna­val. Dicen que el pueblo necesita divertirse; y no puede negarse. Que la música, el baile, el buen humor y las sátiras propias de estas fiestas son expresión de cultura popular; y puede admitirse. Pero se da otro efecto del que, tal vez, no somos conscientes: la prolongación del Carnaval inva­de el tiempo de Cuaresma, haciendo que al pueblo cristiano malagueño se le haga difícil vivir el espíritu de este tiempo litúrgico.

En esto, como en otras tantas cosas, lo que parece imponerse es la inconsciencia. La gran mayoría piensa que mientras nos den “pan y cir­co”, lo demás poco importa.

Frente a estos hechos, os invito a vosotros, católicos de la diócesis de Málaga, a sobreponeros a la superficialidad, “nadando contra corrien­te” si fuera preciso. No permitáis que os roben de vuestra mente y cora­zón la vivencia cristiana del tiempo cuaresmal que vamos a comenzar.

Una exigencia de la Asamblea Diocesana de Pastoral

Como sabéis, nuestra Primera Asamblea Diocesana de Pastoral giró toda ella en torno al objetivo de la evangelización. Una vez más nos di­mos cuenta que una gran mayoría de los bautizados se debaten entre continuas dudas, tienen una fe débil o, simplemente, la han perdido. Aparte están los que, habiendo recibido el sacramento del Bautismo, ja­más creyeron.

Esta dolorosa realidad, constatada durante la preparación y la cele­bración de la Asamblea, interpela a los que, de una u otra manera, somos conscientes de nuestra fe y del compromiso apostólico que conlleva.

La Asamblea de Pastoral nos invita a ponernos en “pie de misión”. ¿Seremos capaces de vivir responsablemente el don recibido de la fe, de tal manera que la contagiemos a los demás? ¿Tomaremos la decisión de salir “fuera” para anunciar con gozo el Evangelio y ser instrumentos hu­mildes y dóciles en manos de Dios, para que la salvación llegue a todos?

La Asamblea nos recuerda que siempre estamos sometidos a un proceso de conversión. Sobre ella quiero escribiros con motivo de la Cua­resma, que este año queda referenciada por la celebración del bimilenario del nacimiento de la Santísima Virgen.

Cuaresma: tiempo de penitencia y conversión

Cuaresma es una larga y profunda preparación para celebrar los misterios de la pasión, muerte y resurrección del Señor, que nos mereció del Padre el don del Espíritu. Estos misterios salvíficos se realizan en no­sotros por el sacramento del Bautismo.

La Iglesia, basándose en la Sagrada Escritura y en la Tradición, nos presenta la Cuaresma como tiempo especial de oración y ayuno; también como período litúrgico en el que debemos contemplar con mayor pro­fundidad la palabra del Señor.

Sin embargo, quizás la expresión más adecuada sea: Cuaresma es tiempo de penitencia para recibir el Bautismo o renovar sus promesas. El concepto de penitencia incluye y lleva a una mayor plenitud tanto la ora­ción y el ayuno, como la misma contemplación de la palabra de Dios.

Para comprenderlo, será necesario profundizar en el significado de la penitencia. Hoy para unos esta palabra suena a extraña; para otros, no tiene sentido; para muchos, es trasnochada. Y esto se da aun entre los mismos cristianos.

Pido al Señor que me dé su gracia para ayudaros a comprender que la penitencia es un don de libertad evangélica, tal y como Cristo la predicó y la Iglesia sigue proclamándola.

Os ofrezco, queridos diocesanos, las siguientes páginas que, leídas con actitud de fe, pueden ayudaros a comenzar con esperanza el tiempo cuaresmal y a vivirlo con fervor.

¡Haced penitencia!

“¡Haced penitencia!”, así empieza Jesús la predicación de la Buena Noticia.

He aquí los textos más significativos:

-“Convertíos (haced penitencia), porque el Reino de Dios está cerca” ( 4, 17).

-“El tiempo se ha cumplido y el Reino de Dios está cerca; conver­tíos (haced penitencia) y creed en la Buena Noticia” (Mc 1, 15).

-“Jesús se fue por toda la región del Jordán proclamando el bau­tismo de conversión (penitencia) para el perdón de los pecados” (Lc 3, 3).

Es, pues, evidente que en los comienzos de la predicación de Jesús la penitencia o conversión tiene una centralidad e importancia capital. La palabra “penitencia” aparece en ocho versículos más de los evangelios sinópticos, y a veces de una manera tan singular que sobrecoge por su fuerza: “...si no os convertís (si no hacéis penitencia), todos pereceréis” (Lc 13,5).

En la misma predicación paulina, eco fiel de la de Jesús, encon­tramos frases como estas: “...he predicado a los gentiles que se conviertan y vuelvan a Dios, haciendo obras dignas de penitencia” (Hch 26, 20).

Pero el Apóstol de los gentiles no sólo predica la penitencia, sino que la vive personalmente. Se esfuerza en vivir orientado siempre y total­mente hacia Dios. Y por ello se enfrenta con todo aquello que pudiera ser obstáculo, aunque se trate de su mismo cuerpo. Leemos esta impresio­nante frase: “corro, no como a la ventura; y ejerzo el pugilato, no como dando golpes en el vacío, sino que golpeo mi cuerpo y lo esclavizo, no sea que, habiendo proclamado (la Buena Noticia) a los demás, resulte yo mismo descalificado” (I Co 8, 27).

Superar reduccionismos

Con la lectura de los versículos precedentes os habréis dado cuen­ta, queridos diocesanos, que el concepto de penitencia, traducido por “conversión”, va mucho más allá, y a veces aun en sentido opuesto, de la idea que algunos cristianos tienen de ella.

Al entender la penitencia de una manera parcial y restrictiva, algu­nos la reducen al sufrimiento corporal, infligido sobre uno mismo de manera libre o gratuita para reparar o agradar a Dios. Este es un aspecto de la penitencia, aunque ciertamente no el más importante. A veces es aconsejable en la medida que expresa y se relaciona con lo que Jesús realmente quiso decirnos y que ahora explicaré.

Vaya, sin embargo, por delante que la penitencia cristiana es total­mente opuesta al masoquismo, como enfermedad o desequilibrio psico­lógico.

La penitencia como cambio de mentalidad

Hay una palabra griega, conocida ya por muchos de vosotros, que según los entendidos expresa de una manera muy aproximada lo que la Sagrada Escritura significa con el término de penitencia o conversión. Es la palabra “metanoia”, que significa cambio de manera de pensar y, con­secuentemente, de manera de actuar, que es tanto como decir empezar a ser una persona diferente.

En el Antiguo Testamento, «metanoia» significa la actitud de quien orienta deliberadamente toda su vida a Dios. Así en los profetas Amós y Oseas: “buscad a Yahveh” (Am 5,4; yOs 10,12).

Samuel, juez y libertador enviado por Dios, le dice a Israel invitán­dole a la conversión: “fijad vuestro corazón en Yahveh” (I Sa 7,3).

En el Nuevo Testamento el término “penitencia-conversión” inclu­ye un elemento nuevo; elemento que antecede al vivir orientados hacia Dios, tal y como pedían los profetas. Se trata de la “conversión del cora­zón” por el que uno se hace niño ( 18, 3), se siente incapaz de caminar por su cuenta y recurre al Padre como el hijo que pide ayuda. De esta manera, si el acto de conversión implica una voluntad de transformación moral, ésta arranca de un acto de humildad y confianza por el que pode­mos exclamar: “Dios mío, ten piedad de mí, que soy un pecador” (Lc 18, 13).

En el mismo Nuevo Testamento aparece otro rasgo característico de la conversión cristiana. Se trata de la iniciativa divina que precede a la gracia. Esto queda reflejado en la parábola del pastor que sale en busca de la oveja perdida (Lc 15, 4, ss). La respuesta humana a esta gracia se analiza concretamente en la parábola del hijo pródigo, que pone en maravilloso relieve la misericordia del Padre (Lc 15, 11, 32).

Resumiendo: cuando se nos invita a hacer penitencia se pide que abandonemos los modos paganos de pensar.

¡Creed en el Evangelio!

Como comprenderéis, si Dios nos invita a cambiar de modo de pensar, no es por un simple cambiar. En realidad cambiamos cuando dejamos una cosa para tomar otra. Dicho en otras palabras: cambiamos nuestra antigua manera de ser por otra totalmente nueva y original. Es como nacer de nuevo, como volver a comenzar desde el principio.

Abandonamos nuestro ser viejo, caduco y pecador, para “reves­tirnos del Hombre Nuevo (Cristo), creado según Dios, en la justicia y santidad de la verdad” (Ef 4, 24).

A quien se le concede la gracia de la conversión y corresponde a ella, éste es el que cree en el Evangelio, adoptando los criterios de Jesús y orientando según ellos toda su vida.

Contemplar al Señor para identificarse con él

Para adoptar los mismos criterios de Jesús es necesario identificarse con El. Esta identificación se nos concede a través de la fe. Desde ella miramos con profundidad, contemplamos a Jesús. No se trata de un sim­ple acto de imaginación, como tampoco de una mirada reducida a lo externo, no. Se trata de una relación personal, íntima y directa estableci­da entre el creyente y Jesús.

Para llegar a esta relación personal y profunda con el Señor, es ne­cesario conocer al Jesús de los evangelios proclamados por la Iglesia.

Urge, por tanto, leer los evangelios, meditarlos, contemplarlos. El tiempo cuaresmal es propicio para crecer en esta relación con el Maestro. Para ello, os sugiero que cada día de la Cuaresma meditéis un capítulo del Evangelio. Podríais leer todo el evangelio de San Marcos (16 capítu­los) y el de San Juan (21 capítulos). Si comenzáis el Miércoles de Ceniza llegaréis al viernes anterior a la Semana Santa, habiendo contemplado a Jesús según los evangelios indicados, mejor dispuestos para celebrar la Pascua del Señor.

Ideas y mentalidad

La fe no es una simple aceptación teórica de ideas, como quien tiene conocimientos históricos, matemáticos, filosóficos o de otra ciencia cualquiera. La fe, por la gracia del Espíritu, es un don asimilado de tal manera por el creyente que llega a transformar todo su ser y su actuar.

Hay una notable diferencia entre ideas y mentalidad. Las primeras se refieren al simple conocimiento teórico; la segunda, atañe al corazón, es decir a la vida.

Podría darse el caso, Dios no lo quiera, de catedráticos de teología, predicadores, catequistas, profesores de formación religiosa o simples cris­tianos que supieran muchas verdades de la fe cristiana y hasta llegasen a expresarlas, de palabra o por escrito, de una manera objetiva, exacta y bella. Pero, si todos sus conocimientos, por amplios y profundos que sean, no llegasen a “empapar” los estratos más íntimos de su persona, todo quedaría reducido a ideas que por sí solas no pueden salvar. Nos lo advirtió Jesús: “no todo el que dice ¡Señor, Señor! entrará en el Reino de los cielos, sino el que haga la voluntad de mi Padre celestial” ( 7, 21).

Dios nos salva cuando se da en nosotros una mentalidad cristiana, que es tanto como decir un cambio de vida según el Evangelio. Y todo esto es gracia; pero también colaboración por nuestra parte.

Conviene recordar aquí las categóricas afirmaciones del apóstol Santiago en su carta:

“¿De qué sirve, hermanos míos, que alguien diga: “Tengo fe”, si no tiene obras? ¿Acaso podrá salvarle la fe? Si un hermano o hermana están desnudos y carecen del sustento diario, y alguno de vosotros les dice: “Idos en paz, calentaos y hartaos”, pero no les dais lo necesario para el cuerpo, ¿de qué sirve? Así también la fe, si no tiene obras, está realmente muerta”.

Y al contrario, alguno podrá decir: “¿Tú tienes fe?; pues, yo tengo obras. Prúebame tu fe sin obras y yo te probaré por mis obras la fe”. ¿Tú crees que hay un solo Dios? Haces bien. También los demonios lo creen y tiemblan» (Sant 2, 14,19).

Por tanto, los verdaderos teólogos, los auténticos predicadores, los buenos catequistas y profesores de formación religiosa son aquellos que viven lo que enseñan, y la fuerza de su testimonio les hace instrumentos de conversión.

La penitencia o conversión como don recibido libremente

La conversión, fruto de la gracia, exige que la persona se abra libre y voluntariamente a la fe. La fe nunca es imposición; ni presión psicológi­ca; es una oferta en libertad.

Abrirse interiormente a la fe no es fácil. Dada nuestra situación de pecado, responder afirmativamente a Dios siempre es difícil. De hecho, toda apertura interior conlleva la renuncia de muchas cosas; más aún, supone la renuncia de sí mismo: es un morir, para vivir de nuevo.

La apertura a la fe se da en un momento histórico concreto para cada uno de nosotros: es cuando tomamos conciencia del don que se nos ofrece y manifestamos la voluntad de “venderlo todo” para adquirir la auténtica libertad.

Sin embargo, este acto inicial, por profundo y convencido que sea, no nos asegura definitivamente la salvación. Dado que la gracia de la fe la recibimos en la debilidad de nuestro ser, siempre tentado y propenso al pecado, nos exige una equilibrada y constante tensión. Esto pide renun­cia, sacrificio, dominio de sí mismo,... llevado a cabo con libertad, con­vencimiento y gozo, sabiendo que es infinitamente mucho más aquello que recibimos, que lo que dejamos.

Ejercitarse en la renuncia

En una sociedad permisiva e indiferente como la nuestra, en la que el bien y el mal se sitúan a un mismo nivel y reciben una misma aproba­ción; en un mundo en el que la verdad y el error muchas veces tienen la misma carta de ciudadanía, resulta difícil hablar de sacrificio, de renun­cia, de dominio de sí mismo. A pesar de todo, el cristiano no debe dejarse encandilar por la desorientación que le rodea, sino que debe tomar con­ciencia de los riesgos, a fin de evitarlos.

El discípulo de Jesús tiene experiencia de tentación, de instigación y de estímulo hacia el mal. Por “mal” entendemos todo aquello que ofen­de a Dios a causa de nuestra propia destrucción y del daño que ocasiona­mos al prójimo y a la misma creación.

Nos encontramos frente a un misterio. Porque en realidad, ¿quién nos tienta?

A pesar de que a la cultura moderna se le hace repelente y algunos de nuestros teólogos rehuyen hablar del espíritu del mal, del diablo, como una realidad personificada, nosotros, de acuerdo con el magisterio ordi­nario de la Iglesia, sabemos que el espíritu del mal existe y nos tienta. Intenta separarnos de Dios y sembrar la división entre nosotros.

No admitir la existencia personificada del espíritu maligno es muti­lar la Sagrada Escritura y enterrar la tradición cristiana que la interpreta. Pues bien, esta realidad misteriosa supone para el cristiano una prueba difícil, una lucha encarnizada contra quien se opone a nuestro destino, tergiversando la verdad y el amor.

Dos modos de amar

Los cristianos sabemos que cuando nos negamos, es para afirmarnos; cuando damos, es para recibir; cuando morimos, es para resucitar. Nues­tra fe, en lo que al conocimiento se refiere, es afirmación; y en lo que al corazón atañe, es amor.

El mundo, dominado por el Maligno, adultera tanto la verdad como el amor. Sobre este último quiero ofreceros una simple reflexión.

Hay dos modos o maneras de amar:

-Amarse a sí mismo, dejándose llevar por lo que nos atrae. Dicha atracción puede complementarnos. Entonces el amor es bueno y desea­ble, como es el caso del amor entre los esposos. Hay otro amor que nos desintegra y nos perjudica porque se centra única y exclusivamente en nosotros mismos, haciendo girar a nuestro alrededor cosas o personas que nos empobrecen y esclavizan, porque nos encierran en nosotros mis­mos. A este falso amor se refiere el evangelista Juan cuando pone en la­bios de Jesús la siguiente frase: “El que comete pecado es esclavo” (Jn 8,34).

-La otra manera de amar es al modo cristiano. Consiste en amar como Dios ama (Rm 5, 5). Por tanto, no se refiere al amor que tenemos a Dios, sino al modo como El ama. Y el amor divino es puro don, pura gracia, pura entrega.

Sólo quien se habitúa a no dejarse llevar por atracciones que desintegran y esclavizan, es capaz de amar libremente. Debemos entregarnos por amor, sin dejarnos “atrapar” o desin­tegrar. Sólo Jesús es nuestro Dueño y Señor.

María, la mujer radicalmente convertida

A la Cuaresma de este año 1988 la podríamos llamar “Cuaresma mariana”. Este adjetivo no añade ni quita nada al tiempo cuaresmal. Se trata simplemente de ayudarnos a contemplar cómo la Virgen se preparó para vivir los misterios de la pasión, muerte y resurrección de Jesús, ade­más del misterio de la Pascua del Espíritu.

Nos anima a hacerlo el mismo Papa Juan Pablo II, quien, con moti­vo del bimilenario del nacimiento de la Virgen, nos ha ofrecido una her­mosa encíclica titulada “Redemptoris Mater”. Con ella nos ha ofrecido un auténtico tratado de mariología.

María, como ninguna otra criatura, vivió en plena actitud de con­versión. Ella siempre estuvo orientada hacia Dios y, gracias a los méritos de su propio Hijo, vio realizada en sí misma la “nueva criatura” de una manera plena.

La conversión se dio en María de un modo singular. En ella no cupo el paso del pecado a la santidad, sino simplemente el “estado” de santidad, gracias a su concepción inmaculada.

Esto, sin embargo, no significa que la Virgen no tuviera que abrirse radicalmente a Dios, ni tampoco que desconociera lo que eran las exigen­cias y la dureza de la fe. El don de Dios se le dio en plenitud desde el primer momento de su existencia; pero, como criatura libre, llegado el tiempo y en medio de un mundo hostil, tuvo que “abrirse” a Dios y hacer de su “sí” al Arcángel una aceptación constante y completa de la voluntad de Dios.

Dicho en otras palabras: en la “metanoia” (la conversión) de María se da el punto de llegada, pero no el de partida, que es el estado de peca­do de cada uno de nosotros.

María, la mujer totalmente libre

María, por el hecho de vivir en plenitud la “nueva criatura”, fue totalmente libre de todo lo que pudiera significar esclavitud o dependen­cia de persona o cosa. Libre de un modo singular de aquellas tres grandes amenazas que instigan al hombre, apartándolo de Dios, y que son: las riquezas, el honor y la soberbia.

Ella aparece dentro de un marco de sencillez y pobreza. Pertenece a un estamento social que no era tenido en cuenta por los que entonces gozaban del poder. En las últimas horas de Jesús, la Virgen aparece junto a su Hijo fracasado. Y cuando la primera comunidad cristiana se organi­za, Ella está como simple orante, sin poder ministerial, ni otro alguno. El cántico del “Magnificat”, expresión de júbilo y gratitud de los pobres para con Dios, expresa lo que realmente fue María.

Y precisamente porque renunció al poder humano, el Señor le con­cedió la fuerza de la libertad total, única capaz de transformar el mundo.

Conclusión

Al terminar, queridos diocesanos, quiero resumiros aquello que, a mi manera de entender, puede ser más práctico y provechoso:

-No os olvidéis que el día 17 de este mes de febrero, comenzamos el tiempo cuaresmal. Que las fiestas del Carnaval no os impidan entrar en vuestro interior y planificar de una manera concreta la Cuaresma.

-Pedid al Señor la gracia de una progresiva conversión, renun­ciando a todo aquello que se interponga entre vosotros y Dios.

-Vivid la liturgia cuaresmal a través de la Palabra de Dios procla­mada en la misa y en la liturgia de las horas.

-Leed cada día un capítulo del Evangelio; a ser posible, medi­tadlo. Para ello buscad en vuestro hogar o parroquia el lugar y la hora más propicia para concentraros.

-Revisad, a la luz de la Palabra de Dios, vuestra fe, con el fin de que no se reduzca a simples conocimientos o teorías, sino que se traduzca en obras.

-Contemplad a María en su fidelidad a Dios y pedidle que, con su intercesión, os ayude a vivir en progresiva conversión.

Así o de otras muchas maneras que el Señor inspire, os prepararéis para celebrar los misterios de la pasión, muerte y resurrección de Jesu­cristo, que nos mereció el don del Espíritu. Y la participación en la solem­ne Vigilia Pascual, en la que renovaréis las promesas de vuestro bautis­mo, será celebrada con actitud de conversión.

Málaga, Febrero de 1988.

Sacramentos: Penitencia y Eucaristía 

Autor: Mons. Ramón Buxarrais