DiócesisCartas Pastorales Mons. Buxarrais

«A esta llamada tú puedes responder»

Publicado: 00/01/1976: 288

Carta Pastoral Campaña contra el Hambre (1976)

 Queridos diocesanos:

“A esta llamada tú puedes responder”, es el slogan de la Campaña contra el Hambre en el Mundo, que aparecerá en los carteles de este año y escucharemos una y otra vez como exigencia insistente. Y con razón, porque esta Campaña tiene más de exigencia que de invitación. Por ello, quiero recordaros que ningún cristiano puede sentirse ajeno al problema del hambre.

Permitidme una breve reflexión que os ayude a tomar una actitud cristiana ante el deber que nos obliga.

¿El hombre en regresión?

Los que vivimos en países en vías de desarrollo técnico, podemos perder de vista la posibilidad de la regresión, no sólo personal (que ésta es más tangible en el drama interior de cada vida), sino aun la posibilidad de una regresión histórica, causada por el desorden, es decir, por el peca­do.

Es sintomático que en los últimos años y entre el bullicio de la téc­nica alucinante, se levanten, como gritos de alerta, voces autorizadas como las del neurocirujano Dr. López Ibor, del académico Dn. Miguel Delibes y del Dr. Domenach, que nos dicen:

“…Europa se ha ´barbarizado´: fascismo y guerra mundial; al mis­mo tiempo que la industrialización y la urbanización han debilita­do el humanismo a favor del poder técnico”(Ecclesia, 1763, pág. 10).

Por si estas palabras nos pudieran parecer cargadas de sentimiento, cito a continuación otras más frías y calculadoras, pero no por ello menos cargadas de profundo afecto, como son las del Presidente del Banco In­ternacional de Reconstrucción y Fomento, Dr. MacNamara, al dirigirse a los Gobernadores del Banco:

“…los últimos trastornos económicos, de una magnitud que antes se relacionaba solamente con grandes guerras y depresiones económi­cas, enfrentan a mil millones de seres, entre los más pobres del mun­do, con un futuro de desesperación”.

El Hambre

Buscando entre estas citas el punto común de referencia, vemos que no es otro que el del “alimento” considerado en su más amplio sen­tido, es decir, como medio por el que el hombre subsiste, se desarrolla y progresa. La carencia de lo necesario (que en su primer aspecto llama­mos “hambre”), su mala distribución, su desatinada producción y con­servación, su abuso entre los más poderosos, es sin duda una de las cau­sas más serias de regresiones históricas. Estas regresiones no pueden ser consideradas como necesidades dialécticas, sino fruto de la misma mal­dad del hombre.

Nuestra Campaña es contra el Hambre, lo que equivale decir: Cam­paña a favor y en defensa del ser humano. Entendemos aquí por “ser humano”: todo lo que le ha precedido, lo que constituye su presente y la proyección de su futuro. Ese es el sujeto que la Campaña defiende del terrible azote del hambre.

En fisiología definimos el hambre como un estado corporal que resulta de la privación de alimentos de tipo específico o general y que sitúa al ser vivo frente a su desintegración. El hambre es la campana de la muerte. Huimos de ella como por imperativo vital.

Pero el hambre en el ser humano tiene unas consecuencias que van mucho más allá de su destrucción fisiológica. Porque por ella el hombre es arrancado prematuramente de la historia, por ella se deja al ser huma­no a medio vivir y se le impide aquel desarrollo que le exige su misma razón de ser.

¿Somos culpables?

Si el problema del hambre fuera común y por igual a todos los hombres, no podríamos hablar de culpabilidad por cuanto todos com­partiríamos una misma suerte, y nos situaríamos en el mismo punto del camino de conquistas o progreso. Pero no es así. La mancha sanguinolenta del hambre se extiende por el planisferio de una manera desigual, como desigual es el signo de hartura y sobreabundancia en el mismo mapa. Y esto a pesar de la posibilidad actual de poder solucionar el primer proble­ma del hombre, el de su subsistencia. En esta posibilidad rechazada radi­ca nuestro pecado.

Un amigo sacerdote me contaba haber visto morir en la sala de recuperación de un hospital a un potente hacendado corroído por cirrosis a causa del medio litro de whisky ingerido diariamente. Junto al hacen­dado, agonizaba una niña de quince años, víctima de desnutrición. Los dos eran compatriotas y vivían en una misma ciudad. El uno moría por exceso de alcohol y la otra por falta de alimentos. Escena repetida dema­siadas veces ante la pasividad de muchos de nosotros.

El clamor de Dios

El hambre en el mundo es al mismo tiempo realidad y signo. Rea­lidad de desnutrición, enfermedades y muerte; signo de una humanidad dividida y enfrentada. Dios clama contra el desorden buscado, consenti­do o silenciado:

…por la opresión del humilde, por el lamento del pobre, ahora me

levanto y pongo a salvo al que lo anhela”.

Las palabras del Señor son palabras auténticas como plata limpia de

ganga, refinada siete veces (Sal 12,5-6).

El clamor de Dios arranca de su paternidad, no tolera los abusos entre hermanos.

La Campaña contra el Hambre es la defensa del hombre, un paso hacia la instauración del orden, uno de los cauces del amor y del poder de Dios.

Todos los que, de alguna manera, organizando o colaborando ha­cen posible esta Campaña se constituyen en pequeños liberadores del hombre, aprisionado entre los barrotes del hambre, y abren, como otro Moisés, el camino hacia la tierra prometida.

Málaga, Enero de 1976. 

Autor: Mons. Ramón Buxarrais