DiócesisCartas Pastorales Mons. Buxarrais

«Es triste que existan naciones que parecen condenadas a debatirse en la miseria»

Publicado: 00/02/1974: 407

Carta Pastoral Campaña contra el Hambre (1974)

Queridos hermanos:

Gracias a Dios, la Campaña contra el Hambre va calando cada vez más hondo en el corazón de nuestro pueblo. No sólo aumenta la recau­dación a favor de objetivos concretos que los dirigentes de la Campaña nos presentan y luego cubren con rigurosa exactitud, sino que va cre­ciendo también entre nosotros el sentido de responsabilidad y ayuda para con aquellos hermanos nuestros que sufren las tristes consecuencias del hambre.

Sin embargo, nos queda mucho por hacer. Todavía vivimos dema­siado preocupados de manera exclusiva en nuestro trabajo, casa, bienes­tar, comodidad o lujo. Muchos de nosotros, cristianos acostumbrados a escuchar aquel “tuve hambre y no me disteis de comer”, somos aquella tercera parte que vive suficientemente alimentada, olvidando que dos tercios de la humanidad, de hermanos nuestros, viven, tal vez no lejos de nosotros, en la necesidad o en la miseria.

Mientras esto sea una realidad comprobada, que arroja escalofriantes cifras, los cristianos no podemos vivir ajenos al problema, si queremos ser consecuentes con las mínimas exigencias de nuestra fe en Jesucristo. Debemos ser los testigos, es decir, los realizadores y promotores de la hermandad universal, proclamando con la fuerza de nuestra vida la pa­ternidad de Dios. Porque los hombres no creerán nuestro mensaje, si aquello que proclamamos lo contradecimos con nuestro escaso o nulo esfuerzo a favor de los que esperan vernos como hermanos.

Es triste comprobar que en el mundo existen naciones, zonas, razas o clases sociales que parecen condenadas a debatirse en la necesidad o miseria. Y esta triste situación se convierte en pecado que clama al cielo, cuando, entre estas mismas personas, se vive en el lujo o despilfarro. Esto también acontece entre nosotros; lo cual sería una acusación más grave si se diera con motivo de actos o lugares de culto.

Las causas de esta situación injusta en el mundo son múltiples y profundas. Muchas de ellas superan nuestras posibilidades inmediatas; pero no por ello podemos cruzarnos de brazos. Cada cristiano, y primero yo como obispo y conmigo los consagrados al servicio de la comunidad, debemos revisar nuestra vida a la luz del Evangelio y, con la ayuda del Señor, ver aquello que hubiere de injusto que, de manera mediata o in­mediata, perjudicara a los demás. Esto es necesario tenerlo en cuenta a nivel personal y comunitario.

Como ejemplo y estímulo cabe recordar que, gracias a Dios, cada día son más frecuentes los casos de cristianos que renuncian a cargos, profesiones o empresas que consideran incompatibles con la justicia; y, luego, aceptan con alegría otro sistema de trabajo y de vida más sencillo y sacrificado, pero más ajustado al Evangelio.

La revisión y replanteamiento profundo de nuestra vida, es decir, la conversión cristiana sería la mejor colaboración a la Campaña contra el Hambre. La limosna que demos no debe ser excusa o mano que tape la voz de la conciencia, sino estímulo de conversión cristiana a la que todos estamos llamados. Es más efectivo una vida puesta a disposición de los demás, que una cantidad de dinero esporádica que me tranquiliza, pero me deja en la misma situación antievangélica en que vivo.

Una gran mayoría de nosotros somos, en parte y de alguna mane­ra, más o menos responsables del hambre en el mundo. Yo mismo me cuento entre esta mayoría, y, a la par que pido perdón, me pregunto qué debo hacer por los que sufren las consecuencias del hambre.

Invito a los sacerdotes y religiosas a que se hagan la misma pregun­ta y me ayuden a dar a la Diócesis un rostro cada vez más semejante al de Jesús.

La ayuda económica, justa y generosa, debe ser la primera respues­ta. Y con ella la oración humilde, confiada y constante para que se nos conceda como don, por Dios Padre, lo que supera las posibilidades indi­viduales o comunitarias de los hombres de buena voluntad.

Málaga, Febrero de 1974. 

Autor: Mons. Ramón Buxarrais