DiócesisCartas Pastorales Mons. Buxarrais

«María, victoria de Cristo»

Publicado: 00/08/1991: 483

Carta Pastoral en la festividad de la Patrona (1991)

Queridos diocesanos:

El próximo día 8 de septiembre la Iglesia celebrará la Natividad de la Virgen. Hoy diríamos que celebraremos su «cumpleaños». Esta fiesta tiene su origen histórico en la iglesia de Jerusalén, allá por el siglo V.

La Natividad de María es también la fiesta patronal de la diócesis de Málaga a partir de un documento (Breve) del Papa Pío IX, fechado el 12 de diciembre de 1867.

Sin embargo, no hay que confundir este patronazgo oficial recono­cido y otorgado por la Santa Sede, con el culto sentido y popular que profesaron los católicos malagueños a la Santísima Virgen en su imagen de la Victoria, apenas reconquistada la ciudad por los Reyes Católicos en Agosto de 1487.

María, prototipo de la mujer

Los malagueños invocamos a nuestra patrona como Santa María de la Victoria.

A partir de este precioso título que ostenta nuestra madre espiri­tual, quiero ofreceros unas reflexiones sobre la devoción mariana.

“Santa María de la Victoria” es un título y una advocación pascual.

María es la criatura humana más perfecta porque en Ella se realizó de un modo único y singular la victoria de Cristo sobre el pecado y la muerte. El misterio pascual de Jesucristo, su muerte y resurrección, anti­cipándose al tiempo, produjo como fruto primero y el más excelso esta persona singular a quien llamamos María, la Virgen. Todo lo que es y tiene María es regalo del Señor, que hizo maravillas en Ella. Es la victoria de Jesús proyectada y realizada en Ella para constituirla en madre de Je­sucristo y madre de la Iglesia y, por tanto, madre nuestra.

María es la figura ejemplar de la mujer y de todo creyente por ha­ber hecho siempre la voluntad de Dios. Debemos contemplar las gracias con que Dios la enriqueció y su identificación con Jesucristo para confi­gurar en nosotros la vida cristiana de la siguiente manera:

-Hacer que Dios sea el centro de nuestra vida, como lo fue en María.

-Buscar y cumplir siempre el querer de Dios sobre nosotros, a la manera de la Virgen.

-Ser fieles a Dios, manifestado en Jesucristo, de modo semejante a nuestra madre.

-Entregarnos responsable y generosamente al trabajo que se nos hubiera encomendado, al igual como lo hizo María

- Velar por el bien común, tal y como la Virgen se interesó por los nuevos esposos de Caná de Galilea.

-Ser humildes como María aparece en los Evangelios.

-Contagiar la alegría que Ella, a pesar de las pruebas a las que se vio sometida, tuvo al saberse querida por Dios.

María, criatura de Dios

Para una justa comprensión del ser y actuar de la Virgen María, es fundamental comprender que Ella fue y se sintió criatura de Dios; gran­de y privilegiada, pero siempre criatura.

El Señor colmó a María de gracias extraordinarias; pero entre Dios y Ella habrá siempre una distancia infinita. Sobre esta base firme y clara, podemos atribuir justa y acertadamente a María todas las alabanzas, sin peligro de confusión. No honramos a la Virgen cuando imaginamos sim­plemente sus glorias que son más que las que podemos contar, sino cuan­do la admiramos y somos conscientes de que no podemos alcanzar la profundidad de su grandeza. ¡Cómo ha podido el Señor engrandecer tanto a una mujer de nuestra raza!

En lo que a María, criatura de Dios, se refiere, debemos crecer en convicción y sentimiento de nuestra dependencia de Dios. Por otra par­te, cuando la invocamos, debemos saber que invocamos a una criatura que, por ser madre de Jesucristo, tiene ante Dios un incalculable poder de intercesión. Todas las gracias que recibimos, las recibimos de Dios; la Virgen es el canal de los dones o favores recibidos.

María, madre de Dios

La gracia más grande que recibió María, y de la cual dependen todas las maravillas sobrenaturales que en Ella se realizaron, es el de ha­ber sido elegida y constituida Madre de Dios.

Dios, hecho hombre, tiene una madre: María. Ella es madre del Hijo de Dios que asumió, hizo suya, la naturaleza humana en el mismo momento en que fue concebido en el seno purísimo de la Virgen, com­partiendo desde aquel instante nuestra propia historia.

Dios tiene madre a causa de su encarnación. De ahí que María pue­de llamar hijo a su Dios; y Dios en la persona de su hijo encarnado puede llamar madre a María.

Jesucristo es la razón de ser de María. Ella fue creada para que Jesús pudiera ser hombre y, así, salvar a toda la humanidad.

De esta consideración podemos deducir que la grandeza del cristia­no y de toda persona en general deriva del amor con que Dios nos ha creado, y de “su estar” en nuestro interior por la gracia divina. Esta in­mensa predilección que Dios ha tenido para con nosotros nos obliga a corresponder evitando todo pecado que destruye en nosotros la imagen divina a semejanza de la cual fuimos creados.

María, la mujer nueva

En María se realiza plenamente el proyecto que Dios tuvo al crear­nos; proyecto que en nosotros se desfiguró a causa del pecado.

María es la mujer nueva, principio de la nueva creación, según el designio de Dios en Jesucristo.

Frente a Eva, la mujer pecadora, María es la sierva del Señor (Lc 1,38) que inicia una forma de vivir totalmente nueva en obediencia, amor y fidelidad al Señor. Ella nunca pretendió, como Eva, llegar a ser Dios (Gen 3,6), sino cumplir amorosa y totalmente su voluntad (Lc 1, 38).

Al contemplar la novedad de vida en María, contrastamos el afán de las mujeres y de los hombres que luchan por un progreso equivocado y que a la larga les somete a un envejecimiento espiritual. El verdadero progreso consiste en abrirse interiormente a Dios, hacer su voluntad y configurar nuestro ser y actuar según el único y definitivo modelo de humanos que se nos ha dado en Cristo resucitado.

María mediadora

El Mediador entre Dios y los hombres, de forma única y necesaria, es exclusivamente Jesucristo (I Tim 2, 5-6). La Virgen ha sido unida a Cristo por benevolencia divina y en subordinación total a El en la misión salvadora.

María cooperó consciente y generosamente en la obra del Señor desde el asentimiento libre y voluntario de la Anunciación a través de la vida, pasión, muerte y glorificación de Jesús.

Es verdad que la cooperación de María con Cristo no añade nada a la eficacia y dignidad del Señor, único Mediador (LG 62); pero también es cierto que María ha sido hecha partícipe de un modo único y singular en la obra de salvación.

Hoy, desde la gloria del cielo, Ella sigue su misión maternal a favor de toda la humanidad, apoyada en la mediación de Jesús.

La intercesión que María ejerce ante Dios a favor de los hombres es la que Ella, a su vez, recibe del mismo Jesús.

La intercesión de María arranca de su unión con Cristo, Mediador universal. Por eso la Iglesia experimenta, agradecida y admirada, la fuer­za intercesora de la Virgen María, consciente de que rezar a la Virgen es rezar a Jesús; y rezar a Jesús es encontrar junto a El a María.

¡Qué lugar tan alto ha recibido María dentro del plan salvador de Dios! A esta humilde sierva la invocamos como “Señora” por su estrecha vinculación al único Señor, Jesucristo.

María, madre y figura de la Iglesia

Las prerrogativas de la Virgen no tienen un simple valor personal, sino que por voluntad de Dios, tienen una relación esencial con la Iglesia que, como Ella, también es virgen y madre. Lo que decimos de María lo podemos también atribuir a la Iglesia. María es la imagen perfecta de la Iglesia. De la misma manera que Ella es virgen y madre, así la Iglesia es virgen desposada con Cristo y es madre porque engendra en el bautismo a los nuevos hijos de Dios por virtud del Espíritu Santo.

El ser y actuar de María son modelo para la Iglesia que debe imitar­la fielmente. Para vivir en santidad la Iglesia ha de seguir las huellas de María.

Ante estas consideraciones podemos también referirnos a la mujer en la Iglesia. En ésta la mayor o menor dignidad no está en los ministerios ordenados que pueden conferirse, sino en la unión con Cristo y en el ejercicio de la santidad en el lugar y quehacer que el Señor en su volun­tad nos hubiera indicado.

Nuestra devoción mariana

De todo lo dicho hasta aquí, podemos deducir como ha de ser nues­tra devoción a la Virgen.

Ante todo debe ser una devoción cristológica, es decir una devo­ción proyectada hacia Jesucristo. No podemos honrar a María olvidando que Jesucristo es el único Señor y Mediador entre Dios y los hombres. Seremos devotos de la Virgen en la medida en que crezcamos en nuestra fe en el Señor y nos sometamos a la constante conversión evangélica. Debemos creer y vivir lo que creemos; y aunque quizás muchas veces no haya una total coherencia entre fe y vida, por lo menos debemos querer sinceramente vivir según el Evangelio, orientados por el Magisterio de la Iglesia.

La Stma. Virgen nos invita con su testimonio e intercesión a trans­formar nuestra vida según la voluntad del Señor.

En segundo lugar, la verdadera devoción a la Virgen ha de ser eclesial, es decir vivirse en la Iglesia, comunidad de fe, conduciéndonos progresivamente a un mayor conocimiento y compenetración con el Cuerpo Místico de Cristo, que es la comunidad eclesial.

Una devoción mariana individual (en el sentido de introversión) no sería de buena ley. Por el hecho de haber nacido por el bautismo en la Iglesia, en ella debemos permanecer y crecer, participando en la celebra­ción de sus sacramentos, especialmente de la eucaristía que constituye la Iglesia.

La comunidad eclesial es santa en su cabeza, Jesucristo, y en los cristianos que cooperando generosamente con la gracia, tal y como hizo perfectamente la Virgen, se esfuerzan en vivir la santidad de Jesús. Pero también es pecadora por cuanto los que la integramos somos espiritual­mente débiles, hemos pecado y aun podemos volver a pecar. La Iglesia no rechaza a los pecadores, sino que les ama e invita constantemente a convertirse y a vivir como hijos de Dios.

Necesidad de una catequesis integral y progresiva

Entre nosotros, los cristianos, se da muchas veces una confusión en lo que a las verdades de la fe se refiere. Hay muchos devotos de la Stma. Virgen que, como nos indican las conclusiones de la II Asamblea Diocesana de Pastoral, necesitan conocer más exacta y profundamente la fe revela­da. De ahí la necesidad de una catequesis que, iniciada en el hogar, desa­rrollada en la comunidad cristiana y fortalecida con el testimonio de nues­tra vida, nos haga gozosamente conscientes del amor de Dios y nos im­pulse a proclamarlo con nuestras palabras y obras a aquellos que no tu­vieron fe, la han perdido o se debaten en la duda y confusión constantes. La festividad de nuestra Patrona, Santa María de la Victoria, nos invita a contemplar las maravillas del Señor, manifestadas en nuestra Madre y otorgadas también, aunque de manera diferente, a cada uno de nosotros.

Que María, la madre de Jesucristo y madre de la Iglesia, interceda ante el único Mediador por todos nosotros.

Málaga, Agosto de 1991.

Autor: Mons. Ramón Buxarrais