Publicado: 00/06/1987: 582

Pastoral por el V Centenario de la Reconquista de Málaga y el Año Mariano (1987)

Queridos diocesanos:

El próximo 18 de agosto se celebrará el V Centenario de la recon­quista de nuestra Ciudad, dentro del marco del Año Mariano, anunciado por el Papa.

Naturalmente no es este el lugar ni el momento de evocar las vicisi­tudes históricas por las que el sitio y la reconquista de Málaga se insertan en el conjunto de la compleja guerra de los Reyes Católicos contra el Reino Arabe de Granada. En la concepción de estos Reyes y de su pueblo, que no podría ser juzgada con ojos actuales sin anacronismo, la campaña buscaba evidentemente la unidad nacional y, a la vez, su recristianización. En todo caso, la implantación masiva de la fe católica en nuestra Ciudad tiene en los designios de Dios esa fecha como ocasión providencial de su punto de partida, que, por lo demás, empalma con la realidad previa a la invasión árabe.

No olvidemos que ya en el Concilio de Elvira (hacia el 305) aparece, entre los firmantes de las Actas, el primer Obispo de Málaga, cuyo nom­bre conocemos, Patricio al que acompañan al Concilio los presbíteros Feliciano de Teba, León de Ronda y Genaro de Alhaurín. La presencia de Obispos de Málaga en diversos Concilios visigóticos de Sevilla y Toledo testifica la vitalidad católica de nuestra Diócesis en este periodo. Se trata de una vitalidad que ni siquiera sucumbió plenamente durante la domi­nación árabe. La existencia de una comunidad mozárabe vigorosa está atestiguada hasta el siglo XII, durante el cual muchos de sus miembros sufren dos dolorosas deportaciones al norte de Africa (1126 y 1164).

La Virgen de la Victoria y la ciudad de Málaga

La devoción a la Virgen de la Victoria, Patrona de nuestra Ciudad y Diócesis, va unida al hecho de la reconquista. La piedad cristiana ha atri­buido muy frecuentemente a la intercesión de María victorias que te­nían, de hecho, consecuencias positivas para la propagación de la fe o para su ejercicio pacífico. El caso más conocido tuvo lugar con ocasión de Lepanto (7 de octubre de 1571). San Pío V instituyó la conmemoración de «Santa María de la Victoria» que había de celebrarse el 7 de octubre (y que continúa celebrándose bajo la advocación de Nuestra Señora del Rosario), como recuerdo de «la insigne victoria obtenida por los cristia­nos en batalla naval contra los turcos con el auxilio de la Madre de Dios», según se expresa el Martirologio Romano. Algo parecido sucedió casi un siglo antes al ser reconquistada nuestra Ciudad.

La primera procesión

Durante el asedio de Málaga, en el campamento cristiano don Fer­nando el Católico veneraba la imagen que sería más tarde Patrona de la Ciudad. Se trataba de una bella imagen que había recibido del Empera­dor Maximiliano I, padre del futuro rey de España, Felipe el Hermoso, enviada como regalo desde Flandes. La talla es efectivamente del siglo XV y procede, por su estilo, de un escultor alemán. Ante esta imagen se oró, sin duda, por el triunfo. A Ella se atribuyó el éxito de la empresa. Por eso, al pie de la escultura se grabó la inscripción que todavía puede leerse: Santa María de la Victoria.

Con gratitud hacia Nuestra Señora, al día siguiente de la toma, el 19 de agosto de 1487, se celebró una solemne procesión con otra imagen de la Virgen, la Virgen de los Reyes, con toda solemnidad desde el campa­mento a la Ciudad. Don Fernando y doña Isabel, su corte, sus capitanes y sus soldados, así como los cristianos ex-cautivos liberados en la recon­quista de la Ciudad, la acompañaban agradeciendo a la intercesión de Nuestra Señora la victoria obtenida. Esta gratitud se perpetuó, del mis­mo modo, durante siglos. El primer Obispo de Málaga después de la reconquista, don Pedro Díaz de Toledo (desde 1488 a 1499) estableció una procesión con la Virgen de la Victoria que había de tener lugar todos los años el 19 de agosto, y que era una auténtica repetición de la de 1487 con la Virgen de los Reyes.

La Sabatina

En efecto, los Reyes Católicos legaron a nuestra Ciudad la imagen de Santa María de la Victoria, como perpetuo recordatorio para nuestra gratitud.

La Salve que ante Ella se canta todos los sábados después del rezo del Rosario, históricamente hace referencia a la reconquista de la Ciudad. La costumbre fue establecida por el Obispo de Málaga, don Luis García de Haro (desde 1587 a 1597), porque tanto el comienzo del asedio (7 de mayo de 1487) como la rendición (18 de agosto de 1487) habían tenido lugar en sábado, el día semanal dedicado a la memoria de María. Mante­nida hasta hoy, esta costumbre debería ser vivida como acto de agradeci­miento por el don de la fe que debemos a la intercesión de María.

María estimula la fe de los discípulos

De todos es bien conocida la escena del milagro realizado por Jesús en Caná de Galilea que nos ha conservado el Evangelio de San Juan (2,1­11). María asistía a una boda. El relato produce la impresión de que la presencia misma de Jesús en la fiesta es consecuencia de que María esta­ba allí. Ante la falta de vino a lo largo del banquete nupcial, María acude a Jesús, quien realiza el primero de sus milagros: la conversión del agua en vino.

Sería, sin embargo, empequeñecer el alcance del milagro pensar que Jesús lo hizo sólo para resolver el pequeño sonrojo de los nuevos esposos a los que un error de cálculo los colocaba en la incómoda situa­ción de no haber provisto suficientemente para la fiesta de su boda. La clave del relato aparece en el v. 11 con que la narración se cierra: «Este fue el principio de los signos que Jesús hizo en Caná de Galilea, y manifestó su gloria y sus discípulos creyeron en él».

La frase es importante. San Juan presenta el milagro de Caná no sólo como el primero, sino como «el principio» de los que Jesús realizó. Ello significa no sólo una precedencia temporal; es más bien como un paradigma del sentido que van a tener todos los milagros posteriores.

El milagro de Caná, como todos los que le sucederán, es manifesta­ción de la gloria de Jesús y, por ello, suscita la fe. En este contexto, es fundamental que este comienzo se deba a la intercesión de María, por­que, de esta manera, a la intercesión de María se debe el fortalecimiento de la fe inicial de los primeros discípulos (cf. MC 18).

La intercesión de María

María intercedió por la fe de los primeros discípulos, como más tarde intercederá para que el Espíritu Santo descienda sobre la primera comunidad eclesial (Hch 1, 14). Pentecostés es el día en que por la efu­sión del Espíritu, alma de la Iglesia, ésta comenzó a vivir. En la Anuncia­ción para que Jesús fuera concebido hay dos protagonistas principales: María y el Espíritu Santo (cf Lc 1, 35). Curiosamente los mismos dos protagonistas, María y el Espíritu, reaparecen en el nacimiento de la Igle­sia (RM 26).

Esta doble solicitud de María se continúa también ahora desde el cielo, donde se encuentra asunta en cuerpo y alma, por su intercesión incesante. Gracias a ella, María “está presente en la misión y en la obra de la Iglesia que introduce en el mundo el Reino de su Hijo” (RM 28). La acción evangelizadora de la Iglesia tiene sentido maternal, ya que consis­te en “engendrar hijos a una nueva vida en Cristo” (RM 43). El mismo San Pablo se aplicaba a sí mismo y a su apostolado esta metáfora mater­na: “¡Hijos míos, por quienes sufro de nuevo dolores de parto hasta ver a Cristo formado en vosotros!” (Gál 4,19). Por este su mismo sentido ínti­mo, la acción apostólica de la Iglesia se lleva a cabo con la cooperación de María que muy cercana al trono celeste de su Hijo, “con su múltiple in­tercesión continúa obteniéndonos los dones de la salvación eterna” (LG 62). Ella ve en los trabajos evangelizadores de la Iglesia una continuación y ulterior realización de su propia acción de Madre.

María es modelo de los peregrinos en la fe

Pero María no sólo “con su amor materno se cuida de los hermanos de su Hijo, que todavía peregrinan y se hallan en peligros y ansiedad hasta que sean conducidos a la patria bienaventurada” (LG 62), sino que es también el modelo supremo que nos ha precedido en el peregrinar de la fe. Cuando levantamos los ojos a Ella, debemos hacerlo tanto para implorar su auxilio, como para descubrir en la humilde doncella de Nazaret las más profundas actitudes cristianas.

María fue alabada por Isabel bajo la inspiración del Espíritu Santo con las palabras: “Feliz la que ha creído” (Lc 1,45). Y Ella es efectivamente ejemplar para todos nosotros por su obediencia de la fe y su peregrina­ción en la fe.

El sustantivo “fe” y el verbo “creer”

Es conocido que el sustantivo “fe” y el verbo “creer” tienen en el Nuevo Testamento diversos sentidos. Dos son los más importantes entre ellos. Uno es el sentido restringido de dar adhesión intelectual a los con­tenidos del mensaje de Dios. En este sentido, utiliza preferentemente la palabra «fe» el Concilio Vaticano I (DS 3008). La fe así entendida puede existir sin obras correspondientes a sus convicciones. En tal caso, «la fe, si no tuviere obras, está muerta en sí misma» (Sant 2, 17), es decir, se llama «fe muerta», «porque así como el cuerpo sin espíritu está muerto, así también está muerta la fe sin obras» (Sant 2, 26). Según la carta de San­tiago, los mismos demonios tienen este tipo de fe que, sin embargo, les es completamente inútil: «¿Tú crees que Dios es uno? Haces muy bien; también los demonios creen y se estremecen» (Sant 2, 19).

Pero otras veces, muy frecuentemente, por ejemplo, en San Pablo, la palabra «fe» se toma en el sentido de «fe viva», es decir, de una adhe­sión intelectual que es vivida hasta sus últimas consecuencias. Es «la fe que obra por la caridad» (Gál 5, 6). Así utiliza el término «fe» el Concilio Vaticano II al afirmar que «por la fe el hombre se entrega entera y libre­mente a Dios» (DV 5).

María, la gran creyente

María, a quien Isabel alabó con las palabras «Feliz la que ha creído» (Lc 1, 45), vivió su obediencia de la fe como entrega total: «He aquí la esclava del Señor; hágase en mí según tu palabra» (Lc 1, 38). Hoy más que nunca necesitamos que los creyentes sean no sólo unos convencidos, sino hombres y mujeres que imitando a María, se entreguen a hacer la voluntad de Dios. Ello los llevará a la entrega a los hermanos, pues éste es el mandamiento nuevo, el mandamiento del Señor: «Os doy un manda­miento nuevo: que os améis unos a otros, como yo os he amado... En eso conocerán todos que sois mis discípulos» (Jn 13, 34 s). No nos bastan hoy cristianos de nombre. El mundo en que vivimos exige hombres y muje­res llenos de esa «fe que obra por la caridad» (Gál 5, 6). Sólo este testimo­nio de vida podrá arrastrar el mundo a nuestra misma fe. Sólo así nuestra fe será contagiosa.

En la torre de la primitiva capilla de la Virgen de la Victoria existía una campana, regalo de los Reyes Católicos. En ella estaban grabadas, además del escudo real y de las iniciales F. Y., las palabras: «Esta es la Victoria que vence al mundo: nuestra Fe». Se trata de una cita de I Jn 5,

4.

Os invito a que reflexionéis cómo hoy una fe con las cualidades indicadas poseería un dinamismo imparable incluso en este mundo tan secularizado de hoy.

La profesión de fe de María

Naturalmente, el modo de actuar del cristiano procede de unas ver­dades que asume conscientemente en el «Credo» y que definen la posi­ción que el creyente se atribuye en el mundo: el cristiano es un hombre que no se siente egoísticamente centro de todo, sino don de Dios, Padre Todopoderoso, que lo ha creado, salvado por el Hijo de Dios que se en­carnó por obra del Espíritu Santo y de María la Virgen para morir por nosotros, y así salvarnos, impulsado por el Espíritu Santo, Señor y dador de vida.

También María pronunció un día, en la Visitación a su prima Isa­bel, «una inspirada profesión de su fe» (RM 36). Su texto, lleno de belle­za, se conoce como el «Magnificat» (Lc 1, 46-55).

También María comienza por reconocerse pequeña e insignificante frente a Dios. Es Dios, el Poderoso, quien ha hecho en María «obras gran­des» (Lc 1, 49). Ella, por su parte, frente a Dios sólo ve en sí «la bajeza de su esclava» (Lc 1, 48) que Dios mira con amor.

María y los pobres

Al sentirse, a la vez, pequeña y amada por Dios, María descubre que Dios tiene amor preferencial por los pobres: «derriba del trono a los poderosos, enaltece a los humildes, a los hambrientos los colma de bie­nes y a los ricos los despide vacíos,... dispersa a los soberbios... y conserva su misericordia para los que le temen» (cf. Lc 1, 50-53). Sólo si tenemos «alma de pobres» -ésta sería la mejor traducción castellana del semitismo «pobres de espíritu» de las Bienaventuranzas ( 5,3)-, sólo si somos auténticos «pobres de Yahveh» que sabiéndose insignificantes, ponen en Dios su esperanza y se sienten amados por El, comprenderemos «que no se puede separar la verdad sobre Dios que salva, sobre Dios que es fuente de todo don, de la manifestación de su amor preferencial por los pobres y los humildes, que, cantado en el Magnificat, se encuentra luego expre­sado en las palabras y obras de Jesús» (RM 37). Es esta actitud de humil­dad ante Dios la única que puede hacernos comprender el auténtico «sen­tido cristiano de la libertad y de la liberación» (RM 37).

Muchos son los problemas de paro y pobreza que existen en nues­tra tierra. Sólo serán cristianos capaces de aportar algo a su solución quie­nes sepan mirar a María que depende totalmente de Dios y se orienta totalmente hacia El por el empuje de su fe. Ella es así imagen suprema de libertad y de liberación. Sus actitudes son, por ello, la meta a la que hay que tender, las actitudes que hay que difundir, si de veras deseamos un mundo mejor (cf. SCDF, LN 97). Quienes, libres de egoísmo, miren a Dios como lo miró María -y no su propio interés o las dificultades que implica todo comprometerse-, tendrán un corazón dispuesto para mejo­rar el mundo.

La señal de la mujer

La búsqueda de un mundo mejor choca con tantas dificultades, que cuantos nos dedicamos a ella, no estamos exentos de la tentación de desaliento. En estas circunstancias haremos bien si levantamos los ojos a aquella «gran señal» que San Juan en el Apocalipsis afirma haber visto «en el cielo una Mujer vestida del sol y la luna debajo de sus pies, y sobre su cabeza una corona de doce estrellas» (Apoc 12, 1). Esta figura de gloria que cierra el Nuevo Testamento, está en conexión con la figura de mujer que encontramos en las primeras páginas del Antiguo: la mujer que tiene radical enemistad con el príncipe de este mundo (cf. Gén 3, 15). No te­mamos ante las dificultades. El Hijo de la Mujer «aplastará la cabeza» de la serpiente (Gén 3, 15).

Sin duda, esta seguridad no nos saca de la realidad de «una dura lucha, que penetrará toda la historia humana» (RM 11). María misma está situada en el centro de esa lucha histórica y sufrió en su corazón dolores indecibles mientras Jesús los padecía en su carne. La humanidad y cada hombre tienen que luchar contra el mal. Luchar es costoso y duro, incluso doloroso. Por eso, en este combate los hombres, a veces, se fati­gan, caen y se levantan. No desistamos dándonos por vencidos. Busque­mos fuerza para ponernos de nuevo en pie, si alguna vez hemos sucum­bido. La promesa de victoria prometida en «la señal de la Mujer», en la figura de María inmune de todo mal y así plenamente vencedora con su Hijo, «es más fuerte que toda experiencia del mal y del pecado, de toda aquella enemistad con la que ha sido marcada la historia del hombre» (RM 11).

La oscuridad de la peregrinación en la fe

La seguridad de la victoria no suprime la aspereza de la lucha, aun­que la alivie. Nuestro peregrinar en una fe consecuente será muchas ve­ces duro, porque es oscuro. María, «feliz la que ha creído» (Lc 1, 45), es también ejemplo para nosotros en este punto. Tras el anuncio del ángel, lleno de notas alegres (el Hijo que se le promete, «será grande, se llamará Hijo del Altísimo, y el Señor Dios le dará el trono de David su padre, y reinará en la casa de Jacob eternamente y su reino no tendrá fin»: (Lc 1, 32 s) hay «un segundo anuncio a María» (RM 16), el contenido en la pro­fecía del anciano Simeón (Lc 2, 34 s). En él se habla de Jesús como «signo de contradicción» y precisamente porque Jesús será bandera combatida, María tendrá que sufrir en su corazón: «y una espada traspasará tu mis­ma alma».

María tuvo que vivir enseguida su fe en oscuridad. Ya en Nazaret tiene que vivir la «noche de la fe», para usar fórmulas de San Juan de la Cruz, porque un «velo» cubre el misterio (RM 17). El ángel le había ase­gurado cosas gloriosas de su Hijo. Era el Mesías. María tenía que creerlo, aunque Jesús pasaba su adolescencia y el mayor tiempo de su juventud, hasta los treinta años de edad, ocupado incomprensiblemente en los ru­dos trabajos de carpintero de aldea.

El dramatismo de la vida de fe de María alcanza su cumbre más alta junto a la Cruz de su Hijo. Entonces en el Calvario, si pensamos una vez más en el anuncio del ángel y comparamos sus palabras con la terri­ble realidad que María contempla, «María es testigo, humanamente ha­blando, de un completo desmentido a estas palabras» (RM 18). Aprenda­mos de María a asumir las certezas de nuestra fe sin pretender compro­bantes humanos para ella.

El testamento de la Cruz

Las palabras de Jesús moribundo «Mujer, he ahí a tu hijo», y «He ahí a tu madre» (Jn 19, 26 s), pueden considerarse como el «testamento de la Cruz» (RM 23). Todo moribundo se preocupa de legar. Jesús, antes de morir nos lega a su Madre.

Ello implica deberes muy concretos en todo discípulo de Cristo, pues estas palabras «determinan el lugar de María en la vida de los discípu­los de Cristo» (RM 44). El Evangelio dice directamente del discípulo ama­do unas palabras que son programáticas para todo discípulo: «Desde aquella hora el discípulo la acogió entre sus cosas propias» (Jn 19, 27). No simplemente «en su casa», como se traduce con frecuencia este versícu­lo. Ya San Agustín comentaba así estas palabras: «La tomó consigo, no en sus heredades, porque no poseía nada propio, sino entre sus obligaciones que atendía con premura» (In Ioanni Evagelium tractatus 119, 3). «La acogió en su intimidad», traduce un excelente escriturista moderno (I. De la Potterie). «Entregándose filialmente a María, el cristiano, como el apóstol Juan, acoge entre sus cosas propias a la Madre de Cristo y la intro­duce en todo el espacio de su vida interior, es decir, en su «yo» humano y cristiano» (RM 45).

«Si queremos ser cristianos, debemos ser marianos», decía Pablo VI (24 de abril de 1970). Seamos cristianos y marianos. Nuestra piedad hacia María no nos aparta de Jesús. «Muéstranos a Jesús», le pedimos enla Salve. «Haced lo que Él os diga» (Jn 2, 5), nos dice a  todos nosotros, sus hijos, como un día a los sirvientes en Caná, es decir, vivid el Evange­lio.

Como niños ante María

Pero un amor filial nos hace siempre sentirnos niños con respecto a la madre. Por ello, no hemos de sentir la menor dificultad psicológica en expresar nuestro amor a María incluso de los modos más sencillos. «Si no os volvéis y hacéis como los niños, no entraréis en el reino de los cie­los» ( 18, 3). Por otra parte, el amor a la larga, para no decaer, tiene necesidad del soporte de todo un lenguaje de expresión de ese mismo amor.

En este sentido quiero invitaros a las formas populares y tradicio­nales de devoción mariana, que no han perdido valor en nuestros días, si sabemos vivirlas con sencillez.

El mes de mayo es la ocasión de ofrecer flores materiales y espiri­tuales a la Madre. Ya en la antigüedad, los cristianos coptos de Egipto consagraron el mes kiahk a la Virgen, que aunque cae en invierno, es el mes climáticamente más bello en Egipto, en conexión con el ritmo de la crecida del Nilo, parangonable con nuestro mayo florido.

Os convoco a las sabatinas, sobre todo a los pies de la imagen de Nuestra Patrona, como una manera de mantener la presencia de María en el ritmo de la semana, en ese tránsito entre la memoria de la pasión de Jesús en el viernes y la de la resurrección el domingo, en ese día interme­dio en que la fe y el amor de la Iglesia a su Señor se concentraron en el corazón de la Madre y del grupito que quedó fielmente con Ella.

Os recomiendo el rezo del Rosario, que debe ser suave meditación de los misterios gozosos, dolorosos y gloriosos respectivamente de la vida del Señor, vistos con los ojos de María (cf MC 54 s).

Santuarios y Ermitas

Dentro de este conjunto devocional, vale la pena subrayar la im­portancia de los santuarios y ermitas marianos y de las imágenes de la Santísima Virgen. Nuestra Diócesis, además del de la Virgen de la Victo­ria, posee una riquísima geografía mariana, al estar jalonada por santua­rios y ermitas dedicados a Nuestra Señora. Todos ellos son centros de irradiación por su fuerza atractiva hacia un amor a Cristo y a su Madre (cf. RM 28). Hablando de la penuria de sacerdotes en los países de la América de lengua española, un sacerdote peruano replicaba un día: «Es verdad, pero ¿por cuántos sacerdotes vale Guadalupe?». Sin que poda­mos desfallecer en nuestra preocupación por el fomento de las vocacio­nes, podemos preguntarnos también aquí en Málaga: ¿Por cuántos sa­cerdotes vale el santuario de la Virgen de la Victoria?

Veneremos las imágenes de Nuestra Señora. Postrémonos ante la imagen de nuestra Patrona. Este año se celebra el XII Centenario del II Concilio de Nicea (787) que propuso «a la veneración de los fieles, junto con la Cruz, también las imágenes de la Madre de Dios, de los Angeles y de los Santos, tanto en las iglesias, como en las casas y los caminos» (RM 33). No debería haber un solo hogar malagueño sin la imagen de la Vir­gen de la Victoria.

María y la juventud

No quiero cerrar estas reflexiones sin una palabra a los jóvenes.

Las grandes decisiones de María por las que se consagra a Dios y, a través de El, a la salvación de la humanidad, fueron tomadas por Ella en edad juvenil. María juntaba así con el entusiasmo juvenil, la madurez de un inmenso sentido de responsabilidad. Esta última virtud debe ser esen­cial en todo joven que quiere canalizar su entusiasmo. Y no olvidemos que cualquier torrente no canalizado se desparrama en la esterilidad. Le sucedería, lo que reprochaba Ignacio de Loyola a Francisco Javier antes de su conversión, en los versos que Pemán pone en sus labios en «El divino impaciente»:

«Mientras se despeña el río

 se está secando la huerta».

Pido a la Virgen Santa María de la Victoria que la inmensa poten­cialidad que representa la inagotable generosidad de nuestra juventud malagueña de hoy, no se pierda desperdiciándose.

Recuperar y actualizar nuestra identidad cristiana

La celebración del V Centenario de la reconquista de nuestra Ciu­dad, a la que está tan unido el culto y la devoción que los malagueños sentimos para con la Santísima Virgen María, representada en la imagen de Santa María de la Victoria, debe ser motivo para reavivar las profun­das e inalterables raíces de nuestra fe cristiana, a la vez que nos estimula a actualizarla según las exigencias de nuestro tiempo.

Los cristianos somos de «ayer» porque la Revelación se nos dio de­finitivamente en Cristo, hace más de veinte siglos; somos de «hoy» por­que la salvación que Cristo nos ofrece es siempre actual; y, finalmente, somos del «mañana» porque debemos vivir proyectados hacia el futuro, hacia la eternidad.

Que con motivo de esta importante efemérides de nuestra Diócesis y del Año Mariano que comenzamos, el Señor nos ayude a vivir nuestra fe cristiana de manera responsable, como supo hacerlo María, la Madre de Jesucristo.

Málaga, Junio de 1987.

Abreviaturas:

DS: Denzinger-Schönmetzer, Enchiridion Symbolorum DV: Concilio Vaticano II, Constitución dogmática Dei Verbum LG: Concilio Vaticano II, Constitución dogmática Lumen gentium MC: Pablo VI, Exhortación apostólica Marialis cultus RM: Juan Pablo II, Encíclica Redemptoris Mater

SCDF, LN: Sagrada Congregación para la Doctrina de la Fe, Instrucción Libertatis nuntius 

Autor: Mons. Ramón Buxarrais