DiócesisCartas Pastorales Mons. Buxarrais

«La celebración dominical de la Eucaristía»

Publicado: 00/03/1980: 1105

Carta Pastoral (1980)

¿Disminuye la participación de cristianos malagueños en las misas del domingo?

Introducción

Queridos sacerdotes, religiosos y religiosas:

Con motivo del próximo Jueves Santo, S.S. el Papa Juan Pablo II ha dirigido una Carta a todos los obispos de la Iglesia sobre el misterio y culto de la Eucaristía.

Se trata de una Carta en la que los conceptos teológicos, litúrgicos y pastorales se entrelazan para potenciar en obispos y presbíteros un ma­yor aprecio hacia Cristo, Victima y Alimento, presente en el pan y vino consagrados. Al mismo tiempo se refuerza nuestra misión pastoral con relación al misterio eucarístico. «Nosotros, dice el Papa, estamos unidos de una manera singular y excepcional a la Eucaristía. Somos, en cierto sentido, «por ella» y «para ella». Somos, de modo particular, responsa­bles «de ella».

La Carta del Papa por una parte, y, por otra, la preocupación de que en nuestra diócesis malagueña parece disminuir el número de cristianos que participan en las misas dominicales, me animan a escribiros a voso­tros, los que compartís conmigo el gozo y el deber de servir a la comuni­dad cristiana.

Muchos veréis reflejadas en estas páginas algunas de vuestras suge­rencias. Recordaréis que os consulté hace más de un año sobre este pro­blema. Después, me pareció conveniente dejar reposar vuestras aporta­ciones junto a mi primera redacción. Ahora os la ofrezco remozada, con­vencido de su oportunidad, porque las causas que motivaron la carta, todavía permanecen.

Un hecho que preocupa

Varios sacerdotes y seglares de la Diócesis me habéis manifestado vuestra preocupación, que comparto totalmente, ante el hecho de la dis­minución de cristianos en las misas dominicales. Muchos nos formula­mos el por qué de este problema pastoral y el cómo darle respuesta ade­cuada. Comprendo que no es fácil hacerlo. Mi carta, aparte de las orien­taciones y sugerencias que ofrece, quiere ser más bien el comienzo de un diálogo entre todos sobre esta exigencia concreta de nuestra misión.

Quizás algunos de nosotros juzguen el hecho expuesto como una realidad indiferente desde la perspectiva pastoral, o, tal vez, como un bien. En aras de un cristianismo de selección o élite, están convencidos que la llamada «masa cristiana practicante» es un lastre del que la Iglesia debe liberarse. Para ellos, cualquier esfuerzo pastoral que tienda a digni­ficar nuestras celebraciones litúrgicas es un desacierto, según aquello de que «mejorar lo malo es empeorarlo». Estoy convencido que esta actitud es totalmente errónea por lo que tiene de «suficiente» y «puritana». Sa­bemos que en la comunidad cristiana jamás se parte de cero. Es en ella y a través de ella que hemos recibido la fe en Cristo Jesús. Siempre, a pesar de lo que pueda parecernos, habrá rescoldos o pequeñas llamas en las que podemos prender la antorcha de la fe, para pasarla luego a otras generaciones.

Una opinión suficiente

Si la preocupación formulada quisiera ser objetiva, reconozco que debería estar respaldada por estadísticas sociológicamente válidas. Así actualizaríamos aquellos datos que nos ofreció ISPA (Instituto Sociológi­co de Pastoral Aplicada) en el año 1967, en el estudio titulado «El fenó­meno religioso y sus condicionamientos sociales»; datos que, por ser cien­tíficos, no deberíamos olvidar en muchas de las acciones pastorales que ahora planificamos.

Sin embargo, el hecho detectado parece ser tan evidente en algu­nas parroquias urbanas y rurales que, en esta ocasión, es suficiente el testimonio aludido.

La intención de mi carta no es pedir que se llenen baldíamente las iglesias, ni que se vacíen de manera intencionada en aras de un puritanismo que siempre acecha. No. Sólo pido que me ayudéis a re­flexionar, orar y tomar aquellas decisiones pastorales convenientes, para dar a la celebración eucarística dominical el lugar céntrico que debe tener en toda comunidad cristiana.

Una manera de iniciar la reflexión

Creo que si todos los presbíteros que servimos a la comunidad diocesana, crecemos personal e interiormente en un mayor aprecio de la misa dominical, haciendo todo lo posible para dignificar su contenido, ritos y exigencias morales, muchos diocesanos se acercarán de nuevo a participar cada domingo en las celebraciones eucarísticas.

Para ello, me ha parecido que sería conveniente invitaros a reflexio­nar sobre el problema planteado, a partir de un texto de S. Justino, autor del siglo II, filósofo y apologeta, martirizado el año 163.

Como podéis suponer, el texto de S. Justino al que me refiero no agota, ni mucho menos, todos los aspectos teológicos, catequéticos y pastorales sobre la Eucaristía. Tampoco lo pretendo yo en esta carta. Sólo me limitaré a entresacar de los números 66 y 67 de su Primera Apología, aquello que se refiera expresamente a la celebración dominical de la Eu­caristía, como interpretación histórica de la Cena del Señor.

Antes, pero, quiero recordaros también la situación histórica privi­legiada de S. Justino, tanto en lo que se refiere a su persona, como a su obra, ya que es considerada como el eslabón que une las comunidades cristianas, esparcidas por el Imperio Romano, con la iglesia apostólica, normativa para los creyentes.

He aquí el texto:

“En el día que se llama del sol (domingo)

(los cristianos) SE REÚNEN en un mismo lugar

 los que habitan tanto las ciudades como los campos.

Y SE LEEN los escritos de los Apóstoles y los Profetas,

 por el tiempo que se puede.

Después, cuando ha terminado el lector,

EL QUE PRESIDE toma la palabra para AMONESTAR

y EXHORTAR a la imitación de cosas tan insignes.

Después, nos levantamos todos a la vez

y elevamos nuestras preces.

En cuanto dejamos de orar,

se trae el pan, el vino y el agua

y el que preside hace con todo fervor

las PRECES y la ACCION DE GRACIAS

y el pueblo responde: ¡Amén!

SE DISTRIBUYE el alimento

sobre el que se ha hecho la acción de gracias.

Los diáconos son los que se encargan de la distribución

tanto para los presentes

como para los ausentes (encarcelados, enfermos,...)» (nº 67).

«Este alimento se llama entre nosotros EUCARISTIA,

de la que a nadie es lícito participar

sino al que cree ser verdaderas nuestras enseñanzas

y se ha lavado en el baño de la remisión de los pecados...

y vive conforme a lo que Cristo enseñó.

No tomamos estas cosas como pan común, ni bebida ordinaria,

sino que a LA MANERA DE JESUCRISTO...» (nº 66).

«Los que tienen bienes en abundancia y quieren

OFRECEN lo que cada uno cree debe dar.

Lo recogido se entrega al que preside

y éste socorre a los huérfanos y a las viudas

o a quienes pasan necesidad por estar enfermos u otros motivos,

y también a los que están encarcelados

y huéspedes que vienen de lejos.

En una palabra: el que preside CUIDA DE LOS INDIGENTES.

Y en el día del Sol (domingo) todos nos juntamos

porque es el PRIMER DIA en que Dios,

separando la luz de las tinieblas,

creó el mundo,

y también porque EN ESE DIA JESUCRISTO, nuestro Salvador,

RESUCITO de entre los muertos.

El día anterior al de Saturno (viernes)

lo crucificaron,

y al día siguiente (al de Saturno: domingo)

se apareció a los apóstoles y discípulos y

les enseñó todo lo que nosotros

PONEMOS A VUESTRA CONSIDERACION» (nº 67).

Síntesis histórica

El texto citado es, como ya he dicho, una interpretación histórica de la Cena del Señor, y doctrinalmente fiel a los textos neotestamentarios eucarísticos. Sólo a titulo de referencia me permito recordaros las citas:

Mc 14, 22-25

 26, 26-29

Lc 22, 14-20

I Cor 11, 23-27

Después del apologeta mártir, sigue, de una manera ininterrumpi­da y a través de toda la historia de la Iglesia, un sin fin de referencias explícitas a la Eucaristía.

Más aún: bajo la inspiración del Espíritu se desarrolla la compren­sión del Misterio. La GRAN REALIDAD cobra constante relieve. No hay santo padre, concilio o teólogo que no se refiera a la presencia eucarística de Jesús, hecho víctima y alimento. Basta citar sólo, con respeto y admi­ración, a Santo Tomás de Aquino (año 1274) y al Concilio de Trento (año 1563). (Ordenación General del Misal Romano, 6-9).

Últimamente, como gracia especial que Dios nos ha concedido, te­nemos el Concilio Vaticano II, respuesta actualizada de la fe perenne a los hombres de hoy. En su Constitución «Sacrosanctum Concilium» el Con­cilio abrió el camino a la renovación litúrgica. Por ella la celebración eucarística se revita1izó de una manera extraordinaria. Para convencer­nos de ello, basta sólo volver la vista atrás y comparar las actuales celebra­ciones litúrgicas con las que celebrábamos allá por los años cincuenta. Y esto, a pesar de lo mucho que nos queda por hacer, al no haber consegui­do todavía llevar a la práctica todas las posibilidades ofrecidas por la re­forma conciliar.

«Hasta que el Señor vuelva»

El cristianismo es puente histórico entre la primera venida de Jesu­cristo, en la humildad de nuestra carne (II Cor.4,11),  y la segunda, en la plenitud de su divinidad, «como modelo y fin del universo creado» (Col. 1,16).

El reino y el tiempo de Dios tienen su máxima manifestación en Cristo. En El está la plenitud.

La misión que ha recibido del Padre es «reconciliar» consigo lo te­rrestre y lo celeste (Col. 1,20), «instaurando todas las cosas en El» (Efs. 1,10).

La Iglesia es el instrumento o medio preferencialmente querido por Jesús para llevar a cabo su obra (Ap. 21,9).

La «obra» de Jesús comienza y recibe la fuerza de su lanzamiento histórico en la misma Encarnación. Esta, adquiere la plenitud en su pa­sión-muerte-resurrección, es decir en su Pascua.

La Eucaristía actualiza la totalidad y unidad del misterio cristiano, bajo los signos del sacramento, del sacrificio salvador universal de Cristo en orden a su aplicación a los hombres, dentro del compartir (convite) eclesial y por medio del mismo. Este compartir tiene lugar según el man­dato expreso de Jesús (J.Betz).

En la Eucaristía:

-Jesucristo se hace PRESENTE, en la fuerza del Espíritu, como VICTIMA y DON SALVADOR

- para DARSE a los que creen en El como ALIMENTO DE VIDA

-IDENTIFICÁNDOLOS a El,

-significando y produciendo la UNIDAD del Pueblo de Dios

-y por El, ir TRANSFORMANDO la historia de los hombres

- hasta que EL VUELVA.

Siendo así, toda acción pastoral en la Iglesia debe tender a la cele­bración de la Eucaristía. Ella debe ser la meta de llegada y el punto de partida de toda acción apostólica. (SC., 10).

La Eucaristía y la Pastoral

La disminución de los participantes en la celebración dominical de la Eucaristía, nos interpela a todos.

Comprendo que el abanico de causas que inciden en este proble­ma pastoral es amplio y complejo. Podríamos enumerar, entre otras, las siguientes:

- alteración en el orden de valores religiosos y sociales;

-pérdida del «peso social» que la misa tenía para algunos;

-indiferencia para con la Iglesia y hacia todo lo que ella dispone a favor de los cristianos;

-cierto debilitamiento de la fe;

-la unidad que se exige entre vida y misa, compromiso de vida cristiana y Eucaristía, que hace que algunos se alejen de las cele­braciones dominicales...

Y así, podríamos enumerar muchas otras causas negativas o positi­vas, religiosas o sociales, que inciden en el problema pastoral que nos ocupa.

Sea como sea, es necesario recuperar para nuestra comunidad cris­tiana malagueña toda la grandeza de la celebración eucarística, convir­tiéndola en lo que debe realmente ser: el centro hacia el cual converge toda la acción de la Iglesia, y, por tanto, la acción pastoral de sus apósto­les.

Emulando a San Pablo en su carta a los Corintios, os invito, a voso­tros especialmente queridos sacerdotes, religiosos y religiosas a examinar nuestra actitud personal y pastoral con relación a la Eucaristía. ¿Nuestras acciones pastorales convergen hacia el misterio eucarístico?

Permitidme, ahora, unas reflexiones sobre nuestra responsabilidad en este aspecto central de la fe y del apostolado.

La responsabilidad de los presbíteros

Si es verdad que muchos presbíteros han colaborado con fe y espe­ranza generosa en la revitalización de las celebraciones litúrgicas, tam­bién es cierto que algunos quizás no hemos aportado con amor y pacien­cia todo lo que debíamos a favor del pueblo cristiano.

He aquí, a mi manera de ver, algunas de las responsabilidades que se nos pueden pedir:

-Un escaso celo por nuestra parte, por no haber seguido, y quizás apenas iniciado, aquella catequesis sobre las reformas litúrgicas del Con­cilio Vaticano II, que hubiera hecho posible una lenta, pero segura asimi­lación por parte de los cristianos. Tal vez imponemos nuestros criterios, en lugar de ser verdaderos «educadores» del pueblo cristiano. Muchos no pueden seguirnos por falta de una comprensión que no les hemos ofrecido.

-Misas con todos los ornamentos y ritos establecidos, pero que, a pesar de todo, son celebraciones frías y rápidas que poco parecen tener de celebración de un Misterio.

-Homilías que sirven más para decir «nuestra palabra», que para transmitir humildemente lo que habíamos asimilado en la oración y es­tudio. Homilías largas y etéreas en aras de las cuales sacrificamos luego la plegaria eucarística.

-Celebraciones eucarísticas convertidas en reuniones «de amigos», más que «de hermanos», donde hemos cometido desatinos para «racio­nalizar» el Misterio.

-Abusos en las misas y abusos de misas. Los primeros se dan cuan­do cada uno se siente capacitado para inventar, sometiendo a nuestros cristianos a difíciles pruebas de paciencia. Los otros abusos se dan cuan­do se multiplican innecesariamente las celebraciones eucarísticas o se las convierte, sin razón, en el «final» de todo encuentro cristiano.

-Superficialidad en cuanto a las concelebraciones se refiere. Estas caben cuando significan la realidad del «colegio presbiteral». De ahí que debamos revisar las concelebraciones con motivo de bodas, funerales y otros acontecimientos (OGMR. 153-158).

-El asentimiento o consejo de no ir a misa «si no se tiene ganas». Expresión repetida desgraciadamente muchas veces entre nosotros.

Labor positiva

Sin embargo, sería injusto si no hiciera resaltar lo que antes insinué como de paso:

-presbíteros que celebran y viven la misa, y ayudan a participar intensamente en ella;

-grupos de cristianos cuyo esfuerzo en unir la celebración del Misterio y la vida es bien notorio;

-parroquias, comunidades religiosas, neocatecumenales y de base, cuyas celebraciones eucarísticas despiertan la fe y animan a dar testimonio de ella;

- y, finalmente, presbíteros cuyas homilías debidamente prepara­das en la oración, el estudio y la reflexión sobre la vida,... se con­vierten en verdadera fuerza interior para muchos.

Reflexión sobre el texto de San Justino

Volvamos de nuevo al texto de S. Justino que, por su especial valor histórico y litúrgico, puede iluminar nuestra vida cristiana en lo que a nuestro problema se refiere.

En el texto vemos:

  • La reunión (asamblea) de los cristianos es periódica.
  • La periodicidad está marcada por el «día del sol», nuestro do­mingo, por su referencia a la creación y, sobre todo, por ser éste el día en el que resucitó el Señor; por tanto, día del Memorial del Señor para toda la comunidad.

 

 

  • El valor y exclusividad de los textos bíblicos que se leían en la reunión.
  • El Mensaje de salvación se «pone a la consideración» de los que participan.
  • El que preside tiene la misión propia de amonestar y exhortar, así como la de «hacer con todo fervor las preces y la acción de gracias». El pueblo responde: ¡Amén!

 

- Se distribuye el Alimento.

-Participa en la Eucaristía el que vive conforme a Cristo.

- Cada uno ofrece lo que cree que debe dar. Lo recogido se distri­buye a los que pasan necesidad.

Pocas veces se ha logrado exponer con tanta precisión y claridad lo que debe ser la celebración de la misa dominical.

Partiendo de las ideas precedentes, os ofrezco algunas orientacio­nes pastorales para la celebración y participación de la Eucaristía. Tal vez nos sirvan, como antes dije, para potenciar nuestra convicción en el valor y significado de la misa, así como para capacitarnos mejor en el deber pastoral de hacer que nuestros cristianos aprecien debidamente las cele­braciones dominicales.

Necesidad para el cristiano

«En el día que se llama del sol (domingo) (los cristianos) se reúnen en un mismo lugar.»

Es necesario catequizar a nuestros cristianos en la necesidad de la celebración dominical de la Eucaristía, no tanto como quien se ve obliga­do por un precepto, sino como quien debe celebrar y expresar su fe en la comunidad.

Por encima de cualquier gusto, debemos insistir en la necesidad que tenemos de la misa.

Por otra parte, el precepto, que hoy continúa en vigencia, fue dado a favor del cristiano, no tanto para coaccionarlo, como para ayudarle en su indigencia espiritual. Vamos a misa no por cumplir, sino porque Jesu­cristo y su Iglesia nos convocan.

El domingo

La Eucaristía es «dominical». No cualquier otro día.

No olvidemos el valor psicológico y sociológico de los tiempos rít­micos.

La Eucaristía de los domingos tiene, además, un sentido de unión con las demás comunidades del mundo cristiano, que no tiene propia­mente la celebración de otros días (SC., 106).

Según San Justino ésta es la razón:

«Es el primer día en que Dios

separó la luz de las tinieblas (creación).

...en ese día Jesucristo...

resucitó de entre los muertos» (recreación).

Fidelidad y respeto a la plegaria eucarística

Si la oración de la Iglesia es expresión de su fe, debemos cuidar que nuestra plegaria eucarística sea la oración de toda la comunidad universal a la que estamos unidos.

El «inventar» puede ser una falta de respeto a la comunidad y, a veces, un peligro de ruptura en la formulación de la fe.

Es cierto que la peor y más peligrosa ruptura viene por la llamada «praxis» antievangélica. Sin embargo, una formulación de la fe mal ex­presada llega a influir también negativamente en la vida.

Además, no olvidemos en las celebraciones litúrgicas la importan­cia de la catequesis. Muchos cristianos comprenderían mejor las oracio­nes y gestos rituales, si se los explicáramos debidamente. Así, una buena catequesis evitaría la «invención» desatinada de otras palabras y otros gestos que pueden resultar aun menos expresivos (OGMR. 10-13).

Dice San Justino:

«el que preside hace con todo fervor las preces y la acción de gracias. Y el pueblo responde: ¡Amén!»

Lecturas Bíblicas

Debemos tener en cuenta las lecturas y la manera de proclamarlas.

No se deben leer otros textos que los bíblicos. La Palabra inspirada lleva una fuerza especial que no tiene el escrito del teólogo, místico o sabio más eminente.

«se leen

los escritos de los Apóstoles y los Profetas.»

Deben leerse con la convicción de quien cree en lo que lee.

Es necesario mejorar la proclamación de la Palabra de Dios y for­mar lectores para la Misa.

La homilía

Los presbíteros debemos cuidar con especial interés la preparación de las homilías. Para evitar el afán de protagonismo personal es necesa­rio, como ya antes he dicho, prepararlas con el estudio, la oración y la reflexión sobre la vida.

Recordemos que uno de los servicios «peculiares» del presbítero es la homilía, que siempre tiene más de humilde ofrecimiento que de impo­sición o dominio.

«el que preside

toma la palabra para amonestar y exhortar...»

Al final de su referencia a la misa, S. Justino escribe:

«...(Jesús) les enseñó

todo lo que nosotros

ponemos a vuestra consideración.»

Comprendo que cada presbítero tiene su carácter, su vivencia per­sonal de la fe, su voz, su momento,... pero deberíamos evitar los tonos poco adecuados. Nos corresponde «poner a la consideración», más que «imponer» lo nuestro (OGMR. 41).

No olvidemos tampoco el valor de los silencios. Por ellos, y en su momento, nuestras celebraciones adquieren mayor dignidad, al mismo tiempo que, por la oración personal, profundizamos mejor en la palabra proclamada.

Amor-Justicia-Eucaristía

La Eucaristía es, sobre todo, gratitud por el don de la salvación dada y realizada en Cristo Jesús, al mismo tiempo que compromiso de identi­ficación con El, víctima y alimento, para entregarnos al servicio de los demás.

A esto se refiere el texto, cuando dice:

«... ofrecen lo que cada uno puede dar, ... a favor de los que pasan necesidad, ... (para que) el que preside (y con él la comunidad) pueda cuidar de los indigentes.»

La correlación Amor-Justicia-Eucaristía es probablemente el aspec­to más olvidado de nuestras misas.

Es triste comprobar las tremendas diferencias socio-económicas que existen entre quienes celebramos la Cena del Señor. Comprendo que si señalar causas y responsables de injusticias es siempre expuesto al error y, aun, a la calumnia, en el caso al que ahora me refiero, es todavía más arriesgado. Pero las «diferencias» están ahí. Y ante ellas no podemos per­manecer impasibles.

La celebración eucarística dominical debe ayudarnos a ver bajo el prisma del amor de Dios y de la justicia querida por El, nuestro lugar en la construcción de una sociedad cada vez más cerca al Reino, y estimular nuestra obligación concreta en este quehacer.

En esto, como en cualquier aspecto de vida cristiana, lo que se nos exige no es tanto el haber llegado ya a la meta, sino el comenzar a cami­nar con empeño y sinceridad, sea cual sea el lugar económico-social en el que nos encontremos. Lo cual sólo será posible en la medida que nos dejemos penetrar por la Palabra de Dios y nos alimentemos humilde­mente del Cuerpo de Cristo, a fin de entrar y permanecer en el proceso de identificación con El.

Tengamos en cuenta, sin embargo, que a pesar de nuestro empeño por la justicia, la sociedad va dejando personas sin atender, que necesitan ser ayudadas ahora y aquí. La colecta en la misa debe tenerles en cuenta. Parte de ella debe, también, destinarse a las necesidades que conlleva la marcha de toda comunidad. Se la debe ayudar. Sobre todo en lo que a su quehacer misionero se refiere.

Otras sugerencias

Una petición a las Religiosas

La preparación espiritual y cultural de las religiosas, junto a su vo­luntad de servir a la comunidad cristiana, las predispone de una manera especial para colaborar en la dignificación de la misa.

Por esta razón, algunas religiosas podrían ofrecerse a parroquias y otros centros de culto para hacerse cargo de los cantos, moniciones y lecturas. Más aún: podrían preparar a un grupo de cristianos de la comu­nidad, para iniciarles en la participación activa de la celebración (OGMR. 18-19).

Los ministros

Deberíamos también contar en nuestras celebraciones dominicales con la participación especial de lectores, monitores, acólitos y cantores, sobre todo en las celebraciones más numerosas y heterogéneas. Me refie­ro aquí a ministros en el sentido amplio de la palabra. Mejor que un día fueran cristianos que hubieran recibido un ministerio especial.

Procuremos, además, la presencia de los niños-acólitos. Sería un medio eficaz para iniciar directa y vivencialmente en el Misterio Eucarístico a pequeños grupos de niños y adolescentes (OGMR. 65).

Recuperar el sentido festivo de la misa

Una celebración del misterio eucarístico enmarcada en un lugar acogedor (como deben ser nuestras iglesias) y dignificada por buenos lectores, monitores, directores de cantos y acólitos, adquiere dimensión festiva.

Debemos reconocer que muchas de nuestras misas se celebran den­tro de unas coordenadas que le dan casi un tono de tristeza y lejanía. Esto, ni siquiera debería darse cuando, en la misa, recordamos a alguno de nuestros hermanos fallecidos recientemente.

La celebración eucarística dominical debe tener una evidente di­mensión festiva que signifique y exprese adecuadamente la realidad de una comunidad cristiana que comparte entre sus miembros el gozo de sentirse amados, perdonados y santificados por el Señor, al mismo tiem­po que reciben el impulso de vivir y proclamar lo que celebran.

Nuestras iglesias: espacios de oración

Hemos leído en más de un artículo que las iglesias cristianas deben librarse del lastre de «templo pagano» que, a veces, parecen tener. Se quiere librarlas de los silencios lejanos y distantes que caracterizaban al­gunos templos y ritos paganos, y devolverles el clima acogedor que faci­lita la celebración de la Eucaristía entre hermanos. En este sentido se re­salta el espacio-iglesia como el lugar de encuentro de la asamblea cristia­na.

Sin embargo, también nuestras iglesias deben ser espacios de ora­ción personal para tantos cristianos agobiados por el ajetreo y frenesí de una sociedad que más que acompañar a las personas, las empuja. Es ne­cesario el silencio y la soledad. Nuestras iglesias, fuera de los actos cultuales, deben ofrecer este servicio.

Por otra parte, la comunidad diocesana malagueña tiene una deu­da contraída: la de actualizar el talante pastoral con el que nuestro gran obispo Dn. Manuel Gonzá1ez García enriqueció la Diócesis. Me refiero concretamente al indudable logro apostólico de la oración personal ante el sagrario, donde se «reserva» la presencia eucarística de Jesús y ante el que tantos malagueños de ayer y de hoy fortalecen su fe.

Da pena ver vacías nuestras iglesias durante ciertas horas del día, sin cristianos que oren; de semejante manera que nos preocupa la ausen­cia de cristianos en el quehacer político, cultural y científico.

Conclusión

Os pido, pues, queridos sacerdotes, religiosos y religiosas un gran interés para celebrar y vivir la Eucaristía. También, paciencia y constan­cia para catequizar a nuestros cristianos con actitudes y palabras llenas de comprensión, en lo que a la misa se refiere.

Nuestras iglesias deben llenarse de malagueños dispuestos a la con­versión progresiva.

No echemos a nadie. Si alguien se aleja, que sea por su propia ini­ciativa, al no querer aceptar la invitación de Jesús.

En todo, sin embargo, sepamos esperar «la hora» de Dios. No im­pongamos jamás nuestro momento.

Nadie podrá imputarnos la disminución de malagueños en las cele­braciones dominicales de la Eucaristía, si es la misma palabra de Cristo, proclamada y celebrada, la que selecciona a los cristianos.

Que la celebración de los misterios de la Pasión, Muerte y Resu­rrección del Señor de este año, fortalezca nuestra fe para servir a su grey.

Málaga, Marzo de 1980

Apéndice

Para que las reflexiones ofrecidas no caigan en el olvido, me com­prometo leer y comentar con vosotros, reunidos en vuestras respectivas zonas, la presente carta.

Asimismo lo haré con los religiosos y religiosas, especialmente de­dicados a la enseñanza.

También procuraré ayudaros en todo lo que a las celebraciones se refiere, a través de la Delegación Diocesana de Liturgia.

Os sugiero leáis detenidamente la Ordenación General del Misal Romano.

Finalmente, os ofrezco una pequeña bibliografía que he utilizado en la redacción de la carta, y puede serviros a vosotros.

Cordialmente,

Málaga, Semana Santa de 1980.

Bibliografía

-La nueva Celebración Eucarística Aquilino de Pedro  Ed. Sal Terrae

-Eucaristía con jóvenes  José Aldazábal Ed. Centro Nac. Salesiano de Pastoral Juvenil

-Iniciaciones a la teología de los Sacramentos Luis Maldonado Ed. Marova

-La Eucaristía en la Iglesia hoy Jesús Burgaleta Ed. PPC.

-Revista Phase: núm. 61, año 1971. La Misa del domingo núm. 63, año 1971, El sentido de la fiesta núm. 67, año 1972, La Misa y los niños núm. 75, año 1973, La expresión simbólica en la liturgia y Plegaria

 Eucarística para jóvenes núm. 88, año 1975, Plegarias Eucarísticas. Problemas pendientes núm. 91, año 1976. La homilía hoy núm. 92, año 1976, revisión del Ordo Missae núm.102, año 1977, ¿Es capaz de liturgia el hombre de hoy? núm.103, año 1977, La creatividad en la liturgia actual. 

Autor: Mons. Ramón Buxarrais