DiócesisCartas Pastorales Mons. Buxarrais

«Ser cristiano es ser misionero»

Publicado: 00/10/1978: 437

Carta Pastoral Domund (1978)

 Queridos diocesanos:

Todos los años, al llegar el mes de octubre, nos disponemos con especial interés a celebrar la Jornada Universal de las Misiones, que este año tendrá lugar el próximo domingo, día 22.

Esta Jornada es un don extraordinario que Dios da a todos los cre­yentes en Jesucristo. Este don, sin embargo, nos compromete a exigirnos a repensar, de modo concreto e intenso, la gozosa realidad de nuestra fe.

Dios, en efecto, nos ha dado la fe para unirnos a El, compartiéndola con los demás. Las palabras del apóstol San Pablo “Ay de mí si no anun­cio el Evangelio” (I Cor 9,16) pueden ser el compendio de nuestros pen­samientos con motivo del día del Domund.

Sería un error querer reducir el Domund a una Jornada de carácter puramente económico. Es indudable que las Misiones necesitan nuestro apoyo económico; pero, lo más importante, lo fundamental, es despertar las conciencias de todos los católicos, para que nos demos perfecta cuen­ta de que nuestra fe en Jesucristo debe ser tan auténtica, que nos abra totalmente el corazón al amor universal y a anunciar a todos los hombres la Buena Noticia de la salvación en Cristo.

Creer en Jesucristo

Precisamente el Domund de este año nos lanza una desafiante pre­gunta que pone a prueba nuestra fe:

¿Crees en Jesucristo? ¡Anúncialo!

Ser cristiano es ser misionero.

Creer en Jesucristo no es solamente afirmar la verdad de su existen­cia y de su doctrina. La fe en Jesucristo tiene que hundir sus raíces en lo más profundo de nuestro corazón y de nuestra propia vida. Creer en Jesucristo es encontrarse con El, reconocerle y aceptarle como Libertador y Salvador de todos los hombres. Es adherirse vitalmente a una Persona que vive, que está junto a nosotros, presente en nuestra vida individual y social. Creer es sentirse alcanzado, poseído y transformado por Cristo, de tal manera que podamos decir con el apóstol Pablo: “El me ha alcanza­do…”, “para mí la vida es Cristo” (Fil 1,21;3,7); “vivo yo, más no yo, sino que es Cristo quien vive en mí” (Gal 2,20). De esta forma el cristiano tiene en Jesús la razón de su ser y la fuerza de su vida. Está tan estrecha­mente unido a El que nada ni nadie podrá separarle (Rom 8,36).

Ahora bien, la Misión es inseparable de Cristo; sin ella la misma persona y obra del Señor quedarían truncadas.

El anuncio de Cristo identifica al cristiano

La unión del cristiano a Jesús le sitúa ante una ineludible disyunti­va: o está abierto al anuncio del Evangelio a todas las gentes (Jn 20,21;  28,19), o deja de ser cristiano. La vivencia de la dimensión misionera universal es lo que da autenticidad a nuestra fe.

Pablo VI afirmaba: “El que ha sido evangelizado, evangeliza a su vez. He ahí la prueba de la verdad, la piedra de toque de la evangeliza­ción. Es impensable que un hombre haya acogido la Palabra y se haya entregado al Reino, sin convertirse en alguien que a su vez da testimonio y anuncia” (E.N. 24).

No puede existir comunidad eclesial sin dimensión misionera

El deber misionero del cristiano arranca de su bautismo; por él quedó incorporado a la Iglesia, que “es esencialmente misionera” (A.G. 36).

La necesidad y el deber de anunciar el Evangelio concierne, por consiguiente, a todos y a cada uno de los miembros de la Iglesia, y a todas y a cada una de las Iglesias y Comunidades locales (L.G. 9).

No hay otra medida para comprobar la autenticidad cristiana de una Comunidad que la de su apertura al amor universal, manifestado en la actitud de compartir de una manera constante y desinteresada el don más grande que ha recibido de Dios: su fe.

¿Es misionera nuestra Comunidad Diocesana?

La pregunta del Domund recae sobre nuestra Comunidad Diocesana. Viene a poner a prueba la veracidad de la fe en su dimensión misionera.

Tenemos motivos para alegrarnos por el espíritu misionero que va animando progresivamente a personas, grupos y comunidades de nues­tra Diócesis.

Sacerdotes, religiosos y religiosas colaboran inteligente y generosa­mente, estableciendo en sus propias parroquias y comunidades las Obras Misionales Pontificias, y celebrando con amor y eficacia las Jornadas anua­les.

Los niños, los jóvenes y los enfermos

Gracias al sentido cristiano y misionero de Maestros y Catequistas, la Obra Pontificia de la Santa Infancia se está organizando en muchos centros docentes y en grupos infantiles.

Vemos también crecer la sensibilidad misionera de la juventud a favor de aquellos hombres y pueblos que se debaten por liberarse del hambre, la incultura y la incredulidad.

Merecen especial mención tantos enfermos y disminuidos físicos de la Diócesis, que, habiéndose asociado a la Unión de Enfermos Misio­neros, ofrecen diaria y silenciosamente sus dolores y sufrimientos por la propagación de la Fe.

Nuestra aportación concreta

Testigos del sentido de la Misión de nuestra Comunidad Diocesana son los misioneros que nos representan más allá de nuestras fronteras. Además de la presencia de muchos malagueños, miembros de Congre­gaciones religiosas, situados en las líneas de la vanguardia misionera, Málaga cuenta con un número de sacerdotes comprometidos con la Igle­sia Hispanoamericana.

El esfuerzo de tantas personas y comunidades en la formación de la conciencia misionera del Pueblo de Dios, es un factor concreto más del sentir misionero de los malagueños. A esto añadimos la colecta económi­ca a favor de las Misiones que cada año ha ido aumentando, hasta sobre­pasar los nueve millones de pesetas en 1977.

Nos queda mucho por hacer

Sin embargo, nos queda mucho por hacer. Tenemos que intensifi­car nuestros esfuerzos, y jamás podremos darnos por satisfechos, hasta que el “ser cristiano es ser misionero” sea entendido y vivido por todos y cada uno de nosotros.

El Domund nos hace una pregunta a la que hemos de responder. La respuesta es anunciar a Jesucristo, cada uno desde su puesto, con la oración, la fe vivida, con la palabra y la cooperación personal si Dios nos la pide.

Que la Virgen Santísima, Reina de las Misiones nos alcance la gra­cia de mantener siempre la identidad de nuestra fe cristiana y de com­partirla generosamente con todos los hombres.

Málaga, Octubre de 1978.

 

Autor: Mons. Ramón Buxarrais