DiócesisCartas Pastorales Mons. Buxarrais

«Jamás debemos renunciar a la esperanza»

Publicado: 25/11/1982: 416

Carta Pastoral invitando a colaborar con el nuevo Gobierno (1982)

 Queridos diocesanos:

Nos vamos acostumbrando a la palabra «crisis». Apenas hay artí­culo o libro actual que se refiera a la política, a la economía, a la cultura y aun a la misma religión, en los que el concepto de crisis no aparezca como telón de fondo.

 Nuestros diccionarios entienden por crisis «la mutación grave que sobreviene a una enfermedad para mejoría o empeoramiento»; o «el momento decisivo en un asunto de importancia».

Por tanto, la crisis, como realidad humana, no presupone necesa­riamente la inminencia inevitable de un peligro que se avecina, sino un momento decisivo del que resultará otro mejor o peor, según haya sido nuestra decisión.

En este sentido bien podemos afirmar que el hombre es «un ser en crisis», en cuanto vive momentos históricos concretos de los que depen­derán otros mejores o peores, según haya sido la decisión libre tomada.

Motivos de esperanza

En la Biblia como Palabra de Dios, encontramos la promesa de una salvación ofrecida por Dios en la persona de su Hijo Jesucristo, y, al mis­mo tiempo, una fuerte llamada de atención ante la posibilidad de una condenación eterna por haber rechazado la oferta divina. Todo depende de la decisión (crisis) tomada libremente por el hombre.

 Sin pretender ni siquiera esbozar una teología de la esperanza, me parece oportuno recordar aquí algunos textos bíblicos que nos ayuden a comprender que los momentos decisivos o críticos de la historia personal

o colectiva del hombre y de la humanidad respectivamente, pueden ser resueltos de manera plena y positiva; aunque exista el riesgo de lo contra­rio.

Así por ejemplo, en la descripción del juicio a las naciones según el evangelista san Mateo, encontramos una acogida a la plenitud ofrecida por Dios a los hombres, cuando dice: «Venid, benditos de mi Padre, reci­bid la herencia del Reino preparado para vosotros…” ( 25,34). Los acogidos por Dios son los que le han servido en los necesitados. En otras palabras: todo lo que hiciéramos a favor de los demás tendrá su recom­pensa. Así se afirma nuestra esperanza en el quehacer de mejorar este mundo según la voluntad de Dios. Se trata de una esperanza proyectada hacia la trascendencia, hacia la eternidad.

También en la parábola de «el rico malo y Lázaro el pobre», descri­ta por el evangelista san Lucas, nos encontramos con el resultado final de una decisión tomada en libertad; resultado que es equivocado o acertado según ha sido la decisión de cada uno de los dos personajes de la parábo­la.

El apóstol Pablo en su carta a los Romanos afirma también la espe­ranza: «Nosotros mismos gemimos en nuestro interior (por la incerti­dumbre ante la elección, es decir por la crisis) anhelando el rescate de nuestro cuerpo. Porque nuestra salvación es objeto de esperanza (Rm.8, 23-24).

Pero el Apóstol todavía dice más: la misma creación insensible, in­consciente y, por tanto sin libertad, que ahora aparece como «gimiendo» por querer llegar a su plenitud, también ella se verá liberada (realizada) cuando participe de la libertad de los hijos de Dios (Rm. 8, 21).

En definitiva: la crisis del hombre, y con él la creación entera, pue­de tener una salida plena y definitivamente positiva.

Crisis colectivas y personales

Según lo dicho anteriormente el hombre es un «ser en crisis”, un ser «en tomas de decisión”, “en cambio”, en un “ir haciéndose”.

En ciertos momentos más que en otros, la crisis parece tomar un relieve singular. Y esto o bien porque se estén dando cambios objetivos externos a la misma persona, o bien porque ésta toma mayor conciencia de sus momentos de decisión.

Los historiadores hablan de la crisis del Renacimiento, en cuanto a los cambios que se produjeron en el pensamiento humano; de la crisis de la Revolución Francesa, en cuanto a los cambios sociales que se produje­ron a partir de aquel momento; de la crisis industrial, en lo que atañe a los cambios en la relación hombre-trabajo.

Los sicólogos, por su parte, determinan épocas o fases de crisis por las que pasa el individuo. Así hablan de la crisis de la pubertad, de la crisis de los cuarenta años, de la crisis de la entrada en la vejez,...

En nuestros días, todos experimentamos cambios profundos de los que no podemos sustraernos. Unos son asimilados; otros rechazados; los hay también que son encauzados para bien del mismo hombre.

La respuesta de la Iglesia

Existe, sin duda, una profunda crisis de valores morales. Los crite­rios o normas de comportamiento personal o social vividos hasta ahora, se han visto afectados. Esta crisis o cambio llega a la realidad más profun­da de la persona y, consecuentemente, repercute en su misma dimensión trascendente para bien o para mal. De ahí que la Iglesia como portavoz de una trascendencia que se ve enraizada en la misma historia, también se ha visto afectada. Bajo la asistencia del Espíritu, ha tenido que replantearse la manera de expresar y ofrecer a los hombres las realidades perennes de la salvación ofrecida por Dios en Cristo. Así lo entendió el Papa Juan XXIII en su Constitución Apostó1ica «Humanae salutis», cuando dijo al convocar el Concilio Vaticano II:

«La Iglesia asiste en nuestros días a una grave crisis de la humani­dad, que traerá consigo profundas mutaciones. Un orden nuevo que se está gestando, y la Iglesia tiene ante sí misiones inmensas, como en las épocas más trágicas de la historia. Porque lo que se exige hoy de la Iglesia es que infunda en las venas de la humanidad actual la virtud perenne, vital y divina del Evangelio (H.S., 2)

Cambios sociales

A los cambios o crisis profundas de nuestro tiempo ya se están dan­do respuestas positivas. Por eso hay motivos de esperanza. Así por ejem­plo, pocas veces en la historia como ahora se dio un consenso tan explíci­to entre los distintos pueblos en relación a los valores que deben regir la convivencia humana. Todos coincidimos en la necesidad de respetar los derechos del hombre, en la defensa de la libertad, en los esfuerzos por la paz, en el valor de la democracia,... Quizás no pasen más allá de simples afirmaciones verbales; pero, de hecho, nadie niega que este consenso es positivo, a pesar de los muchos abusos, tergiversaciones y subjetivismos que se dan.

En estos cambios, queramos o no, se siente involucrada la que se viene llamando “la célula de la sociedad”, la familia. La manera como hasta ahora se entendía y ejercía la responsabilidad y autoridad de los padres; la relación entre esposos y entre padres e hijos; la misma familia como tal,... han quedado cuestionadas en bien o en mal.

Por último, la crisis o cambio ha venido a afectar también la rela­ción «hombre-trabajo». Relación que en los dos últimos siglos se ha visto seriamente amenazada por sistemas filosóficos y económicos que preten­den el monopolio de la solución. De esta manera se ha llegado a una situación que el mundo entero, pero especialmente España y con ella preferentemente Andalucía, sufre como herida sangrante en carne viva. Me refiero al gravísimo problema del paro laboral; problema que última­mente se ha convertido en escalofrío paralizador cuando se ha informado a la opinión pública española que el número de los parados está rebasan­do ya casi los dos millones.

Este es, a grandes rasgos, el panorama de nuestra historia actual en lo que a algunos aspectos de su propia crisis se refiere.

Otra vez, sin embargo, quiero recordar que las crisis no desembo­can necesariamente en una situación histórica peor. Más aún, podemos afirmar que una gran parte de las crisis que ha vivido la humanidad han sido ocasión para que ésta diera decididos y positivos pasos hacia adelan­te.

La postura cristiana

¿Cuál debe ser la postura cristiana ante esta realidad? ¿Desconocer­la por evasión? ¿Aplastarla sin reparos? ¿Asimilarla de manera incons­ciente? Ninguna de estas actitudes sería evangélica.

Dios, manifestado en Jesucristo, la Iglesia, especialmente en la per­sona del Sucesor de Pedro, el Papa Juan Pablo II, y otros muchos ciuda­danos de auténtica capacidad y honradez,... nos invitan a adoptar una actitud de discernimiento. Es hora de una reflexión serena y lúcida frente a la realidad. Es hora del diálogo por el que debemos saber escuchar y podemos hablar. Es, en definitiva, hora de decisión, hora de crisis, en la que el hombre encuentra una irrepetible oportunidad para afirmar la proyección de la historia hacia la plenitud.

 Hace pocos días, el Papa Juan Pablo II ha recorrido España en un viaje apostólico sin precedentes. Nos ha hablado en 47 ocasiones sobre Dios, sobre la Iglesia y sobre el hombre. Sus palabras han sido una invita­ción a la esperanza, una bocanada de aire fresco en medio de un ambien­te social enrarecido. «¡No tengáis miedo! ¡Abrid las puertas a Cristo!” ha sido el trasfondo de toda su doctrina, haciéndose eco de las mismas pala­bras de Jesús: “... ni un solo gorrión caerá al suelo, sin que lo sepa vuestro Padre...» porque Dios cuida amorosamente de ellos, como de toda la crea­ción. “... ¡No tengáis miedo!, que vosotros valéis más que todos los go­rriones» ( 10, 29-31). Definitivamente Dios está a favor del hombre.

Ante el nuevo Gobierno

Tenemos también otra razón de esperanza. Es una esperanza apo­yada en todos los hombres de buena voluntad. Una esperanza histórica, hecha para recorrer un nuevo trecho de camino; pero, al fin y al cabo, esperanza.

Me refiero al nuevo Gobierno que dentro de unos días va a tener la gran misión y responsabilidad de gobernar, es decir servir a todos los españoles. Para ellos, los hombres de Gobierno, pido a los católicos mala­gueños una sincera actitud de colaboración en todo lo que hagan justa­mente por el bien común. Aquí cabe recordar las palabras que el Papa dirigía a los gobernantes y políticos de la Nación, en la recepción oficial que tuvo lugar en el Palacio Real: «... sé que os estáis esforzando por crear una convivencia civil en libertad, participación y respeto de los derechos humanos, dentro de la pluralidad de opciones legítimas y del debido res­peto entre ellas...» (2 de Noviembre de 1982).

Concretemos nuestra actitud

Pues bien, apoyándome en las palabras de Juan Pablo II, quiero concretar para todos vosotros “... el clima de respetuosa convivencia” a la que se ha referido, en los siguientes puntos:

1º ) Todos los católicos malagueños, tanto los que han votado al Partido mayoritario en las Cámaras, como los que dieron su voto a otros partidos, debemos aceptar y respetar a aquellos españo­les que formarán parte del nuevo engranaje legislativo y admi­nistrativo de la Nación.

2º) Es necesario colaborar con ellos, especialmente en lo que esta­blezcan a favor de los más pobres y marginados.

 3º) Hemos de someternos, aunque suponga sacrificio en nuestras ventajas sociales, a lo que dictaminen en el orden económico a favor del bien común.

4º) Tenemos la obligación de hacerles llegar nuestra manera de pen­sar en lo que al orden social se refiere, a través de un diálogo respetuoso y sereno, basado en la objetividad de los problemas y en la búsqueda de soluciones factibles.

Ante unos españoles que, en su mayor parte, anteriormente no pudieron tener acceso al poder, como servicio a la Patria; ante unos hom­bres y mujeres que, a través de las urnas, han llegado a hacerse acreedo­res de la confianza de una gran parte de nuestro pueblo; ante los que llegan con una innegable buena voluntad, gran ilusión, ideas nuevas y hasta, según se afirma, con una gran capacidad de servicio,… los católi­cos malagueños debemos mostrarnos respetuosos y apreciativos, evitan­do «el contra por el contra», así como la hipercrítica ciega que no condu­ce a nada.

Dios quiera que no caigamos en el mar del nerviosismo, ni ellos precipitándose, ni nosotros exigiendo.

Los que no van a gobernar

No podemos olvidar, por otra parte, a todos aquellos ciudadanos que en años anteriores han hecho posible la actual convivencia entre to­dos los españoles. Para ellos nuestra gratitud y respeto, como también para aquellos que constituirán el grupo de la Oposición, esperando que sabrán colaborar, dentro de las reglas del juego democrático, en la bús­queda de soluciones más eficaces ante los problemas planteados. La Opo­sición es necesaria en un estado democrático.

Debemos considerarla como un auténtico valor, siempre, claro está, que actúe con lealtad, verdad y objetividad. Y en esto debemos reconocer que la Oposición de la anterior Legislatura supo estar a la altura de su delicada misión.

Nuestra colaboración frente al paro laboral

La solución del gravísimo problema del paro laboral, según se ha dicho, será uno de los objetivos prioritarios del nuevo Gobierno. Natural­mente lo hubiera sido de cualquier otro. Pero, sea como fuera, lo que sí debemos hacer los cató1icos malagueños es colaborar personal y comunitariamente a superar esta crítica situación, que se ha convertido en una verdadera asfixia social.

Para ello quiero recordaros algunas maneras de colaboración que ya son conocidas entre nosotros:

1º) Ante todo debemos renunciar, como nos lo dijo el Papa, al plu­riempleo. (Discurso a los trabajadores y Empresarios. Barcelona, 6-11-82).

 2º) La familia que ingresa dos o más sueldos de una manera fija y segura, debe ver cómo ayuda de modo eficaz y permanente a los que, a pesar de buscarlo, no encuentran trabajo y han dejado de cobrar el seguro del desempleo.

3º) Los trabajadores cristianos tienen que oponerse, como ya mu­chos vienen haciendo, a las horas extraordinarias que ofrecen algunas empresas, evitando así el tener que crear nuevos pues­tos de trabajo.

 4º) Así mismo, tanto trabajadores como empresarios deben evitar el fraude al Estado; los trabajadores dejando de cobrar el desem­pleo, cuando hayan encontrado un trabajo fijo y estable, tal y como lo determinan las leyes laborales; los empresarios siendo veraces en la presentación de sus libros de cuentas; y todos, con­tribuyendo con Hacienda de una manera clara y honrada. Los abusos que se cometan en ambos casos pueden ofender grave­mente a Dios, al perjudicar a los demás.

 5º) Ante un paro laboral que, debido a la mecanización creciente, parece irreversible en gran parte, los cristianos debemos apoyar a todos aquellos que, dentro de los cauces y medidas constitu­cionales, proponen reducir la jornada laboral o los mismos días laborables, para que se puedan crear nuevos puestos de trabajo. Y esto sólo será posible si se admite que se rebajen las mensuali­dades de manera proporcional.

 Todo esto y mucho más no será posible si una gran mayoría de los

españoles no revisan y rectifican su propio nivel de vida en lo que tiene

de superfluo e innecesario.

Creativos y dispuestos

En estas propuestas ya anteriormente conocidas y en otras más

objetivas y acertadas, los católicos malagueños debemos ser creativos y

estar decididamente dispuestos. España estrena un nuevo momento histórico. La ilusión y el des­

contento, la esperanza y la duda, la buena y mala voluntad,... se enfren­

tan en el horizonte histórico que se avecina.

 Hagamos lo posible para que la ilusión, la esperanza y la buena voluntad triunfen, estimulados por las palabras del Apóstol que escribía: “¡No te dejes vencer por el mal; antes bien, vence el mal a fuerza de bien” (Rm 21,12).

Málaga, 25 de Noviembre de 1982. 

Autor: Mons. Ramón Buxarrais